TELAM – “Vivencias 2004”. Así se llama el espectáculo de realidad virtual que se presenta en el Parque Dromi con gran éxito de público. Gracias a esta nueva tecnología, es posible revivir aquellos días en que la Argentina era un país tercermundista. ¡Viva la excitación de marchar en un piquete y cortar una ruta! ¡Experimente en carne propia el terror de ser reprimido por las fuerzas policiales, recibiendo golpes y respirando gas lacrimógeno! ¡Viaje colgado del estribo de un tren! Para no perdérselo.
El hombre que estaba sentado detrás del escritorio era la viva imagen de la derrota. Despeinado, la camisa abierta, su chaqueta tirada en el piso, el humo de cigarrillo intoxicando el ambiente, la botella de whisky Jack Daniels casi vacía al alcance de su mano, todo en él delataba una profunda depresión. El general Zabal no podía entender lo que había pasado hacía unas horas atrás con el pelotón encargado de escoltar los transportes que llevaban los contenedores de vida suspendida. Su brillante mente, disminuida por el embotamiento causado por el alcohol, repasaba una y otra vez los lineamientos de su plan, buscando dónde estaba la falla y no encontrándola. Él no estaba habituado al fracaso, pero no se le ocurría una forma de revertir el desastre que había sufrido a manos de los Patriotas. ¿Y qué pensaría Juan Saúl III? Zabal caería y probablemente “sufriría” un accidente. ¿Qué podría hacer?
La puerta de la oficina se abrió, dejando paso a un oficial de porte aristocrático. El coronel Deguy, asesor de Inteligencia, avanzó hasta llegar frente al escritorio de Zabal y se cuadró.
- ¿Qué quiere? – graznó Zabal.
- General, las tropas lo necesitan. No puede permitirse el deprimirse, con una guerra inacabada. Sólo se perdió un pelotón y tres transportes, pérdidas que podemos recuperar fácilmente.
“No, idiota” – pensaba Zabal – “los doce patriotas que iban en los contenedores eran perfectos para la mise en scene que tenía preparado para el FMI. No se pueden recuperar de ninguna forma”.
- General – continuó Deguy – tenemos las tropas y la motivación para ir a buscar a esos salvajes, pero lo necesitamos a usted.
“Aunque pensándolo bien” – seguía en sus pensamientos Zabal – “puedo reemplazar los Patriotas que perdimos por otros. No es mala idea, pero necesito despejarme para pensar más claro”.
- Coronel, hágame traer algo para despabilarme.
- A la orden, general.
Al cabo de unos momentos, el coronel Deguy entró seguido por un cabo que traía un vaso con un líquido oscuro y aromático y se lo entregó al general. Con un gesto de agradecimiento, Zabal tomó el vaso y procedió a beber su contenido de un solo trago.
- Ahora me siento mejor – musitó el general, segundos después – Coronel, ¿con qué tropas contamos en este preciso momento?
- Un pelotón del 25 Regimiento, dos pelotones que vinieron con usted de Baires, veinte flotatanques, cinco cañones autopropulsados y 12 morteros láser.
- ¿Vigías aéreos?
- Nos quedan 6 Modelo I “Paloma” y tenemos uno Modelo II “Cóndor”, pero éste no lo podemos usar sin su permiso, general.
- ¿A qué distancia está actualmente el coronel Cañones?
El coronel Deguy consultó su asistente personal.
- Cruzaron la frontera y están a aproximadamente dos horas de marcha.
Zabal miró el antiguo reloj digital que estaba sobre su escritorio. Los números negros le decían que eran las 19:00 del sábado 28 de Mayo de 2050. Apoyó su mentón sobre la palma de su mano derecha y entrecerró los ojos, con la expresión de intensa concentración arrugando su frente. Deguy esperaba pacientemente. Al cabo de unos minutos, Zabal volvió a hablar.
