El Supremo Regidor de la República Deudora Argentina Juan Saúl III caminaba con paso ágil por los pasillos de la Casa Rosada. Avanzaba por ella con ese garbo y esa distinción que lo hicieron ser elegido el Mandatario más sexy del Sistema Solar, según “Cosmopolitan”. Sus 2 metros de altura, sus anchas espaldas, su traje de Armani, su perfume de Calvin Klein, su prolija cabellera rubia y sus zapatos de N&L derretían a las mujeres y a no pocos hombres a su paso. Todos los que tenían la dicha de cruzarse con él por los pasillos de la Casa Rosada inclinaban su cabeza saludándolo como era, un líder, y congratulándose por haberlo visto con sus propios ojos. Juan Saúl III, como correspondía, los ignoraba. Como producto de la más fina ingeniería genética, heredó lo mejor de su abuelo, el Precursor Carlos Saúl I y de su padre, Máximo Saúl II, trágicamente muerto en la flor de la edad. A pesar de los refinamientos genéticos, Juan Saúl III heredó la nariz y la tonada en su voz única de su estirpe. Nada de esto ocupaba su mente en estos momentos. Había cosas más importantes que hacer.
A paso vivo llegó a la Sala de Holocomunicaciones y entró. Como un solo hombre, los técnicos que controlaban los dispositivos de comunicaciones se pararon e inclinaron sus cabezas.
- Comuníquenme con el Sr. Ratz - ordenó Juan Saúl III
- Inmediatamente - respondieron los técnicos
El Supremo Regidor miró a la plataforma holográfica. Un enorme “10” apareció en ella y comenzó una cuenta regresiva. Los técnicos abandonaron inmediatamente la sala, conscientes que ese tipo de comunicaciones era estrictamente secreto. Mientras la cuenta regresiva iba llegando a cero, Juan Saúl III comenzó a ensayar la sonrisa que tan famoso lo había hecho en el Sistema Solar. La cuenta llegó a 0 y la figura de Roger Ratz apareció en la plataforma. La imagen tenía todos los atributos de la vida, excepto la vida misma. A sus jóvenes 75 años, Roger Ratz era el presidente del FMI y el hombre más poderoso del planeta Tierra, la Luna y Marte. Una mirada, un gesto, una inflexión de su voz y el destino de millones de personas podía cambiar para bien o para mal. Sus enemigos declarados eran los países deudores. Y él era un enemigo implacable.
- Buenos días, señor – dijo Juan Saúl III, inclinando su cabeza.
- Buenos días, amigo mío – respondió Ratz, con su voz de barítono – Tengo entendido que tienes noticias para mí -
- Así es, señor – Juan Saúl III le dijo con su mejor voz, aún sin levantar la cabeza.
- Entonces, dímelas mirándome a la cara – ordenó Ratz.
Juan Saúl III levantó su mirada, encontrándose con la mirada de titanio de Ratz. Esbozó su famosa sonrisa y dijo con orgullo en su voz:
- Hemos logrado un aumento del 5% de la deuda, con lo cual podremos agrandar la República Deudora Argentina.
- ¿Y? – fue la devastadora respuesta.
La sonrisa de Juan Saúl III comenzó a fluctuar.
- Perdone, señor. ¿Cómo “y”? Es un gran logro.
- ¿Un gran logro? ¿Cómo te atreves a burlarte de mí? – descerrajó Ratz elevando su voz una octava. - ¡¡El presupuesto de la deuda estaba fijado en un 8%!!
- Ehm, bueno, hemos tenido algunos problemas – Juan Saúl III respondió, empalideciendo.
- Hemos tenido algunos problemas – se burló Ratz – ¿Y a mí que me importa? ¡Exijo resultados! - bramó.
Juan Saúl III empezaba a perder la compostura. Esto no era lo esperado. ¿Acaso Ratz no sabía de los problemas de la República Deudora Argentina? Bajo su costoso traje, grandes manchas de sudor empezaba a aparecer.
- Pero, señor... - comenzó a decir Juan Saúl III.
-¡¡ SILENCIO!! – la voz de Ratz, amplificada electrónicamente, sonó como la ira de Dios. - ¡¡ ERES UN PERFECTO INUTIL!! ¡¡No sólo no cumpliste con lo acordado, sino que permitiste que asesinaran a mi amigo Igor!! - La furia de Ratz era palpable, aún siendo un holograma.
-Fueron los Patriotas – logró musitar Juan Saúl III, pálido como la cera.
- No me digas, ¿en serio? – dijo Ratz con voz falsamente dulce. - ¡¡Ya se que fueron ellos!! ¿Cómo hicieron para entrar a Baires, matar a mi amigo y escapar impunemente?
- No sabemos – Juan Saúl III respondió, sintiéndose de un metro de altura.
- Tu abuelo los hubiera descubierto rápidamente, tu padre también, pero tú eres un perfecto inútil – vociferó Ratz, la compostura totalmente perdida – Si en una semana no descubres a los responsables de ese atentado, tendré que tomar medidas desagradables.
- ¡¡ NO MI SEÑOR!! – gimió Juan Saúl III arrojándose al suelo, toda compostura perdida.
- Te ofrezco dos alternativas – dijo Ratz, más calmado por la muestra de sumisión de Juan Saúl III – Una: quiero a los verdaderos responsables del asesinato, no inventados. Dos: aumenta la deuda en un 8%. Puedes cumplir una de las dos en una semana, ni un día más.
- ¡Gracias, mi señor! – dijo Juan Saúl III aún en el suelo y temblando.
- Pero si fallas, bueno, tenemos un plan B, el cual, estoy seguro, no te va a gustar nada – Ratz siseó amenazante.
- No fallaré – prometió Juan Saúl III.
- Espero que así sea – la imagen de Ratz se disolvió, dejando paso a la señal de fin de transmisión.
Juan Saúl III se incorporó y procuró estabilizar su pulso. Inspiró hondo varias veces, limpió las rodillas de su pantalón, inspiró nuevamente y salió de la sala de holocomunicaciones repasando la conversación (una vocecita en su mente le decía que no fue una conversación, sino una dura reprimenda, pero la acalló) que tuvo con Ratz. Nuevamente zafó de un castigo que sabía que iba a ser duro pero que él sabía que no se merecía. Lo dejó preocupado la mención que hizo Ratz de un plan alternativo. ¿Acaso sería su remoción como Supremo Regidor? La desechó por considerarla improbable. Además, mejor gobernante que él no iban a encontrar, ¿no? Se dirigió con paso firme a su despacho, se sirvió una generosa medida de Chivas 2000, encendió un genuino puro Castro y se sentó. Dejo vagar su mente unos momentos y luego dijo:
- Asistente, llame al Secretario del Tesoro Valloca y al Secretario de Defensa Zabal -
- Inmediatamente - le respondió la seductora voz femenina del asistente cibernético. Juan Saúl III entrecerró los ojos, unió la punta de sus dedos y dijo, para sí mismo:
- Quieren deuda y terroristas, van a tener a los dos.
A paso vivo llegó a la Sala de Holocomunicaciones y entró. Como un solo hombre, los técnicos que controlaban los dispositivos de comunicaciones se pararon e inclinaron sus cabezas.
- Comuníquenme con el Sr. Ratz - ordenó Juan Saúl III
- Inmediatamente - respondieron los técnicos
El Supremo Regidor miró a la plataforma holográfica. Un enorme “10” apareció en ella y comenzó una cuenta regresiva. Los técnicos abandonaron inmediatamente la sala, conscientes que ese tipo de comunicaciones era estrictamente secreto. Mientras la cuenta regresiva iba llegando a cero, Juan Saúl III comenzó a ensayar la sonrisa que tan famoso lo había hecho en el Sistema Solar. La cuenta llegó a 0 y la figura de Roger Ratz apareció en la plataforma. La imagen tenía todos los atributos de la vida, excepto la vida misma. A sus jóvenes 75 años, Roger Ratz era el presidente del FMI y el hombre más poderoso del planeta Tierra, la Luna y Marte. Una mirada, un gesto, una inflexión de su voz y el destino de millones de personas podía cambiar para bien o para mal. Sus enemigos declarados eran los países deudores. Y él era un enemigo implacable.
- Buenos días, señor – dijo Juan Saúl III, inclinando su cabeza.
- Buenos días, amigo mío – respondió Ratz, con su voz de barítono – Tengo entendido que tienes noticias para mí -
- Así es, señor – Juan Saúl III le dijo con su mejor voz, aún sin levantar la cabeza.
- Entonces, dímelas mirándome a la cara – ordenó Ratz.
Juan Saúl III levantó su mirada, encontrándose con la mirada de titanio de Ratz. Esbozó su famosa sonrisa y dijo con orgullo en su voz:
- Hemos logrado un aumento del 5% de la deuda, con lo cual podremos agrandar la República Deudora Argentina.
- ¿Y? – fue la devastadora respuesta.
La sonrisa de Juan Saúl III comenzó a fluctuar.
- Perdone, señor. ¿Cómo “y”? Es un gran logro.
- ¿Un gran logro? ¿Cómo te atreves a burlarte de mí? – descerrajó Ratz elevando su voz una octava. - ¡¡El presupuesto de la deuda estaba fijado en un 8%!!
- Ehm, bueno, hemos tenido algunos problemas – Juan Saúl III respondió, empalideciendo.
- Hemos tenido algunos problemas – se burló Ratz – ¿Y a mí que me importa? ¡Exijo resultados! - bramó.
Juan Saúl III empezaba a perder la compostura. Esto no era lo esperado. ¿Acaso Ratz no sabía de los problemas de la República Deudora Argentina? Bajo su costoso traje, grandes manchas de sudor empezaba a aparecer.
- Pero, señor... - comenzó a decir Juan Saúl III.
-¡¡ SILENCIO!! – la voz de Ratz, amplificada electrónicamente, sonó como la ira de Dios. - ¡¡ ERES UN PERFECTO INUTIL!! ¡¡No sólo no cumpliste con lo acordado, sino que permitiste que asesinaran a mi amigo Igor!! - La furia de Ratz era palpable, aún siendo un holograma.
-Fueron los Patriotas – logró musitar Juan Saúl III, pálido como la cera.
- No me digas, ¿en serio? – dijo Ratz con voz falsamente dulce. - ¡¡Ya se que fueron ellos!! ¿Cómo hicieron para entrar a Baires, matar a mi amigo y escapar impunemente?
- No sabemos – Juan Saúl III respondió, sintiéndose de un metro de altura.
- Tu abuelo los hubiera descubierto rápidamente, tu padre también, pero tú eres un perfecto inútil – vociferó Ratz, la compostura totalmente perdida – Si en una semana no descubres a los responsables de ese atentado, tendré que tomar medidas desagradables.
- ¡¡ NO MI SEÑOR!! – gimió Juan Saúl III arrojándose al suelo, toda compostura perdida.
- Te ofrezco dos alternativas – dijo Ratz, más calmado por la muestra de sumisión de Juan Saúl III – Una: quiero a los verdaderos responsables del asesinato, no inventados. Dos: aumenta la deuda en un 8%. Puedes cumplir una de las dos en una semana, ni un día más.
- ¡Gracias, mi señor! – dijo Juan Saúl III aún en el suelo y temblando.
- Pero si fallas, bueno, tenemos un plan B, el cual, estoy seguro, no te va a gustar nada – Ratz siseó amenazante.
- No fallaré – prometió Juan Saúl III.
- Espero que así sea – la imagen de Ratz se disolvió, dejando paso a la señal de fin de transmisión.
Juan Saúl III se incorporó y procuró estabilizar su pulso. Inspiró hondo varias veces, limpió las rodillas de su pantalón, inspiró nuevamente y salió de la sala de holocomunicaciones repasando la conversación (una vocecita en su mente le decía que no fue una conversación, sino una dura reprimenda, pero la acalló) que tuvo con Ratz. Nuevamente zafó de un castigo que sabía que iba a ser duro pero que él sabía que no se merecía. Lo dejó preocupado la mención que hizo Ratz de un plan alternativo. ¿Acaso sería su remoción como Supremo Regidor? La desechó por considerarla improbable. Además, mejor gobernante que él no iban a encontrar, ¿no? Se dirigió con paso firme a su despacho, se sirvió una generosa medida de Chivas 2000, encendió un genuino puro Castro y se sentó. Dejo vagar su mente unos momentos y luego dijo:
- Asistente, llame al Secretario del Tesoro Valloca y al Secretario de Defensa Zabal -
- Inmediatamente - le respondió la seductora voz femenina del asistente cibernético. Juan Saúl III entrecerró los ojos, unió la punta de sus dedos y dijo, para sí mismo:
- Quieren deuda y terroristas, van a tener a los dos.
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