TELAM – Un cargamento de la peligrosa droga X-M ha sido descubierto por un control de rutina en el puente Baires-Colonia esta mañana. La droga había sido hábilmente escondida en las herraduras de los caballos que tiraban de un carro de pasajeros, pero los modernos sensores la detectaron, deteniendo al conductor del carro, quien se declaró inocente. La X-M, cuyo nombre en castellano es Melan Extendida, se cotiza a u$s 40.000 el gramo y altera no sólo el comportamiento del consumidor, sino que también afecta a la melanina, haciendo que el color de la piel, del cabello y del iris cambie al azar, pero el exceso en el consumo causa ceguera, cáncer de piel y mal de Alzheimer.
Pedro se sentó en el piso del patio del cuartel francamente agotado. El capitán Olmedo lo había destrozado con el entrenamiento al que lo había sometido y se sentía como si hubiera corrido una maratón, pero no la clásica de 42 kilómetros, sino de 84. A no quejarse, se dijo, peor sería estar en una celda. A pesar de que le había dicho a Aguirre que prefería unirse a los Patriotas, lo había hecho por dos cosas: instinto de supervivencia y la posibilidad de estar con Andrea.
Pero sus dudas no habían desaparecido y seguían acosándolo. Entre los hechos de los documentales, había cosas que no podía creer; por ejemplo, ¿cómo fueron capaces los argentinos de elegir por tercera vez al Precursor, sabiendo los desastres que hizo con el país, regalando sus empresas? ¿Tan idiotas eran? Si él mal no recordaba, lo habían elegido en 1989 y en 1995, casi gana en 2003 y lo entronizaron definitivamente en 2007. Una vez, bueno; dos veces, hasta era entendible porque había cosas que no se sabían, pero que en 2003 el 25% de la población lo haya votado, sabiendo las barbaridades que perpetró, ya rayaba en lo insólito, y ni hablar de 2007, cuando ya todos sabían de las cuentas que él tenía en Suiza, las islas Caimán y en Liechtenstein, y la cantidad de testaferros que fueron descubriéndose con el correr de los años. Por todo esto, Pedro creía que lo que le mostraron los Patriotas era mentira porque no se podía engañar por tanto tiempo a la gente, ¿o sí?
- ¿Cansado?
Pedro levantó la vista y vio al comandante Morales vestido con uniforme de fajina y boina negra ladeada.
- Un poco, nada más – contestó Pedro.
- ¿Un poco? – ironizó Morales, viendo cómo le caía la transpiración a mares. – Me gusta su estilo, es orgulloso, pero no deje que su orgullo lo domine.
- Como usted diga.
Morales se sentó a su lado en el suelo del patio y sacó de unos de sus bolsillos una pequeña bolsa atada con una cuerdita y un papel blanco. Acto seguido, abrió la bolsita y dejo caer sobre el papel un poco de tabaco; luego se llevó la cuerdita a la boca, sujetando la bolsita y con las dos manos enrolló el papel alrededor del tabaco, formando un pequeño cigarrillo.
- ¿Fuma? – le preguntó Morales a Pedro con la voz un poco distorsionada.
- Sí, gracias. ¿De dónde sacan el tabaco y el papel?
- El tabaco viene de Salta, de los Valles Calchaquíes y el papel viene de contrabando de Brasil – respondió Morales, al tiempo que armaba otro cigarrillo para él.
- ¿Puedo hacerle una pregunta? – preguntó Pedro.
- Adelante.
- ¿Cómo es la vida en los Territorios Disponibles?
Morales guardó la bolsa de tabaco en el bolsillo, encendió su cigarrillo y le dio una profunda pitada, sus ojos entrecerrados por el humo.
- Es muy difícil. La gran mayoría de la población de los Territorios Disponibles tiene apenas para alimentarse y vestirse. Subsisten de los pocos recursos que les dan y pueden obtener por sus propios medios.