- Éstas son mis órdenes. El “Cóndor” va a despegar rumbo al lugar del ataque Patriota y allí se quedará vigilando hasta que alguien aparezca. El coronel Cañones destacará tres de sus compañías hacia las ciudades de Henderson, Carlos Casares y Pehuajó y se dirigirá con el resto de sus tropas a marchas forzadas hacia el lugar donde sufrimos el ataque. Salvo una compañía, todas las tropas y armas de apoyo que están en este momento en este cuartel se prepararán para partir a las 20:00 para encontrarnos con Cañones. El transporte de comando deberá ser alistado porque voy a partir con mis tropas. Habrá silencio radial absoluto hasta que yo lo disponga ¿Quedó claro?
- Absolutamente, general – Deguy saludó militarmente y dio media vuelta para transmitir las órdenes.
- Todavía puedo revertir la derrota en victoria – le dijo Zabal a la soledad de su oficina - y me voy a asegurar personalmente de lograrlo.
Diez minutos después el cuartel del 25 Regimiento pasó a ser escenario de una actividad febril. Los sargentos ladraban órdenes a sus subordinados, mientras los oficiales comenzaban a trazar sus planes. Los pocos que estaban haciendo nada pudieron ver el despegue del vigía aéreo “Cóndor”. Éste alcanzó en escasos minutos su altura de crucero de 18.000 metros y allí se estabilizó. En otros cinco minutos había llegado al lugar donde los Patriotas atacaron al pelotón de las Brigadas Deudoras. El “Cóndor” era virtualmente invisible tanto para el ojo humano como para todo tipo de radares, ya que estaba rodeado por un camuflaje electrónico y además estaba pintado de tal forma que era extremadamente difícil de visualizar. En resumen, el “Cóndor” era un arma temible, y se encargaría de demostrarlo pronto.
19:55 horas. La actividad en el oculto cuartel Patriota se asemejaba a una colmena agitada. Hombres y mujeres alistaban sus armas y repasaban una y otra vez los planes que les fueron explicados. La tensión aumentaba minuto a minuto y se podía palpar. En un aparte, Aguirre daba las últimas instrucciones a los exploradores que tenían que salir en ese momento para ser los ojos del ataque.
- Sigue sin gustarme nada – comentó Morales.
- ¿Piensa que vamos a fracasar? – lo interrogó Andrea.
- Tengo un mal presentimiento, Andrea. Atacar sin una preparación previa, sin información fidedigna de nuestro objetivo, es garantía de desastre.
- ¿Y el Alto Mando sabe de esto? – preguntó Pedro.
- Sí – respondió Morales – y Aguirre lo ignoró olímpicamente. Díaz, usted quédese cerca de Andrea y sígala a donde ella vaya.
- ¿Voy a hacer de guardaespaldas de ella? – fue la irónica pregunta.
- Efectivamente. Ya que usted no es un combatiente plenamente entrenado, no va a participar del ataque, por lo que su misión va a ser que a ella no le pase nada. Y viceversa – agregó Morales, mirando de reojo a Andrea. Ella abrió grande sus ojos.
- ¿Cómo dijo? ¿Hacer de niñera de él?
- Así es. Y es una orden. – cortó tajante Morales.
En ese momento Aguirre terminaba de hablar con los exploradores mientras Pedro, Andrea y Morales lo siguieron a través del laberinto de pasillos hacia el puesto de mando Patriota.
- Informe – ordenó Aguirre mientras se acomodaba en su sillón de mando.
- Los exploradores están listos para salir a la superficie. Sólo esperan su orden – respondió uno de los controladores.
- ¿Puedo preguntarle algo? – dijo Pedro, desde detrás del sillón de Aguirre.
- ¿Qué quiere? – ladró Aguirre mientras giraba el sillón para enfrentar a Pedro.
- ¿Existe una vía de escape?
- ¿Para qué necesitaríamos una vía de escape?
