TELAM – Durante la demolición de una vieja casona en San Telmo, en la intersección de las calles Defensa y Venezuela, se realizó un hallazgo arqueológico de primerísimo orden; en efecto, en una caja fuerte se hallaron las partituras originales del tango “Cambalache” de Enrique Santos Discépolo, escrito en 1935, es decir, hace 115 años atrás. El tango era un tipo de música desaparecida en 2014, luego de que el último bailarín de tango falleciera sin enseñar a nadie este baile. El curador del Museo del Tercer Mundo declaró “El hallazgo de estas partituras es un hito arqueológico importantísimo, y constituye un valioso aporte a la colección del Museo”.
Los vehículos militares del convoy Patriota que se dirigía hacia Saladillo proseguían su marcha por el túnel, mientras Andrea y Pedro, tomados de la mano, seguían cada uno con sus pensamientos. A pesar de que el convoy estaba compuesto por 10 vehículos, casi no se escuchaba ruido alguno en el túnel, gracias a la tecnología insonora de los neumáticos de los transportes. El zumbido de los motores eléctricos apenas se podía oír, los paneles solares estaban ocultos bajo el blindaje de los transportes y las armas de los soldados estaban listas para cualquier eventualidad. El comandante Aguirre terminó de hablar con el comandante Morales y se dirigió a Pedro:
- ¿Ahora entiende, señor Díaz, cuando le dije que las Brigadas no podían vigilar todo?
- Ya veo, pero este túnel no se extiende hasta Saladillo, ¿o sí? – preguntó Pedro.
- Por supuesto que no. Vamos a recorrer unos 10 kilómetros hasta salir a la superficie. Luego, utilizaremos otro tipo de camuflaje para llegar a otro túnel, distante unos 5 kilómetros.
- ¿Pero cuándo construyeron estos túneles?
- Estos túneles pertenecen a una red que empezó a construirse allá por 2030, cuando se fundó la República Deudora Argentina. Con el apoyo de la población local, pudimos expandir la red hasta abarcar grandes distancias, cosa de poder desplazarnos sin ser vistos ni detectados por los sensores de vida. Todos los túneles están preparados para ser destruidos en caso de que los encuentren.
- ¿Nunca fueron descubiertos?
- Algunas veces, pero casi siempre logramos escapar y destruir los túneles.
- ¿Y a quién se le ocurrió la idea? – preguntó Pedro.
- La idea la sacamos de un grupo guerrillero de la década de 1960, el Vietcong, quienes lucharon y vencieron a EE.UU. Supongo que nunca escuchó hablar de ellos, ¿no?
- No – admitió Pedro.
- Bueno, no importa – prosiguió Aguirre – el Vietcong pudo vencer a los yanquis después de muchos años de lucha, y nosotros vamos a derrotar al Gobierno, por lo que adaptamos sus tácticas a nuestro tiempo.
- Usted me dijo que me iba a demostrar que lo que vi en los documentales era verdad – atacó Pedro.
- Ya tuvo usted las primeras pruebas – repuso Aguirre – el agua cristalina y el pan de trigo, cosas que nunca había visto, ni mucho menos probado.
- Cuando me llevaban a su oficina, vi gente haciendo algo con un tubito, como si chuparan. ¿Qué era eso?
Aguirre y Andrea intercambiaron una mirada divertida.
- Eso que vio se llama mate. Es una infusión a base de una hierba que se llama yerba mate. Se le pone agua caliente, azúcar si uno quiere y, con una bombilla, que es como en verdad se llama el tubito, chupa por la misma para tomar el agua.
- Pero la yerba mate es carísima y escasa, y en cuanto al azúcar: todos saben que hace mal a los dientes, por eso usamos edulcorante.
- Permitime – intervino Andrea, mientras sacaba de una caja una calabaza ahuecada, una bombilla de metal, un paquete de yerba, un paquete de azúcar y un termo – ahora voy a cebarte un mate, para que sepas el gusto que tiene.
