23 octubre 2006

Capitulo 22

INFOBAI – El Supremo Regidor Juan Saúl III visitará hoy los estudios de holovisión Gerardo Sofovich, en el 30 aniversario de su inauguración. Los estudios, construidos después de desalojar a los pobladores de la localidad de Glew y mudarlos al círculo urbano interior, llevan el nombre de uno de los amigos íntimos del Precursor y uno de sus principales apoyos para lograr su tercera y definitiva presidencia, la que salvaría al país.


Andrea llegó a la parroquia de Nuestra Señora de la Asunción justo a tiempo para misa de nueve mezclándose con los feligreses que se afanaban por entrar, tratando de evitar el frío matutino. Antes de la misa, Andrea se había cubierto la cabeza con un pañuelo para evitar llamar la atención a causa de su pelo rojo, pero lo logró a medias ya que los lugareños le lanzaban miradas curiosas. Ignorando a todos, ella se persignó en la puerta y se dirigió a un banco cerca del crucero de la derecha, donde se arrodilló y rezó un Padrenuestro. Cuando concluyó su oración, se sentó y esperó el comienzo de la ceremonia.

Al poco tiempo, el padre Juan Agote hizo su aparición vestido con una sotana de color verde, y acompañado por un sacristán. De complexión maciza, cabello escaso y mediana altura, con un cuerpo fortalecido por años de trabajo físico, el padre Agote irradiaba un aura de paz, de seguridad y de contención, cualidades que hacían que la concurrencia habitual a sus misas sea numerosa.

- En el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo – proclamó el sacerdote con su característica voz modulada.

- Amén – respondieron los fieles.

La misa continuó en su forma habitual hasta la Consagración. En ese momento, por la nave central, comenzaron a formarse dos filas de feligreses dispuestos a recibir la sagrada hostia y Andrea se unió a ellos. Al cabo de un momento, se enfrentó al padre Agote.

- El cuerpo de Cristo – recitó el sacerdote.

- Amén – respondió Andrea.

Cuando el padre acercó la hostia a la boca de Andrea, él le tocó discretamente el mentón con el dedo mayor, al tiempo que clavaba su mirada en los ojos de ella. Andrea volvió a su asiento, apelando a todo su entrenamiento para no demostrar el sobresalto que le causó la señal del sacerdote. Ella estaba en peligro, le indicó el padre Agote, y un peligro muy cercano era el que la estaba acechando. Sintió una gota de sudor deslizarse entre sus pechos y apretó sus manos entre sí para dominar el temblor que las invadía. Realizó varias inspiraciones profundas y logró tranquilizarse, mientras consideraba que iba a ser mejor esperar al final de la misa para poder hablar con el sacerdote.

Al terminar la ceremonia, como era su costumbre, el padre Agote despidió uno por uno a los fieles que habían asistido a la misa, charlando con algunos y dando consejos a otros. Por fin, Andrea, el padre Agote y el sacristán quedaron solos en la iglesia.

- Hija mía – dijo el sacerdote – has hecho bien en visitar la casa del Señor.

- Usted me hizo una advertencia – respondió Andrea.

- El Señor es misericordioso. Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno: porque Tú estarás conmigo.Tu vara y tu cayado me infundirán aliento. – el padre Agote recitó el Salmo 23:4, mientras hacía una discreta señal al sacristán, al tiempo que miraba hacia la puerta principal.

Andrea siguió la mirada del padre, notando con sorpresa que el perro que ella había visto en la calle y al cual le había dado una galletita estaba allí, como montando guardia. Sus ojos miraban alternativamente a la Patriota y al sacerdote, mientras el sacristán se iba acercando al can sin éste notarlo.

- Pero, padre.... – comenzó Andrea.

- Recuerda las dos primeras Virtudes Teologales, hija mía – la cortó el padre Agote.

Fe y Esperanza, recordó Andrea, y se preparó para lo que pudiera pasar, lo cual sucedió muy rápido. El padre Agote retrocedió hacia el altar, sin dejar de observar al perro, quien lo seguía con la mirada. Andrea imitó al sacerdote en su movimiento, distrayendo al perro que seguía en la puerta. Fue en ese momento en que el sacristán se arrojó encima del perro y le arrancó la cola. Ante los atónitos ojos de Andrea, el perro no sangró. El sacristán inmovilizó al animal, mientras éste ladraba con todas sus fuerzas y se debatía inútilmente. Inmediatamente, el padre Agote corrió hacia donde estaba su sacristán con el perro y comenzó a tantear la nuca del animal. Andrea corrió también con la intención de ayudar pero fue inútil, ya que el sacerdote encontró el interruptor que buscaba y lo accionó, haciendo que el perrobot se desactivara.

- ¿Cómo supo? – balbuceó Andrea.

- Hija mía – repuso el padre, mientras indicaba al sacristán que cerrara la puerta – nosotros, los Cristianos Tercermundistas Auténticos, somos perseguidos por el Gobierno, aunque bastante más discretamente. Tenemos nuestras formas de protegernos de ellos, y quiero que recuerdes que el Cristianismo tiene más de 2000 años de antigüedad y sabemos un par de cosas acerca de persecuciones.