- ¿Tan seguro está de vencer que no hay planes alternativos preparados? – Pedro sintió que le subía la sangre a la cabeza.
- ¿Ahora pretende darme consejos militares a mí? – gritó Aguirre - ¿Usted, que hace sólo tres días vivía detrás de un escritorio? ¡Pero hágame el favor y cállese o lo mando de cabeza a una celda!
Pedro iba a seguir la discusión pero Andrea lo tocó levemente en el brazo, mientras negaba con la cabeza. Aguirre, satisfecho, volvió a girar el sillón y ordenó a los controladores que monitoreen el área en búsqueda de enemigos.
- Nada, comandante – informó uno de sus coordinadores – No hay patrullas, ni vigías aéreos, ni nada.
- Que los exploradores comiencen su misión – ordenó Aguirre.
- ¡General, actividad enemiga en las coordenadas Rojo 3, Rojo 5 y Rojo 7!
- Muéstreme – ordenó Zabal
Las unidades de las Brigadas Deudoras apenas habían salido del cuartel, cuando el “Cóndor” detectó la salida de los exploradores Patriotas de los túneles. Las imágenes transmitidas por el vigía aéreo eran insuperables; eran como estar en el lugar.
- Coordinador, marque el lugar de esos túneles.
- Comprendido, general.
- Tres grupos de exploradores bien separados unos de otros, de acuerdo a su doctrina – comentó el coronel Deguy.
- Efectivamente – repuso Zabal – y ahora los vamos a aplastar.
El general hizo tres marcas rojas en su holopantalla táctica y se comunicó con la artillería autopropulsada que seguía a su vehículo de comando.
- Artillería, prepárense a disparar munición aplastante en los lugares que indiqué. Abrirán fuego a mi señal.
- Comprendido, general – la respuesta se repitió seis veces por cada tripulación de los cañones.
Zabal contemplaba el avance de los exploradores Patriotas hacia los puntos por él marcados en la holopantalla, mientras contenía la respiración. Sólo un poco mas, pensaba, sólo un poco más....
- ¡Fuego!
Seis cañones hicieron oír su furiosa voz al abrir fuego contra sus blancos a quince kilómetros de distancia. Las balas aplastantes rasgaron el aire al volar raudas hacia su destino final. Los exploradores Patriotas oyeron ese ruido distante y se detuvieron perplejos, preguntándose que había sido eso. No sabían que les quedaban escasos siete segundos de vida.
Las balas aplastantes alcanzaron su punto máximo de altura y comenzaron a realizar su picada final. Los sensores de impacto montados en sus extremos delanteros detectaron que estaban a escasos veinte metros de altura de sus blancos y transmitieron la orden de estallar a los microchips instalados en el cuerpo de la bala. Éstos activaron el explosivo D6 y el gas de petróleo, estallando en el aire.
- ¡Comandante, perdimos contacto con los exploradores! – gritó un controlador Patriota.
- ¿¡Qué dice!? – gritó más fuerte Aguirre, saltando de su sillón.
- Perdimos contacto con los tres grupos de exploradores – continuó el controlador, con voz compungida – todos al mismo tiempo.
Aguirre miró con ojos desorbitados su holopantalla táctica, notando que, efectivamente, sus exploradores habían desaparecido.
- ¿Pero qué pasó?
- No sabemos, comandante, no hubo ningún mensaje de alerta de ninguno de los tres grupos.
- ¡Comandante! – avisó otro de los controladores - ¡La guardia de las salidas de los túneles informa haber escuchado fuertes explosiones!
- Artillería – musitó Morales, pálido – usaron artillería contra nosotros.
Aguirre giró su cabeza bruscamente hacia Morales, la tragedia pintada en sus ojos.
- Nos descubrieron – gimió – de alguna forma nos descubrieron.
- ¡Cambien a balas perforantes y disparen contra los túneles!
Dentro de su vehículo de comando, Zabal comenzaba a estar satisfecho de la marcha de la operación. Ya habían descubierto la guarida de esos condenados Patriotas y ahora iban a aplastarlos como las cucarachas que eran. Detrás de su vehículo de comando, los cañones rugieron nuevamente. Segundos después, varias explosiones anunciaban que las puertas de los túneles habían sido abiertas.
- General – anunció uno de los controladores – los túneles están sin protección alguna.
- Disparen munición PEM – dijo Zabal
La artillería hizo lo que se le encomendó. Las municiones PEM (Pulso Electro Magnético) tenían como finalidad anular cualquier equipo electrónico enemigo, por ejemplo, las computadoras, las radios, las minas activadas por radio, etc, con ondas electromagnéticas. Las municiones hicieron explosión sobre el teórico centro del cuartel Patriota, anulando las minas y causando interferencias a las radios Patriotas.
- A todas las unidades – ordenó Zabal – avancen hacia los túneles. Exterminen a quien se le cruce, excepto oficiales a quienes quiero vivos, o al menos que respiren. ¡Adelante!.
Las compañías de las Brigadas Deudoras avanzaron rápidamente hacia las bocas de los túneles ahora abiertos. A cincuenta metros de las mismas bajaron de sus transportes y comenzaron su marcha a la carrera, sus armas listas y sus rostros ocultos por máscaras antigas. Apenas se asomaron a las entradas, un nutrido fuego de láser y granadas los recibió, indicativo de que la resistencia iba a ser dura. Sin arredrarse, los brigadistas respondieron al fuego, comenzando el combate cuerpo a cuerpo.
- Tenemos interferencias de radio desde la superficie. Las minas de control remoto fueron anuladas, no se pueden destruir los túneles – dijo un controlador Patriota.
- La guardia de los túneles 4, 5 y 6 informa que comenzó un intercambio de disparos con tropas enemigas – anunció otro.
- Segundo batallón, salga por el túnel 3 y rodéelos por su derecha – ordenó Aguirre.
- Esas son nuestras reservas – advirtió Morales – Si no podemos mantener la resistencia en los túneles, perdimos, y sin las minas, nuestra defensa se debilita.
- La guerra es un riesgo calculado – repuso Aguirre – y tenemos que correr ese riesgo. Ellos son más que nosotros y necesitamos sorprenderlos de alguna forma. ¿A vos se te ocurre alguna mejor?
- No – musitó Morales.
El segundo batallón marcho rápidamente por el túnel 3, que se dirigía hacia el noroeste con la intención de rodear a los atacantes. Al llegar al final de los diez kilómetros de largo del túnel se aprestaron a salir y abrieron la puerta, en el preciso momento en que las tropas del coronel Cañones hacían acto de presencia en el campo de batalla. La sorpresa fue mutua, pero luego de unos instantes de indecisión los brigadistas reaccionaron primero y entraron al túnel recién descubierto disparando sus armas a mansalva.
- El coronel Cañones informa que descubrió otro túnel y está entrando con sus fuerzas – anunció un controlador en el vehículo de comando de Zabal.
- ¡Pero qué hermosa sorpresa! – exclamó Deguy, complacido.
- Así es – comentó igual de complacido Zabal – realmente una muy linda sorpresa. ¿Naturaleza de la oposición?
- Cañones estima que se está enfrentando a un batallón guerrillero y que se aprestaban a atacarnos de flanco. Afortunadamente, los terroristas salieron del túnel justo en el momento en que los nuestros llegaban – relató el mismo controlador.
- Estos regalos hay que aprovecharlos a fondo – comentó Deguy.
- Ni hace falta decirlo. ¿Cómo vamos con nuestro ataque?
- La primera columna informa algunos progresos. La segunda columna avanzó unos tres kilómetros en el túnel asignado. La tercera columna recién está penetrando.
- Sargento – ordenó Zabal al conductor de su vehículo de comando – siga a la segunda columna.
- Comprendido, general – respondió el sargento.