Pedro quedo atónito al ver el paquete de yerba. Con la venta de ese paquete en Patio Bullrich o el Solar de la Abadía, por nombrar dos lugares exclusivos, comían 50 familias durante un mes completo. ¿Y la mezclaban con agua caliente, y encima le ponían (¡horror!) azúcar?
- ¿Le pongo azúcar, o lo querés amargo? – le preguntó Andrea.
- Emmm, como quieras – repuso Pedro temerosamente.
Andrea le alcanzó la calabaza repleta de yerba y agua caliente, con la bombilla sobresaliendo por la abertura, notando Pedro que había una especie de espuma en la superficie del agua.
- Ahora vas a poner tus labios en el extremo de la bombilla y succioná, pero despacio, no vaya a ser que te quemes – le advirtió.
Pedro hizo como le habían dicho, pero chupó la bombilla con excesiva fuerza, haciendo que el agua atravesara con rapidez su garganta, quemándose en el intento. Andrea, Aguirre y Morales estallaron en carcajadas al ver al pobre Pedro enrojecer de vergüenza por la torpeza cometida.
- ¡Te dije despacio! – exclamó Andrea, todavía con lágrimas en los ojos de tanto reírse.
Pedro lo intentó de nuevo, esta vez más despacio, notando que el mate tenía un agradable sabor reconfortante y siguió chupando la bombilla, hasta que el agua se agotó.
- ¿Puede ser otro? – preguntó tímidamente.
- Ahora tomo yo – dijo Morales – Luego, el comandante Aguirre y después lo va a hacer Andrea. Eso se llama una ronda de mate: todos toman del mismo mate y la misma bombilla.
Pedro los miraba espantado, recordando las historias de terribles enfermedades transmitidas de esa manera. Y así lo manifestó.
- Todo mentira – dijo Andrea –. Que el SIDA se transmita por tomar mate es una estupidez sin pies ni cabeza. Lo que se buscó en realidad fue otra cosa. Al tomar mate, compartimos algo, llámese tiempo, anécdotas o simple conversación, algo a lo que evidentemente no estás acostumbrado, pero ya te vamos a educar.
En ese momento, llegaron al final del túnel y las luces de los transportes se apagaron, activándose los equipos de visión infrarroja, dando una tonalidad sanguínea a las ventanas de cristalplast. Aguirre activó su intercom y ordenó:
- Activen el camuflaje celeste.
Al unísono, los 10 vehículos del convoy se vieron rodeados por algo parecido a gotas de lluvia opacas, recordándole a Pedro la sensación de estar atrás de una catarata. Los transportes salieron del túnel a baja velocidad, emergiendo a la superficie en pocos minutos. El cielo nocturno estaba tachonado de estrellas blanco-violáceas y poco se podía distinguir del paisaje, salvo algunos árboles mecidos por un suave viento, cultivos de trigo, y algunas vacas, todo teñido de rojo. A la distancia, frente al convoy, una luz se movía de izquierda a derecha y los transportes se movieron silenciosamente en esa dirección.
- ¿Qué es eso de camuflaje celeste? – quiso saber Pedro.
- Es un dispositivo, cortesía de nuestros amigos brasileños, que impide que nos detecten los satélites y los radares de vigilancia del Gobierno – explicó Aguirre – pero hay que usarlo poco, ya que el consumo de energía es grande, es por eso que ahora vamos a ir más rápido. Si por alguna razón el camuflaje se apaga, en escasos minutos vamos a tener una pelea de aquellas.
Como obedeciendo las palabras del comandante, los transportes aumentaron su velocidad al comenzar su avance a campo traviesa dejando una estela de polvo. Al cabo de pocos minutos, llegaron a la entrada del túnel al cual se dirigían, y entraron en él sin perder tiempo. Cuando el último de los transportes entró, el camuflaje y los equipos de visión infrarroja se apagaron, y las luces del convoy se encendieron, permitiendo a Pedro observar que este túnel por el cual se desplazaban era casi igual al que dejaron en Henderson.
