BAIRES – La megadiva de los almuerzos, Ámbar Legrand, inició hoy una querella legal por “daños físicos y morales” al Instituto Suizo-Argentino de Reprogramación de ADN. Debido a una falla en la operación, la señora Legrand sufrió la aparición de un tercer pecho en el medio de los otros dos. Como todo el mundo sabe, al menos un año debe mediar entre operaciones de reprogramación de ADN, por lo que Ámbar Legrand deberá soportar las consecuencias de semejante accidente hasta el año que viene.
Mientras el Secretario de Defensa Zabal y el Secretario del Tesoro Valloca dialogaban en el departamento del primero, el Supremo Regidor de la República Deudora Argentina Juan Saúl III asistía a una recepción ofrecida por la Embajada de los Estados Unidos. Las invitaciones del embajador Charles Powell, salvo que medie una situación realmente difícil, jamás eran declinadas, por lo que el Supremo Regidor allí estaba, engalanando con su presencia la velada.
Esos dos advenedizos, Valloca y Zabal, en algo andarán, pensó suspicazmente Juan Saúl III mientras degustaba un champagne Pommery. Demasiadas reuniones y encuentros, todas prolijamente notificadas por su propio servicio de información. Por las dudas, había ordenado una vigilancia más estrecha de esos dos aprendices de conspiradores, no sea cosa de que organicen un atentado en su contra. Bobadas. Si Juan Saúl III muriera, esos dos serían inmediatamente reemplazados por su sucesor José Saúl IV, cuidadosamente cuidado y educado en la fortaleza de Olivos donde casi muere su antecesor Máximo Saúl II. Él ya se había asegurado de eso, aunque faltaban al menos unos 10 años para que esté a punto, por lo que tendría que estar alerta todo ese tiempo. Absorto en esos pensamientos, no advirtió que alguien estaba intentando hablarle:
- Señor Supremo Regidor, ¿se encuentra bien?
Juan Saúl III parpadeó, y miró al coronel Bondini, asesor principal del general Zabal y el hombre que había salvado a Máximo Saúl II.
- Coronel, ¿qué hace usted aquí? – preguntó Juan Saúl III.
- El general Zabal me pidió que venga en su representación – repuso Bondini.
- ¿Y por qué no vino él?
- El general ordena y yo obedezco. No pido explicaciones. De todos modos, señor, el Secretario del Tesoro Valloca tampoco pudo venir, y también se hizo representar.
- ¿Y por quién?
- Si me lo permite, ya se la presento – dijo Bondini, mientras se retiraba.
Ni Valloca ni Zabal vinieron, reflexionó Juan Saúl III, entonces mis sospechas tienen bastante fundamento, esos dos andan en algo importante. ¿Tendría que ver con el engaño que estaban preparando al FMI? Demasiados conciliábulos para algo que ya tendría que estar listo y a punto de ejecutarse, por lo que dedujo que estaban conspirando para otra cosa. ¿Su derrocamiento, quizás? Tendría que hablar con su hombre en la SIDED, para que investigue más a fondo. En ese momento, Bondini volvió con una mujer.
- Señor, quisiera presentarle a Cecilia Marie Fonck, asesora personal del secretario Valloca.
La mujer que estaba frente a Juan Saúl III era de una belleza increíble. Alta, rubia y de unos hermosos ojos castaños, Cecilia emanaba un aura de delicadeza y seguridad en sí misma impactante. Se inclinó ante Juan Saúl III:
- Señor, es un orgullo para mí conocerlo personalmente – se presentó Cecilia, con una voz melodiosa.
- ¿No nos conocemos de otro lado? – preguntó el Supremo Regidor, impresionado por la mujer.
- No, señor. Hace poco que trabajo para el Secretario del Tesoro Valloca.
- ¿Cuáles son tus actividades en la Secretaría?
- La búsqueda de oportunidades de negocios con los países del Primer Mundo, señor.
Bondini se apartó de Juan Saúl III y de Cecilia Fonck, siendo ignorado por ambos mientras continuaban su charla. El instinto libidinoso del Supremo Regidor había hecho que se quedara encandilado con Cecilia. Había que reconocer, pensó Bondini, que cualquier hombre que se precie de tal daría casi cualquier cosa por estar con ella, al menos una noche. Altiva, de porte real, con un cuerpo capaz de despertar a un muerto, Cecilia Marie Fonck era la mujer ideal para servir de carnada de un hombre que no solía pensar con la cabeza que está arriba de los hombros. Ahora todo quedaba en manos de ella. A él sólo le quedaba informar a su superior.
- A usted la vi en otro lado, pero no puedo recordar dónde – insistió Juan Saúl III.
- Señor, yo sería capaz de recordar perfectamente el momento y lugar donde nos encontramos, si tal lugar existiera – respondió Cecilia.
- Es usted hermosa, verdaderamente hermosa.
- Gracias, señor. Ahora puedo ver que las holofotografías no le hacen justicia.
- ¿Por qué dice eso?
- Porque usted es más atractivo personalmente – dijo Cecilia, sensualmente.
Juan Saúl III sonrió para sus adentros, adivinando la clásica maniobra de seducción de Cecilia, utilizada por todas las mujeres desde que el mundo es tal. En esas situaciones, y si la mujer no le interesaba, el Supremo Regidor inventaba una excusa y le prometía verla en otra ocasión, promesa que nunca cumplía, por supuesto. Pero Cecilia era distinta; le recordaba a alguien que no podía precisar con exactitud, pero lo que no se podía negar a sí mismo es que ella lo atraía como nadie hasta ahora, ¿pero a quién le recordaba? Por un momento consideró importante que se acordara, pero desechó tal pensamiento.
- Es usted muy amable – contestó Juan Saúl III – Y usted es, sencillamente, bellísima.
Cecilia bajó los ojos, sus mejillas ligeramente ruborizadas. El Supremo Regidor aprovechó ese momento para estudiarla más detalladamente. Un vestido de tela camaleón, del tipo que la usuaria elegía su color (en este caso blanco), ceñía ajustadamente su bello cuerpo. En su muñeca izquierda llevaba una pulsera de perlas blancas auténticas, que hacía juego con el collar que tenía puesto y con los aros. Un anillo de oro y rubíes y una pequeña cartera de mano completaban la bijouterie de Cecilia.
- ¿Conoce usted la fortaleza de Olivos? – preguntó Juan Saúl III.
- Sólo por las revistas – repuso Cecilia.
- ¿Le gustaría conocerla?
- ¿Ahora? ¿De noche?
- ¿Por qué no? Es una buena ocasión de conocer un lugar al que muy poca gente tiene acceso. Además, podemos aprovechar la oportunidad para conocernos un poco más, ¿qué le parece?
Cecilia tomó al Supremo Regidor del brazo izquierdo y aceptó la invitación con una sonrisa. Ambos se dirigieron a la plataforma de despegue de la Embajada, sin reparar que alguien estaba viendo su salida. En efecto, el coronel Bondini miraba con una sonrisa a Juan Saúl III y a Cecilia mientras se retiraban de la recepción, dando por cumplida su obra y retirándose de la misión diplomática, pensando que el general Zabal iba a estar satisfecho, muy satisfecho.
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