Aguirre se agarraba la cabeza con ambas manos en el puesto de mando de los Patriotas. Las distorsionadas imágenes que recibía de los cuatro túneles bajo ataque no dejaban lugar a dudas: las Brigadas Deudoras habían entrado con fuerza y decididas a aplastar a los Patriotas. Si bien sus tropas estaban luchando con su habitual fervor y decisión, la cantidad de brigadistas lanzadas al combate hacía que el enemigo tuviera enormes posibilidades de vencer, y eso era algo que no tenía la menor intención de que suceda.
- Informe – ordenó con voz queda.
- Las tropas del túnel tres casi fueron arrolladas por la sorpresa, pero están resistiendo de momento. El túnel cuatro anuncia que detuvo a los brigadistas. El túnel cinco perdió la quinta parte de las tropas y están retrocediendo lentamente. El túnel seis mantiene la defensa cerca de la salida. Todos sin excepción piden ayuda y refuerzos. – relató un controlador.
- Carlos Alberto, es hora de que nos vayamos – dijo Morales.
- No nos vamos a ir a ningún lado – replicó con obstinación Aguirre.
- Vas a servir a nuestra causa vivo, no muerto.
- ¡Que no!
- Comandante – terció uno de los controladores – las tropas del túnel tres están retrocediendo.
Todos miraron las imágenes del túnel tres, donde se veía a los Patriotas retroceder presionados por los brigadistas. Se veía claramente que el enemigo ganaba terreno lenta pero sostenidamente. En las otras holopantallas el panorama era igual que en el túnel tres e igualmente desolador; a pesar de la obstinada resistencia Patriota, éstos eran forzados a retroceder. El fantasma de la derrota se cernía en el puesto de mando guerrillero.
- Controladores, inicien el proceso de destrucción de este puesto de mando – ordenó Aguirre.
- A la orden, comandante – respondieron.
Morales hizo una seña discreta a Pedro y Andrea, y juntos se dirigieron hacia la salida del puesto de mando.
- ¿Adónde van? – preguntó Aguirre, desencajado.
- Voy a ver si podemos ayudar en el túnel cinco – repuso Morales, sin volverse.
- Bueno, vayan, ya los alcanzamos.
Los tres salieron rápidamente del puesto de mando, atravesaron el pasillo hasta la salida secreta y llegaron al patio. Allí se podían escuchar los disparos, las explosiones y los gritos de los heridos que provenían de los túneles. En vez de dirigirse hacia el túnel cinco, el trío siguió adelante alejándose del frente de batalla en dirección a otro túnel.
- ¿Hacia dónde nos lleva? – increpó Pedro a Morales.
- La orden de Aguirre de destruir el puesto de mando indica que ha perdido las esperanzas de rechazar a los brigadistas y que nuestra derrota y muerte es más que probable, por lo que quiero que ustedes dos huyan.
Siguieron caminando hasta que llegaron a....
- ¿Un establo? – preguntó Pedro sorprendido.
- ¿Qué tiene de insólito? – replicó Morales, mientras abría la puerta del establo – Estamos en el campo, y esta es la forma habitual de desplazarse por el mismo.
- No me refería a eso, sino que adentro de este cuartel hay un establo.
- Vivimos ocultos, Díaz, por lo que es razonable que el establo también esté oculto. Y ahora ayúdeme.
Entre los dos hombres sacaron del establo a dos caballos. Los corceles eran sencillamente magníficos, de color negro azabache, con una marca blanca en la frente. Sus fuertes músculos se podían ver bajo sus brillosas pieles y sus patas parecían diseñadas a propósito para correr eternamente.
- ¡Qué hermosos caballos! – dijo con admiración Pedro.
- ¿Alguna vez visitó el hipódromo de Palermo? – le preguntó Morales, mientras Andrea los ayudaba a amarrar a uno de los caballos a los tiros de un carro de dos ruedas con techo.
- Nunca tuve la plata suficiente como para pagar el boleto de admisión – admitió Pedro, mientras ataba al otro caballo al otro tiro.
- Estos caballos son como los que corren en ese hipódromo, pero nosotros los modificamos genéticamente para que también puedan tirar de carruajes. Además, son capaces de alcanzar con este carro una velocidad de 90 kilómetros por hora durante un lapso de tres horas. Son absolutamente formidables.
- ¿Por qué nos ayuda? – lo interrogó Pedro.
- Porque tengo mis o...., razones para hacerlo, las cuales no voy a discutir con usted. Bástele saber que necesitamos que lo que está por pasar acá sea conocido por el resto de los Patriotas. Con nuestras comunicaciones interferidas o cortadas, la única manera es que alguien escape de acá, y ustedes son los que se van a ir.
- Acompañanos – sugirió Andrea.
- No puedo hacerlo. Mis hombres están peleando y muriendo allá atrás, y no los voy a dejar. Súbanse ya.
Andrea y Pedro subieron al pescante del carro y ella tomó las riendas. Los caballos piafaron y patearon el piso con ansiedad. Morales prosiguió:
- Hay algunas cosas que quiero decirles. Bajo el asiento del carro van a encontrar algunas cosas que les van a ser útiles en su viaje. Atrás del asiento hay una autocarpa, víveres, medicinas, armas y un orientador satelital GPSX. Eviten las rutas asfaltadas y tengan sumo cuidado si intentan cruzar la Superautovía 2.
- Venga con nosotros, por favor – insistió Pedro.
Morales le estrechó la mano con calidez y firmeza.
- No, Pedro. Mi decisión ya está tomada. Si nos vemos nuevamente, bueno, sonreiremos. Sino, habremos hecho bien en despedirnos.
Andrea abrió sus hermosos ojos y sonrió:
- ¿Shakespeare?
Morales correspondió a la expresión de Andrea con una sonrisa propia, aunque ésta era triste.
- Así es. Bruto y Casio antes de la batalla. Y ahora, adiós.
Andrea azuzó a los caballos y éstos respondieron con presteza, primero al trote y luego al galope, dejando a Morales rápidamente atrás. Casi me delato, pensaba, pero pude cumplir con la última orden del Alto Mando de sacarlos de acá. Ahora sólo me queda morir con dignidad.
- La resistencia enemiga se está debilitando visiblemente – informó uno de los controladores.
- Por fin – comentó el coronel Deguy – pensé que íbamos a estar peleando acá hasta el fin del mundo.
- Son fanáticos – repuso el general Zabal – y pelean como tales. ¿Hay noticias de prisioneros?
- No, general, los informes indican que mueren combatiendo o se suicidan cuando no tienen alternativa – respondió uno de los controladores.
- Pelean con una determinación digna de mejor causa – se mofó Deguy.
- Como le dije, son fanáticos, y para ellos su causa es la mejor y no atienden razones – replicó Zabal.
- General – avisó uno de los controladores – las columnas primera y segunda han alcanzado el final de los túneles y llegaron a una especie de patio central. El coronel Cañones informa que ya no enfrenta resistencia organizada y avanza hacia el patio rápidamente.
- General, ha vencido nuevamente – dijo Deguy con admiración.
- Así parece. Ahora bajemos y unámonos a nuestras tropas – manifestó Zabal.
La puerta del vehículo de comando se abrió y Zabal salió del mismo acompañado por Deguy, su guardia personal y dos asistentes munidos de pequeños equipos de comunicaciones. Desde donde estaba, el general podía ver las paredes del túnel salpicada de quemaduras causadas por los disparos de los lásers y las explosiones de las granadas. Acá y allá podía ver cadáveres tanto de Patriotas como de brigadistas, algunos mutilados y otros irreconocibles. Caminó decididamente hacia el final del túnel, distante unos escasos quinientos metros.