“Este bicho en particular es uno de los modelos más sofisticados que dispone el Gobierno, imita a la perfección el pelaje y el jadeo típico de un perro de verdad, hasta el punto de simular la transpiración y de hacer sus necesidades con regularidad. Incluso utiliza los alimentos que consumiría un can real como combustible, mientras sus orejas ocultan hábilmente paneles solares y dispositivos de escucha, y sus ojos son una obra maestra de filmación y registración de las imágenes y señales corporales de cuantos lo rodean. Contestando específicamente tu pregunta: el marco de la puerta de entrada de la parroquia tiene sensores de todo tipo y nos alertó acerca de la llegada del perrobot espía”

- ¿Y por qué me seguía a mí?
- A los habitantes de Saladillo, como al resto de los habitantes de los pueblos de la frontera, se los catalogó para conservar sus características físicas, genéticas y bioquímicas en enormes bases de datos, listas para ser accedidas por cualquier agente gubernamental. Como te imaginarás, estos datos son muy utilizados por la SIDED y la Inteligencia Militar para controlar a la población y buscar posibles infiltrados. Las memorias de estos perrobots fueron alimentadas con los datos biométricos de los habitantes de Saladillo y sus alrededores de tal forma que, si detectan a alguien que no coincide con su base de datos, lo siguen para ver en que anda.

- ¿Entonces me descubrieron? – se inquietó Andrea.

- No, hija – la tranquilizó el padre – no le dimos tiempo al perrobot a transmitir su información, ya que el sacristán inutilizó su antena, es decir, su cola, antes de que yo lograra apagarlo. Ahora le vamos a limpiar su memoria desde el momento en que te encontró para que no quedemos comprometidos ni tú ni nosotros.

- Le debo una, padre.

- Tú y yo tenemos que hablar, pero no acá.

Andrea y el padre Agote se dirigieron al interior de la parroquia, hacia el altar principal rumbo a la sacristía. Al llegar allí, una pava con agua caliente, un mate y bizcochos de grasa los estaba esperando, para regocijo de Andrea. Ambos se sentaron y comenzaron la ronda.

- Hija, están pasando cosas extrañas en este pueblo.

- ¿Cómo qué? – preguntó Andrea, hincando el diente en un bizcocho.

- Como la llegada del mismísimo Secretario de Defensa a Saladillo.

Andrea se atragantó con el bizcocho, causándole un ataque de tos que hizo que despidiera los restos del bizcocho en todas direcciones. ¿El general Martín Zabal acá?

- Si a eso le agregamos – prosiguió el párroco, limpiándose las migas de bizcochos, para vergüenza de Andrra – la llegada de tres pelotones de las Brigadas Deudoras desde Baires y la aparición de doce contenedores de vida suspendida, estamos ante la presencia de una conspiración, cuyo alcance desconozco.

- No son buenas noticias las que me acaba de dar – repuso Andrea – Por lo general, las tropas estacionadas en Baires y en sus cercanías son las más despiadadas. Lo de los contenedores ya lo sabíamos, pero lo de Zabal... eso es muy llamativo.

- Mis informantes me comunicaron que el Gobierno planea trasladar siete compañías desde Saladillo hacia la zona de Henderson-Carlos Casares-Pehuajó y ejecutar operaciones de limpieza.

- Los hubiéramos podido derrotar, de habernos quedado, pero Aguirre prefirió la retirada, dejando unos cuantos “regalitos” en nuestra anterior base.

- Lo bien que hizo en ordenar la retirada. Es preferible....

El padre Agote se vio interrumpido por un suave golpe a la puerta, la cual se abrió dejando paso al sacristán que había sujetado al perrobot.

- Padre, por favor encienda su holopantalla, en el canal de monitoreo.

El cura así lo hizo, y tanto él como Andrea y el sacristán pudieron ver el desfile de las compañías de las Brigadas Deudoras rumbo al oeste. Pelotón tras pelotón, con paso cadencioso, las tropas gubernamentales marchaban, siendo acompañados por flotatanques, vehículos blindados de transporte y artillería autopropulsada. Andrea pensó que algo faltaba, pero no se podía dar cuenta. De pronto cayó en la cuenta: no había pobladores saludando a los militares o sólo mirando el desfile, como ella había visto en documentales de principios de siglo. En aquel entonces, los civiles se alineaban a lo largo del paso de los soldados para aplaudirlos o saludarlos, pero ahora directamente se los ignoraba. Era evidente que la brecha entre Juan Saúl III y sus acólitos y el pueblo se agrandaba a medida que éste no veía mejoras en su vida cotidiana, algo que los Patriotas estaban explotando, pero Andrea sabía que los tiempos no estaban maduros para una revolución. Había que seguir trabajando.

- Esta es una buena oportunidad de atacar el cuartel – pensó en voz alta Andrea.

- Sí, la es, pero me permito recordarte que los tres pelotones que llegaron de Baires no son como los que tú conoces – le advirtió el padre Agote – Éstos están mejor entrenados, equipados y conducidos. No será nada fácil el ataque, sobre todo si no tienen un buen plan. Te recomiendo que hagan como siempre: primero averigüen todo sobre sus movimientos y luego planifiquen en consecuencia.

- Tiene razón, padre, como siempre – agachó la cabeza Andrea. El sacerdote solía dar buenos consejos, y éste era uno de ellos.

- Creo que ya es hora de que te retires, hija mía – dijo el cura, levantándose de su asiento.

- Tiene razón, padre. Gracias por recibirme.

- Siempre es un placer, pequeña, y mucho cuidado por ahí. Hoy te salvaste de una brava, pero no hay que tentar a la suerte. Que Dios te acompañe.

- Gracias, padre – se despidió Andrea.

Ella salió por una puerta trasera y atravesó el jardín de la parroquia con premura. La información que llevaba era sumamente importante y había que entregarla sin demora. Además había algo que quería hacer lo más rápido posible: volver a ver a Pedro.