“Esto es un círculo vicioso, Díaz. Las provincias fuera de la República Deudora deben enviar el 80% de su producción agrícola y ganadera a la República, pagada con dólares argentinos. El restante 20%, que es de baja calidad, es el utilizado para alimentar al pueblo. La República abona esos envíos con dólares argentinos, los cuales no se pueden usar fuera del país, pero se utilizan para pagar magros sueldos en las provincias y comprar a la República diversos bienes de consumo. La Ley 87403 de prohibición de fabricar algo en el país tiene aplicación tanto en la República Deudora como en los Territorios Disponibles, por lo que a las provincias no les queda otra que comerciar con la República. En síntesis, el dinero que se les abona por su producción vuelve a la República, quedándose las provincias con muy poco”.
- ¿Y los gobernadores no hacen nada para mejorar eso? – preguntó atónito Pedro.
- Los gobernadores son absolutamente fieles a Juan Saúl III y hacen lo que éste les ordena. Después de lo que Carlos Saúl I le hizo al Gran Adolfo, ninguno osaría oponerse al poder central.
Ambos hombres quedaron en silencio, mientras recordaban ese capítulo de la Historia. Cuando en 2008 se aprobó la Constitución que consagraba a Carlos Saúl I como rey de la Argentina, el gobernador de la provincia de San Luis, Adolfo Rodríguez Sáa, proclamó la creación del Protectorado de San Luis y a él mismo como Protector Puntano en abierto desafío a Carlos Saúl I, adoptando el nombre de Gran Adolfo y declarando la independencia de San Luis de la República Argentina. Creyéndose intocable, invitó al monarca y a los otros gobernadores a la asunción del mando. Para sorpresa de todos, Carlos Saúl I aceptó la invitación. Al llegar el rey con su séquito, venía en él una mujer bellísima a la que nadie había visto antes. En la fiesta que siguió a la coronación del Protector Puntano, se pudo ver a esa mujer junto al Gran Adolfo, quien no la dejaba sola ni a sol ni a sombra. En un momento, ambos se retiraron de la recepción con rumbo desconocido para todos, excepto para los agentes de Carlos Saúl I quienes los siguieron discretamente hasta un albergue transitorio en las afueras de la ciudad de San Luis, casualmente el mismo en el que el Gran Adolfo había tenido un extraño percance allá por Octubre de 2003. Esperaron que la pareja entrara al hotel y aguardaron unos minutos, al cabo de los cuales entraron de sorpresa a la habitación portando cámaras fotográficas y filmadoras. Resultó que la mujer no era tal, sino que era un travesti quien estaba en ese momento sodomizando al Protector. Las fotos y las filmaciones dieron la vuelta al mundo, a pesar de las protestas de Rodríguez Sáa de que en realidad él había sido engañado y estaba siendo violado por el travesti. Imposibilitado de sobrevivir al escándalo, al escarnio y a su caída política, el Protector Puntano se suicidó arrojándose al vacío en el Potrero de la Aguada. Su hermano y sucesor Alberto derogó lo hecho por el Protector Puntano y juró la Constitución de 2008. Desde ese entonces, nunca más hubo oposición política a Carlos Saúl I y a sus sucesores.
- Usted dijo hace un momento que la Ley 87.403 tiene vigencia en la República Deudora Argentina y en los Territorios Disponibles – comentó Pedro
- Así es – repuso Morales.
- Entonces, ¿por qué existe esta división del país si hay leyes que se aplican en todo el territorio?
- Por una cuestión de costo y beneficio, Díaz. Al FMI y al G-7 no les conviene apoderarse del país en su totalidad porque les sale más caro mantener a la población que los beneficios que pudieran obtener de esos territorios. Fíjese que la República Deudora Argentina abarca la Patagonia y un poco más de la provincia de La Plata (antigua provincia de Buenos Aires), es decir, territorios ricos en recursos naturales y con pocos pobladores. Actualmente en la República Deudora Argentina vive el 30% de la población total de la antigua Argentina, y los recursos que se obtienen suman alrededor del 65%. Como puede ver, es todo ganancia.
- Pero en la provincia de la Plata vive mucha gente que no pasa hambre ni privaciones – replicó Pedro.