Sin más trámite, los transportes llegaron a una zona de estacionamiento, donde otros vehículos estaban inmóviles, rodeados por gente que los iba descargando. Al detenerse el convoy, Aguirre descendió primero, siendo saludado marcialmente por los soldados que se encontraban en el playón. A continuación, Morales, Andrea y Pedro bajaron del transporte y siguieron a Aguirre hasta su nueva oficina, donde un oficial los estaba aguardando.
- Buenas noches, comandante – saludó el oficial
- Buenas noches, coronel Torre – respondió al saludo Aguirre - ¿Qué noticias tiene para mí?
El coronel Torre miró con aprensión a Pedro.
- Hable tranquilo, coronel. El señor Díaz es de los nuestros – lo tranquilizó Aguirre.
- Ayer a las 15:00 pudimos observar un avión de transporte descender en el cuartel del 25 Regimiento. Al principio, pensamos que se trataba de un movimiento de rutina, pero uno de nuestros hombres que trabaja en el cuartel nos informó de su carga.
- ¿Y qué traía el avión?
- Doce contenedores de vida suspendida, señor.
- ¿Doce?
- Efectivamente, señor. Doce contenedores.
- ¿Para qué querrían semejante cantidad de contenedores de vida? – preguntó Morales.
- Se me ocurren dos alternativas – comentó Andrea – O bien van a meter gente ahí adentro, o ahí adentro hay gente, y ninguna de las dos posibilidades me gustan. Recomiendo obtener lo antes posible más información sobre esos contenedores y los planes que las Brigadas tienen para ellos.
- Torre, haga lo que dijo García – ordenó Aguirre
- Sí, señor – respondió Torre, al tiempo que daba media vuelta y se retiraba de la oficina.
Luego de que el coronel se retiró, Aguirre, Morales, Andrea y Pedro quedaron en silencio, cada uno en sus pensamientos. Al cabo de un rato, Aguirre siguió hablando:
- Andrea, por favor acompañá al señor Díaz a la barraca de oficiales. Señor Díaz, a las 7:15 lo espero para darle sus órdenes.
- En ningún momento dije que iba a unirme a ustedes – dijo desafiante Pedro.
- Pero es que ya lo hizo – respondió Aguirre – En verdad, lo hizo dos veces. La primera, antes de salir de Henderson, lo manifestó en voz alta, a pesar de sus dudas; y la segunda fue cuando aceptó tomar mate con nosotros.
- No entiendo – se quejó Pedro.
- Eso es evidente – replicó fríamente Aguirre – Como le dijo Andrea, el compartir un mate implica un sentimiento de camaradería, de unión, de grupo, sentimiento al cual usted adhirió al tomar ese mate que se le ofreció. Pero no se preocupe, Díaz, aunque lo haya hecho inconscientemente, su decisión de unirse a nosotros fue lo mejor que pudo haber hecho. Y ahora, lo espero mañana. Buenas noches.
Era claramente una orden de retirarse, por lo que Pedro y Andrea salieron de la oficina, rumbo a la barraca de oficiales. Al llegar a la misma, Andrea le dijo:
- A las 6:45, un asistente va a pasar a despertarte para que estés listo para que te presentes ante el comandante.
- ¿Y qué espera el comandante que haga para los Patriotas?
- No lo sé exactamente, pero yo le dije que tenías pasta de líder, así que probablemente tenga que ver con lo que opiné de vos.
- Jamás usé un arma en mi vida – dijo Pedro.
- No te preocupes, yo tampoco usé una antes, y acá aprendí. Lo vas a hacer bien, estoy segura. Hasta mañana – y le dio un beso en la comisura de los labios, igual que aquel del Café Tortoni, hace siglos.
- ¿Este beso es falso como aquél? – le preguntó con un dejo de rencor Pedro.
- Aquella vez fue por negocios, nada más – Andrea le respondió por encima del hombro y se fue.
Pedro la vio marcharse, y recién en ese momento comprendió por qué se había unido a los Patriotas. No había sido por los documentales que tuvo ocasión de ver, ni tampoco por la amenaza de Aguirre, sino por ella, sólo por ella.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario