19 octubre 2006

Capitulo 20

TELAM – El 25 Regimiento de las Brigadas Deudoras, con base en Saladillo, comenzarán con sus habituales maniobras de entrenamiento de otoño, pero a diferencia de otros años, estas maniobras se llevarán a cabo en los territorios recientemente incorporados de Henderson, Carlos Casares y Pehuajó, como muestra de apoyo a los nuevos ciudadanos de la República Deudora Argentina. El vocero del Secretario de Defensa, coronel Barreiro, desmintió nuevamente los rumores acerca de un atentado Patriota contra los representantes Ministeriales enviados a la zona.



- Señor Díaz, despierte.

- ¿Hmmm?

- Señor Díaz, debe usted despertarse. El comandante Aguirre lo está esperando.

Pedro abrió los ojos lentamente, gruñendo y refunfuñando, y vio a un cabo Patriota al lado de su catre de campaña.

- Señor Díaz, despiértese por favor.

- Ya va, ya va – ladró Pedro, aún somnoliento.

- Le dejo acá al lado de su catre algo de ropa y útiles de aseo – le dijo el cabo, saludando militarmente y retirándose.

Pedro se sentó al borde del catre y bostezó largamente; a continuación se desperezó, haciendo crujir sus articulaciones. Al lado del catre vio un uniforme militar de camuflaje variable, unos borceguíes, un cinturón de campaña y una boina del mismo camuflaje del uniforme. Al ponerse el uniforme, comprobó con cierta sorpresa que le sentaba perfecto, lo mismo que los borceguíes y la boina. Se sintió un poco extraño con esa vestimenta, ya que no utilizaba un uniforme desde su época de boy-scout. Tomó los útiles de aseo y se dirigió al baño para sus abluciones matinales. Luego, salió de la barraca y se encontró en un amplio patio, donde vio a varios Patriotas entregados a diversas actividades, vehículos de combate y carpas. Cruzó el patio, rumbo a la oficina del comandante Aguirre, tratando de adivinar qué tenía pensado para él. Cuando llegó, golpeó la puerta. –Pase- se oyó desde el interior de la oficina, y Pedro entró.

- Es usted puntual, lo felicito. Buenos días – lo saludó Aguirre.

- Buenos días, comandante, buenos días comandante Morales.

- ¿Descansó bien? – le preguntó Morales

- Me hubiera venido bien dormir 48 horas, pero hay que conformarse – repuso Pedro.

- Todos necesitamos eso, pero la guerra de guerrillas exige sacrificios y privaciones – pontificó Aguirre - ¿Desayunó?

- No

- En la mesa a su izquierda tiene café, medialunas y manteca.

Pedro miró con sorpresa el desayuno que le indicó Aguirre. ¿Medialunas? Sólo las había visto en el Museo del Tercer Mundo. ¿Manteca? Hacía décadas que había dejado de existir, cuando se demostró que producía colesterol. Lo único que conocía era el café, o al menos eso creía, porque cuando lo probó, tenía un gusto completamente distinto al que él estaba habituado.

- ¿Me podría explicar de dónde sacaron estas cosas? – le preguntó Pedro a Aguirre.

- Por supuesto – le respondió Aguirre – las medialunas las hacemos nosotros con harina de molinos clandestinos; la manteca la fabricamos con leche de vacas que criamos en diversos lugares lejos del alcance del Gobierno, y el café lo traemos de contrabando de Venelombia.

- Pero yo conozco el café de ese país, y no tiene este gusto.

- Por supuesto, ya que el que usted conoce, señor Díaz, no es café de primerísima categoría, sino lo que se llama una segunda selección. Si bien el café al alcance de los ciudadanos de la República Deudora procede de Venelombia, es un café de segunda si lo compara con el de primera calidad, consumido sólo por la élite argentina y los funcionarios del Gobierno.

Pedro mordió con cautela el extremo de una medialuna y la encontró muy sabrosa, y más aun cuando le untó un poco de manteca. Antes de que se diera cuenta, había comido media docena de medialunas y dos tazas de café, tal era el hambre que tenía. Los otros lo miraban divertidos.

- ¿Terminó con el desayuno, o piensa seguir devorando nuestras existencias? – le preguntó risueño Aguirre a Pedro.

- Disculpe, comandante, es que tenía hambre y esas medialunas con manteca estaban muy ricas.

- No se preocupe, Díaz, lo entiendo perfectamente.

- ¿Dónde está Andrea? – preguntó de improviso Pedro.

- Cumpliendo una misión – respondió secamente Aguirre – Lo cual me lleva a darle sus órdenes – y pulsó un botón de su escritorio. La puerta de la oficina se abrió, dando paso a un corpulento oficial armado con un vibrocuchillo, una pistola láser y un rifle de asalto en bandolera.

- Señor Díaz, le presento a su oficial instructor, el capitán Olmedo, alias “Piluso”. Capitán Olmedo, su alumno.

Olmedo estudió a Pedro de arriba hacia abajo, y al cabo de un rato le estrechó la mano. Pedro sintió que su mano se reducía a pulpa.

- Capitán Olmedo, será su misión hacer de este civil un combatiente. Habrá tenido ocasión de revisar el dossier de este hombre, supongo – siseó Aguirre.

- Sí, comandante – respondió, cortante, Olmedo.

- Entonces puede comenzar.

Olmedo le hizo una seña a Pedro para que lo siguiera, dirigiéndose a la salida. Pedro se apresuró, tratando de no darle ocasión a que lo reprenda. Luego de caminar unos metros, entraron a una barraca donde varios soldados se hallaban entrenándose en diversas formas de matar: a mano limpia, con vibrocuchillo, con garrote, etc.

- Según su dossier, usted tiene cierta habilidad en kung fu – comentó Olmedo.

- Así es, capitán, pero de eso hace un tiempo atrás – repuso Pedro.

- Pero se las arregló para derrotar a la capitana García, lo cual es raro de ver.

- Suerte, quizás

- Veremos – dijo Olmedo, e hizo una seña a uno de los soldados que estaba aplicando diversos golpes de kung fu a un muñeco de entrenamiento.

- Díaz, - prosiguió el capitán - quiero que me muestre lo que sabe. Soldado Urquiza, trate de no matarlo.

Ambos hombres se saludaron, se pusieron en posición y comenzaron a girar, estudiándose y midiéndose. De improviso Urquiza atacó, pero Pedro lo esquivó con facilidad, aprovechando para lanzarle un puntapié a la rodilla de la pierna de sostén del soldado. Éste cayó, pero al intentar levantarse, el puño de Pedro se estrelló contra su cara, dejándolo fuera de combate

- Estoy impresionado – declaró Olmedo, y se le notaba en su expresión – Tiene usted una notable técnica.

- Gracias, capitán, pero necesito ponerme en forma física lo antes posible.

- Por eso no se preocupe, me voy a encargar personalmente de que se ponga en línea. Ahora vamos a continuar con armas blancas. Sígame.

Mientras acompañaba al capitán Olmedo, Pedro no podía evitar pensar en Andrea. ¿Qué estaría haciendo en este instante?

El objeto de sus pensamientos se encontraba en esos momentos en un Mc Donald´s cercano a la plaza principal de Saladillo, conversando con una mujer de edad madura. Teresa Núñez tenía alrededor de 60 años, bajita y poco llamativa, lo ideal para alguien que cumplía labores de espionaje para los Patriotas en un lugar tan delicado como el cuartel del 25 Regimiento. Ambas mujeres estaban tomando café, lavado por cierto, y comiendo unos emparedados de panceta y huevo.

- ¿Y cómo te tratan los militares? – le preguntó Andrea a Teresa.

- Los que son de la zona me tratan bien, pero los que llegaron de Baires son bastante engreídos y arrogantes – respondió Teresa.

- Contame qué fue lo que viste que bajaron del avión que llegó ayer al cuartel.

- Nos ordenaron a los civiles que nos encerremos en nuestras barracas y que no salgamos hasta nueva orden, pero me las arreglé para ver el aterrizaje del avión desde una ventanita de los baños. Después que abrieron la rampa de carga, unos soldados bajaron llevando lo que al principio me parecieron ataúdes, pero me fijé mejor y me di cuenta de que eran contenedores de vida suspendida.

- ¿Y cómo sabías que eran contenedores de vida suspendida?

- Tiempo atrás, el coronel Cañones, jefe del regimiento, me mostró uno y me explicó para que servían. Tiene alma de maestro, el coronel – suspiró Teresa.

- Seguí con tu relato – pidió Andrea.

- Ah, bueno, el caso es que conté doce contenedores de vida que fueron guardados en el sector exclusivo de militares, ya que nosotros los civiles no podemos entrar ahí.

- ¿Algo más? ¿Algún detalle que te haya llamado la atención?

- Todos tenían tres luces verdes encendidas.

Ese detalle le decía a Andrea que las personas que estaban encerradas en esos contenedores de vida estaban cerca de ser despertadas, ¿pero quiénes serían? Corrían rumores siniestros acerca de los Patriotas capturados por las Brigadas Deudoras, rumores que decían que los sometían a torturas horribles y a experimentos genéticos diversos, como hacían las SS en la Segunda Guerra Mundial más de cien años atrás, por eso todos los Patriotas llevaban un diente con estricnina sintética, el cual al ser mordido tres veces en rápida secuencia, causaba la muerte en segundos. ¿Serían Patriotas los que estaban dentro de esos contenedores? Había que investigarlo.

- Necesitamos que averigües a quienes traen dentro de esos contenedores – dijo Andrea.

- No va a ser nada fácil – contestó Teresa – No sólo venían en el avión esos contenedores, sino también tres pelotones de refuerzo con armas livianas y pesadas.

- Sos la mejor informante que tenemos en el lugar, por lo que nos remitimos a tu juicio, pero necesitamos esa información.

- Voy a hacer lo que pueda.

Teresa se levantó de la mesa y fue al baño, mientras que Andrea salía del local rumbo a la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción. Allí esperaba encontrarse con el padre Agote, sacerdote del movimiento “Cristianos Tercermundistas Auténticos”, quien además solía ayudar a los Patriotas con riesgo de su puesto y de su vida, ya que la cúpula de la Iglesia Católica Argentina respaldaba al Gobierno a pesar de que Juan Saúl III era un clon, algo al que todos los Papas desde Juan Pablo II repudiaban con firmeza.

Mientras caminaba con paso rápido hacia la parroquia dispuesta a no perder tiempo, vio que un pequeño perro la seguía. Ella se agachó a acariciarlo, y el perro se frotó mimoso contra su pierna.

- ¿Tenés hambre, lindo? – dijo Andrea, al tiempo que le arrojaba una galletita.

El perro atrapó la galletita al vuelo y comenzó a masticarla. Andrea sonrió y siguió su camino, mientras el perrobot espía de última generación convertía la galletita en combustible y proseguía su misión de seguimiento de la Patriota.

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