- Y así es, porque las necesidades básicas de la población son cubiertas por los Ministerios en manos de empresas extranjeras, quienes respetan a rajatabla un antiguo principio romano: “Pan y Circo”. Mientras los argentinos de la República tengan la panza llena y suficientes entretenimientos y diversiones nunca van a hacer nada para cambiar la situación de sometimiento, la cual es hábilmente disfrazada por el Gobierno. Esa es una de las razones por las cuales las escuelas fueron derogadas.
- ¿Escuelas? ¿Qué es eso?
- Establecimientos donde impartían conocimientos y educación, a cargo de personas tituladas “maestros” o “profesores”. Esa enseñanza insumía años de esfuerzo y dedicación por parte tanto del maestro como del alumno, pero Máximo Saúl II dijo que era preferible que ese alumno no pierda tiempo adquiriendo conocimientos que no iba a necesitar y trabaje en algo útil. Como se necesita dinero para adquirir los bienes que se importaban, muchos jóvenes dejaban la escuela para trabajar de cualquier cosa, con tal de tener dinero y poder comprar esos bienes, promocionados con interminables campañas publicitarias. Paulatinamente, las escuelas dejaron de tener alumnos hasta que desaparecieron en 2036, reemplazadas por “Centros de información” donde se enseña a leer, escribir y matemáticas básicas, todo en un año. Al salir de esos centros, los Ministerios se reparten a esta gente apenas educada y les da trabajo y diversos beneficios acordes a sus pobres conocimientos. Como no conocen otra cosa, esta gente es feliz con lo que hacen y con lo que reciben al menos por un tiempo, hasta que empiezan a querer más cosas. Es en ese momento que, si el Ministerio donde trabajan considera que vale la pena, les enseñan lo necesario para el nuevo puesto al cual van a ascender a ese empleado. Si no, en ese puesto queda.
- Pero yo conozco mucho más que eso que usted dice – replicó airado Pedro – Yo no soy ningún ignorante, ni mucho menos.
- Usted es un caso raro, Díaz - replicó Morales, mirándolo evaluativamente - Tiene muchos conocimientos que no están al alcance de cualquier argentino deudor de hoy día, por lo que lo hace excepcional ante cualquiera, pero.....
En ese momento, una alarma comenzó a sonar insistentemente en el cuartel Patriota. Morales se puso de pie de un salto, y Pedro lo imitó. El resto de los guerrilleros que estaban en el patio tomaron sus armas y comenzaron a correr.
- ¿Qué es esta alarma? – inquirió Pedro.
- Hay enemigos que se acercan a nosotros – repuso Morales – Sígame.
Ambos hombres corrieron hacia el edificio que albergaba las oficinas de la comandancia, esquivando a hombres y mujeres que corrían hacia sus puestos. Apurados, entraron al baño rumbo a las duchas, donde Morales colocó su mano sobre uno de los azulejos de la pared. Al instante, una parte de la pared se desplazó, dejando al descubierto una escalera que conducía hacia abajo. Morales y Pedro descendieron por la misma hasta un pasillo iluminado. Siguieron por él hasta llegar a una puerta blindada flanqueada por dos Patriotas armados. Luego de saludarlos militarmente, Morales acercó su rostro al lector de retinas, el cual lo identificó positivamente y abrió la puerta, permitiendo el acceso de los dos hombres.
El comandante Aguirre se hallaba sentado en su sillón de mando rodeado por holopantallas tácticas, las cuales recibían la información que sus asistentes, sentados de cara a la pared, obtenían de sus propias holopantallas. Morales y Pedro se acercaron al sillón de mando.
- Buenas tardes a ambos – saludó Aguirre con un gesto marcial.
- ¿Qué esta pasando, Carlos Alberto ? – preguntó Morales.
- Un pelotón se está acercando a nuestra primera línea de defensa, junto con tres transportes y un vigía aéreo. Por su forma de desplazarse no esperan oposición alguna.
- ¿Y qué vamos a hacer?
- Tenemos orden del Alto Mando de no iniciar ataques a menos que haya una buena oportunidad de hacerlo.
- ¿Alto Mando? ¿Tienen uno? – preguntó incrédulo Pedro.
- Por supuesto, Díaz – replicó sardónicamente Aguirre – ¿O qué pensaba? ¿Qué éramos unos salvajes indisciplinados?
