19 octubre 2006

Capitulo 11

NUEVA YORK – El Secretario del Tesoro de la República Deudora Argentina, Domingo Valloca, anunció hoy la construcción de un espaciopuerto en las cercanías de la ciudad de Chascomús. Dicho espaciopuerto, junto con las naves a utilizar en el mismo, permitirá a los argentinos llegar a cualquier lugar del planeta en una hora como máximo, además de poder visitar la Luna. Esta decisión coloca firmemente a la República Deudora Argentina entre los países del Primer Mundo.



Pedro despertó lentamente de su desmayo, su cabeza palpitante y su nuca doliéndole como si tuviera un pie en ella. Abrió lentamente los ojos y se sentó, viendo que la celda en la que se encontraba era pequeña, pintada de blanco, con un inodoro en un rincón, una palangana y una jarra de plástico con agua. El catre donde él se encontraba era relativamente cómodo, aunque se lo veía con rastros de mucho uso. Un cable de fibra óptica corría a lo largo de las paredes, cumpliendo las funciones de vigilancia del prisionero y de iluminación de la celda. La ropa que vestía se componía de un sencillo mameluco gris con cierre plástico, sin bolsillos ni insignias de ninguna clase, y sus pies estaban calzados con unas pantuflas de papel.

La puerta de la celda se abrió, dejando paso a tres hombres; dos armados con rifles láser y el tercero, probablemente el jefe, llevaba una pistola. Los de los rifles se pararon a los lados de la puerta y apuntaron a Pedro, mientras el jefe entraba en la celda. Lo miró evaluativamente y dijo:

- Síganos.

Todavía aturdido por la batalla, y con las imágenes de los muertos danzando frente a sus ojos, Pedro obedeció, siguiendo al oficial, siendo a su vez flanqueado por los soldados. Caminaron por un pasillo brillantemente iluminado donde se podían ver varias celdas hasta llegar a una puerta blindada, donde el oficial que iba delante apoyó su mano sobre una cerradura a palma. La puerta se abrió permitiendo el paso de Pedro y sus captores, entrando a una especie de patio donde algunos Patriotas descansaban o jugaban al fútbol o hacían algo con un pequeño recipiente y un tubito, por el cual succionaban una especie de líquido.

El grupito llegó al otro extremo del patio, donde una puerta se abrió, franqueándoles el paso a otro pasillo, éste más ancho y esta vez con puertas de oficinas con carteles que decían “Comunicaciones”, “Planificación” o “Reeducación”. Al llegar al final del pasillo, el oficial golpeó suavemente la puerta con un cartel que decía simplemente “Jefe”, la cual se abrió silenciosamente.

- Entre – le ordenó el oficial a Pedro, dándole un empujón.

Pedro entró a la oficina, tratando de no caerse al piso, y lográndolo. Al enderezarse, vio a 2 guardias apuntándole con sus pistolas, parados detrás de un escritorio, donde estaban sentadas dos personas: una era un hombre de aproximadamente cincuenta años, ancho de espaldas, su cabello y barba grises, su rostro curtido por el sol y a su lado ...

- ¿Andrea? – preguntó Pedro

- Acá las preguntas las hago yo – dijo el hombre, firmemente. Pedro se calló.

- Bien, veo que es obediente – prosiguió el Patriota – eso probablemente le salve la vida, si coopera con nosotros, claro.

- ¿Qué quiere que haga? – preguntó Pedro.

- Simplemente responder a todas nuestras preguntas, señor Pedro Díaz.

- Me encuentro en desventaja – dijo Pedro con ironía – No se con quién tengo el gusto de hablar.

- Cuanta descortesía la mía – respondió igual de irónico el hombre - Soy Andrés Aguirre, comandante del Quinto Cuerpo de los Patriotas. Y creo que ya conoce a Andrea García, capitana del Segundo Batallón del Quinto Cuerpo de los Patriotas y especialista en Inteligencia, la mejor, si me permite decirlo.

Pedro miró de soslayo a Andrea, quien sostuvo su mirada sin pestañear. Aún con uniforme de combate, Andrea seguía tan hermosa como aquella tarde-noche en el Café Tortoni, hace, ¿cuánto?

- ¿Cuánto hace que estoy aquí? – preguntó Pedro.

- Dije que las preguntas las hago yo. Sin embargo, haré una excepción y le contestaré. Hace veinticuatro horas que es nuestro prisionero – respondió el comandante Aguirre.

- Tan fuerte no me golpearon.

- No, por supuesto, pero lo drogamos hasta determinar qué íbamos a hacer con usted. Como todavía está vivo, puede deducir cuál fue nuestra decisión. Pero si no colabora con nosotros, vamos a cambiar de idea pero todo depende de usted.

Pedro quedó en silencio, considerando las posibilidades que se le presentaban. Hacerse el mártir no lo convencía, prefería seguir viviendo, y si seguir vivo implicaba contarles sus actividades en el Ministerio, pues lo iba a hacer. Aparte, necesitaba hablar con Andrea acerca de aquella vez en el Café Tortoni. ¿Tan ingenuo fue, de creer que podía haber algo entre ellos, y encima saber que para ella era sólo una misión más como espía de los Patriotas? Alzó su mirada y vio a los otros que esperaban su respuesta.

- Bueno, acepto contarles todo lo que sé – dijo Pedro.

- Señor Díaz, demuestra usted ser más inteligente de lo que parece – respondió el comandante Aguirre, satisfecho. – Andrea, es todo tuyo.

- ¿Puedo preguntarle algo? – le preguntó Pedro al comandante

- Ahora que aceptó cooperar con nosotros, me puedo permitir ser magnánimo – dijo Aguirre con una condescendencia chocante – Pregunte.

- ¿Qué van a hacer conmigo después de que me interroguen?

- Depende de la información que nos provea, y de su voluntad de unirse a nosotros.

- ¿Unirme a los Patriotas? ¿Yo?

- Si, usted – dijo Aguirre – Conocemos de sus rápidos progresos en el Ministerio Mc Donald´s de Alimentación, y después de verlo derrotar a Andrea en el combate mano a mano, me permito considerar que usted podría sernos útil.

- No tengo intenciones de unirme a unos asesinos tercermundistas como ustedes – respondió Pedro, desafiante.

- Todos dicen lo mismo – dijo Andrea, quien se había deslizado inadvertidamente detrás de él – Pero cuando les mostramos todo lo que el Gobierno oculta o tergiversa, terminan cambiando de idea. Llévenselo – le dijo a los dos guardias que estaban en la habitación.

- ¿Y si no quiero unirme a ustedes? – insistió Pedro, mientras lo arrastraban fuera de la oficina.

- Pues lo tendremos que ejecutar, señor Díaz, tan simple como eso – concluyó, tajante, el comandante Aguirre.

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