- ¿Y dónde está ese Alto Mando? – lo volvió a interrogar Pedro
- Nadie lo sabe. Antes de que pregunte –se adelantó Aguirre al ver a Pedro abrir la boca - es una medida de seguridad habitual en la guerra de guerrillas. Si por alguna eventualidad alguno de nosotros es capturado, no va a ser capaz de decirle donde están nuestros líderes por la sencilla razón de que lo desconoce.
- Vuelvo a preguntarte, ¿qué vamos a hacer? – inquirió Morales.
- Ver y esperar – repuso Aguirre.
- ¡Comandante! – un asistente gritó desde su puesto - ¡Un mensaje de la capitana García por rayo estanco!
- Transmítalo a mi consola – ordenó Aguirre.
El asistente cumplió la orden al instante, enviando la información al comandante y éste comenzó a leerla con concentración. Movió su mano izquierda para releer la información que aparecía en su consola, como repasando lo leído. Al cabo de un rato, extrajo un cigarro y lo encendió.
- Oh, oh – musitó Morales.
- ¿Qué pasa? – susurró Pedro.
- Cuando enciende un cigarro, quiere decir que va a ordenar un ataque.
- ¿Hizo lo mismo cuando atacaron al convoy donde yo iba? – preguntó con rabia contenida Pedro.
- Entienda algo, Díaz – le dijo Morales clavándole la mirada – Nosotros peleamos por la libertad de nuestro país de la esclavitud del FMI y sus lacayos. Usted estaba en el lugar equivocado en el momento equivocado. ¿Perdió amigos? Lo lamento mucho por usted, pero yo perdí amigos en combate peleando por un país mejor, lo que usted no hacía.
- ¡Yo fui a Henderson con mis amigos, como usted dice, a mejorar la calidad de vida de la gente! – gritó Pedro.
- ¡No me haga reír, Díaz! – gritó aún más fuerte Morales - ¡Lo que usted y sus amigos traían era esclavitud lisa y llana! ¡Usted no está muerto de casualidad!
-¡SILENCIO! – aulló Aguirre. Pedro y Morales se callaron al instante – Sus problemas personales los arreglan afuera de aquí, pero ahora tenemos una misión, así que cálmense.
Pedro y Morales se miraron desafiantes y se separaron, poniendo el sillón de Aguirre entre ambos.
- Capitán Allende – dijo Aguirre.
- Ordene, comandante – la holografía miniatura del capitán respondió.
- No abran fuego hasta que se lo ordene.
- Comprendido, comandante.
- ¿Qué informó Andrea? – preguntó Morales.
- El mismísimo general Zabal está en Saladillo – respondió Aguirre.
- ¿Cómo? – preguntó perplejo Morales.
- A eso agregale que los contenedores de vida suspendida están dentro de esos tres transportes, moviéndose por la ruta 34 rumbo a ningún lado. ¿Qué opinás?
- Que algo siniestro se está tramando, y que la clave de este asunto está dentro de esos contenedores. – repuso Morales
- ¡Capitán Prats!
- Ordene, comandante – respondió el oficial al mando de la segunda línea de defensa.
- Prepárese a abrir fuego a mi orden – dijo en tono perentorio Aguirre.
- Comprendido, comandante.
- Capitán Allende.
- Ordene, comandante.
- Los transportes deben ser capturados intactos. ¿Entendió?
- Sí, comandante.
Pedro, entretanto, miraba las holopantallas tácticas que rodeaban parcialmente al sillón de mando de Aguirre. Podía ver a las tropas gubernamentales avanzar por la ruta 34 y a los Patriotas preparándose para el ataque. Así entonces se veía la escena momentos antes de que atacaran el convoy donde él estaba y volvió a llenarse de rabia. A pesar de lo que dijo Morales, a Pedro le dolía la injusta muerte de sus compañeros, quienes murieron pensando que habían ido hasta allá para ayudar a la gente que iba a ser incorporada a la República. Él mismo, a pesar de sus interminables dudas, seguía convencido de eso.
- Abran fuego – dijo Aguirre.
En las holopantallas se vio que los Patriotas surgían del piso como por arte de magia y disparaban a mansalva a los brigadistas, quienes se vieron inmediatamente superados por la ferocidad del ataque. Un misil láser se dirigió raudo hacia el vigía aéreo, el cual comenzó a realizar maniobras de evasión y a despedir humo para confundir al misil. Éste erró su blanco, pero giró en redondo para perseguirlo. El vigía aéreo volvió a esquivarlo, pero en su afán de evitarlo perdió el control y se estrelló entre las filas brigadistas, junto con su perseguidor. De pronto, dos de los tres transportes estallaron, matando a muchos brigadistas.
- ¡Capitán Allende! – gritó Aguirre - ¿¡Qué le ordené!?
- Comandante – repuso Allende – esos transportes explotaron solos. Ninguno de los nuestros los atacó.
- Entonces, no quieren que nadie los capture – comentó Morales - ¡Inmovilicen al transporte restante!
Los disparos de los Patriotas destrozaron las ruedas del transporte sobreviviente forzándolo a detenerse, mientras el resto de los guerrilleros tomaba prisioneros a los escasos brigadistas supervivientes. Aprovechando la inmovilidad del transporte, algunos Patriotas subieron al techo del mismo y abrieron las escotillas de ventilación. Varios disparos surgieron de las mismas, matando e hiriendo a varios guerrilleros, obligando a éstos a arrojar granadas de gas dentro del transporte. Luego de unos minutos, la resistencia de los brigadistas cesó definitivamente.
- Capitán Allende, capitán Prats, ordenen limpieza general de la zona y traigan el transporte al cuartel lo más rápido posible.
- Comprendido, comandante – respondieron al unísono ambos capitanes.
Aguirre se incorporó y miró a sus asistentes, quienes estaban de pie al lado de sus holopantallas.
- Patriotas, mis felicitaciones. Se han desempeñado a la altura de mis expectativas cumpliendo su deber.
Entre las sonrisas de sus asistentes el comandante Aguirre abandonó el centro de mando, seguido por Morales y Pedro.
- Zabal seguramente intentará vengarse – comentó Morales.
- Por eso vamos a mantener el alerta máximo, para que no nos sorprenda – replicó Aguirre.
- Parece muy seguro de sus fuerzas – dijo Pedro.
- Permítame informarle, Díaz, que el Quinto Cuerpo jamás perdió un combate frente a las Brigadas Deudoras desde que asumí el mando.
Mientras seguían caminando hacia el patio central del cuartel Patriota, Pedro lo miró de reojo a Aguirre, sorprendido por la soberbia del comandante. Si bien su experiencia militar era nula, Pedro había dirigido gente en el Ministerio y sabía que la soberbia era un valor negativo en un líder, pero prudentemente no dijo nada. De pronto recordó al difunto general Mazzera. Él también era tan soberbio como Aguirre. ¿Volvería a pasar lo mismo?
Al llegar al patio, la actividad era intensa. Los prisioneros eran arreados hacia las celdas por sus captores, mientras otros soldados rodeaban al transporte capturado. Los capitanes Allende y Prats se presentaron a dar su informe al comandante.
- Comandante – comenzó Allende – hicimos una revisión del transporte y descubrimos explosivos J5 listos para estallar. Era evidente que las Brigadas Deudoras no querían que nos apoderemos de los transportes, aunque no sabemos por qué éste no explotó.
- Nuestras bajas fueron de consideración – agregó Prats – A pesar de que era sólo un pelotón enemigo, pelearon ferozmente con desprecio de sus propias vidas y tomamos esos pocos prisioneros porque logramos herirlos o incapacitarlos. Se nota a las claras la diferencia de motivación y entrenamiento con los enemigos a los que estamos habituados.
- Bah, idioteces – replicó altanero Aguirre – podemos vencer a cualquiera. Ahora, veamos lo que traen esos contenedores.
A una señal del capitán Prats, la puerta trasera del transporte se abrió y algunos soldados entraron. Luego bajaron llevando cuatro contenedores de vida suspendida alineándolos prolijamente en el patio. Un técnico examinó las ranuras de apertura de los contenedores e insertó en cada una de ellas una pequeña tarjeta. Acto seguido, encendió su consola y comenzó a manipular un programa de decodificación de las claves de apertura de los contenedores. Al cabo de un tiempo que pareció una eternidad el técnico anunció
- Los contenedores están abiertos.
- Proceda – ordenó Aguirre mientras se acercaba a los contenedores.
El técnico movió su mano derecha y, con un siseo, las tapas de los cuatro se abrieron al mismo tiempo. El silencio era espeso y tenso, mientras un humo blanco escapaba de los contenedores, impidiendo la visión de los cuerpos. Aguirre se acercó al que estaba en la extrema izquierda y miró.
- ¡NOOOOOOOOOO!
El grito de Aguirre resonó como un trompetazo, haciendo que todos se estremecieran por la angustia del grito.
- ¡Hermano, que te hicieron esos hijos de puta! ¡Los voy a matar a todos! – exclamó desesperado Aguirre.
Mientras Allende y Prats trataban de calmar al comandante, Morales y Pedro se acercaron al contenedor abierto donde yacía Ernesto Lynch.
- Ernesto, mi querido Ernesto, ¿qué te hicieron? – sollozó Morales.
Pedro miró a Lynch, quien estaba totalmente calvo, con la mirada perdida y un hilillo de saliva congelado que le colgaba de la comisura de sus labios partidos por los golpes. En las sienes y en la frente se podían ver unos pequeños orificios como de bala, su cara era un arco iris de hematomas, sus brazos estaban en ángulos tales que se podía deducir que habían sido rotos en varias partes, lo mismo que sus piernas.
- La barbarie de Juan Saúl III y sus cómplices queda en evidencia al ver esto. ¿no, Pedro?
Pedro se volvió hacia su derecha y vio a Andrea, quien estaba parada junto a él viendo lo que alguna vez había sido un ser humano.
- Así él trata a los que piensan distinto – prosiguió ella – No existe la posibilidad de disentir en nada. O estás con ellos, o estás contra ellos. Una cosa es pelear y morir en combate, pero otra muy distinta es torturar a seres humanos desplegando toda la brutalidad posible contra seres indefensos.
Pedro no podía articular palabra alguna, espantado por lo que estaba contemplando. Nunca había visto a nadie en tan lamentable estado, tan golpeado y tan humillado. ¿Cómo podía ser que Juan Saúl III permitiera semejante comportamiento, semejantes salvajadas? ¿Los bárbaros eran los Patriotas, o el Gobierno? Dudas, dudas........
Un súbito movimiento lo sacó de sus pensamientos. Algunos médicos se afanaban alrededor de los contenedores, mientras Aguirre se liberaba de los brazos de Allende y Prats y se precipitaba hacia otro contenedor, donde estaba Adrián Buenaventura. Éste estaba en similares condiciones que Lynch, excepto por el hecho de que le habían arrancado los ojos y los pulgares.
- Hijos de puta, hijos de puta – balbuceaba entre lágrimas Aguirre – Mi amigo, mi hermano....
El silencio en el cuartel Patriota pesaba como una losa de concreto, sólo quebrado por los sollozos de Aguirre. Los guerrilleros miraban hacia el piso, tan conmovidos como su comandante. Al cabo de un rato, Aguirre logró recobrarse y se puso de pie. Todos pudieron ver el fuego y la rabia que había en sus ojos e imaginaron lo que el comandante estaba pensando, al tiempo que uno de los médicos se acercaba.
- Comandante, el diagnóstico de nuestros camaradas que están en los contenedores es muerte cerebral. Les quemaron el cerebro con una sonda cerebral, sin duda alguna.
- No hay forma de recuperarlos, ¿no? - preguntó Aguirre con un nudo en la garganta.
- Me temo que no, comandante, aunque nuestros pobres camaradas nos hicieron un último servicio.
- ¿Y cuál puede ser?
- Los orificios en sus cabezas prueban la existencia de la sonda cerebral, de la cual sólo había rumores. Esta sonda extrae todo lo que sabe la víctima aunque se resista. Para peor, cuanta más resistencia, más posibilidades de daño cerebral, por lo que nuestros camaradas han resistido hasta el fin. ¿Cuáles son sus órdenes para ellos?
- Perdoname Ernesto, perdoname Adrián – murmuró el comandante, y agregó en voz alta – Eutanasia.
Todos se estremecieron.
- ¿Eutanasia? – musitó el médico.
- Como me oyó. No podemos hacer nada por nuestros camaradas, más que concederles una muerte piadosa e indolora. Luego de terminada la operación, deje los cuerpos dentro de los contenedores.
- Como ordene, comandante – asintió el médico.
- Todos los comandantes de batallones, en mi oficina en cinco minutos – ordenó Aguirre mientras se retiraba con furia.
- Vení conmigo – le susurró Andrea a Pedro – Creo que va a ser mejor que estés cerca de mí.
Pedro siguió a Andrea a la reunión ordenada por Aguirre, todavía con su cabeza hecha un torbellino por lo visto en el patio. ¿Cómo encajaba la imagen de estadista de Juan Saúl III con el espanto del que fue testigo? ¿Acaso el Supremo Regidor no era lo que parecía? Tan civilizado y culto que se muestra, pensaba, y sin embargo era capaz de consentir esa barbarie. Sacudió la cabeza, consternado, y consideró por primera vez que quizás los Patriotas le habían dicho la verdad.
Cinco minutos después estaban en la oficina de Aguirre los seis comandantes de los batallones que componían el Quinto Cuerpo de los Patriotas, el comandante Federico Morales y el propio Aguirre.
- Tengo todas las intenciones de atacar el cuartel del 25 Regimiento esta misma noche – comenzó Aguirre.
- Pero, Carlos Alberto – replicó Morales, rompiendo un silencio embarazoso – No tenemos suficiente información sobre las instalaciones del cuartel, ni tampoco la oposición que enfrentamos.
- García, ¿puede usted decirnos algo? – preguntó Aguirre.
- De acuerdo a nuestros informantes, en estos momentos hay en las instalaciones del 25 Regimiento 3 compañías regulares de las Brigadas Deudoras, junto con dos pelotones de refuerzo de Baires. A eso hay que agregarle alrededor de 20 flotatanques, artillería autopropulsada y las defensas automáticas del cuartel, de las cuales no sabemos nada. Estas tropas están a cargo del general Zabal, Secretario de Defensa, quien es un oponente temible, tenaz e impredecible – declaró Andrea.
- Carlos Alberto, pensalo mejor – dijo Morales – creo que es mejor que no hagamos nada, mientras ellos pierden tiempo buscándonos, y no te olvides de las instrucciones del Alto Mando.
- Hablás como una vieja cobarde y no me importa nada la opinión del Alto Mando – replicó mordaz Aguirre – Vamos a atacar hoy a las 20:30, al amparo de la noche y ESA es una orden que no admite réplica. El plan a utilizar será el 5-1.
Eso quería decir que uno de los batallones montaría un falso ataque para atraer a los defensores, mientras los otros cinco atacarían por otro lado. De esa manera, aniquilarían a los defensores por la espalda.
- Comandante – dijo Andrea – quisiera recordarle que mi batallón fue destacado a la zona de los Hielos Continentales, por lo que hay cinco batallones a su disposición.
- Tiene usted razón, me olvidé – se disculpó Aguirre – pero el plan se mantiene. ¿Alguna objeción? – Silencio – Muy bien entonces, el ataque queda fijado para las 20:30. Preparen a sus hombres.
Los jefes de los batallones se retiraron a sus comandos para alistar a las tropas con el ánimo oprimido. Pedro estaba contagiado de ese estado de ánimo.
- No se ve bien la cosa, ¿no? – le preguntó a Andrea.
- No, para nada – repuso ella – nunca habíamos atacado sin información confiable y sin desobedecer tan explícitamente las órdenes del Alto Mando. Aguirre está cegado como un toro furioso y nunca es bueno tomar decisiones con ese estado de ánimo.
- En eso coincido plenamente – dijo Morales acercándose a ellos – Aguirre es un excelente líder y las tropas lo siguen ciegamente, pero a veces es tozudo y no atiende sugerencias. Tengo el presentimiento que un desastre nos aguarda.