- General – informó uno de los asistentes – nos avisan de que no hay más resistencia en ninguno de los túneles.
- Perfecto – repuso - ¿Prisioneros?
- Ninguno, general.
Zabal y su grupo apuraron el paso para llegar al patio de lo que alguna vez fue una base Patriota. Al llegar al patio, pudo ver varios edificios ardiendo y más cadáveres Patriotas. Era evidente que allí fue donde el enemigo ofreció su última y desesperada resistencia porque podían verse diversos parapetos improvisados y armas de todo tipo dispersas, junto con los hombres y mujeres que las habían usado. Un oficial con las insignias de capitán y el uniforme manchado de sangre les salió al paso.
- General – saludó cuadrándose – el enemigo ha sido derrotado en toda regla.
- Lo felicito capitán. ¿Bajas?
- Considerables, general. Han peleado duramente; inclusive uno de ellos se arrojó contra nosotros con una granada. Desgraciadamente no pudimos detenerlo y mató e hirió a ocho de los nuestros, además de morir él, claro. Ahora estamos efectuando operaciones de búsqueda de posibles sobrevivientes y en este preciso momento vamos a entrar en lo que creemos fue el centro de mando enemigo. ¿Desea acompañarnos?
- Por supuesto. – dijo Zabal.
- General, quizás no sea prudente. No sabemos si quedaron enemigos o trampas en ese lugar – dijo cauteloso Deguy.
- El capitán y sus hombres sabrán cuidarme – repuso el general – Vamos.
Aguirre estaba sentado contra una pared al final del pasillo que llevaba a su oficina. De su estómago salía sangre a causa de una esquirla de granada que explotó muy cerca, matando a sus últimos hombres. Su mano izquierda tenía algo contra su estómago y su mano derecha empuñaba una vieja Magnum 357, recuerdo de su padre. Me estoy muriendo, pensó, al fin mi vieja amiga me alcanzó. Había esquivado a la muerte incontables veces, pero al final ella llegó con su horrible majestad, como siempre supo que pasaría. Tendría que haberle hecho caso a mi amigo Morales y huir. Morales. El bravo y valiente Morales. Lo vio arrojarse contra un grupo de enemigos con una granada, llevándose a varios consigo. Eso sí que era valentía. Pronto voy a reunirme con vos, viejo amigo, y nos vamos a reír mucho.
Una cabeza asomó por el extremo opuesto del pasillo y Aguirre le disparó, errándole.
- ¡Vengan a matarme hijos de puta! ¡No les tengo miedo! – gritó mientras siguió disparando hasta que se les acabaron las balas.
La vista comenzó a hacérsele borrosa pero pudo ver que entraba un grupo de soldados armas en mano, apuntándole con ellas.
- Tiren de una vez, degenerados – los desafió Aguirre con voz desfalleciente.
Pero en vez de matarlo, los soldados se hicieron a un costado dando paso al general Zabal, quien venía con una amplia sonrisa en el rostro.
- Mi querido comandante Carlos Alberto Aguirre. Tantos años sin encontrarnos.
Esa voz la conocía, pensó Aguirre, tratando de enfocar la mirada. El general Martín Zabal. El sanguinario, el asesino, el torturador estaba acá, frente a él.
- Creo que llegaste tarde – dijo Aguirre con voz débil – como podés ver no puedo recibirte adecuadamente ya que me estoy muriendo.
- Tengo que admitir que la recepción que nos preparaste estuvo a la altura de tu fama – repuso Zabal con voz irónica – y puedo decirte que la disfruté en extremo, barriendo a esos mugrientos que se creen patriotas.
La mirada de Aguirre se aclaró y pudo ver al general parado frente a él. Para su asombro, a la derecha de Zabal estaba Morales. Sacudió la cabeza, cerró los ojos fuertemente y los abrió. Ahora, además de Morales estaban Buenaventura y Lynch, los tres sonrientes y vestidos con uniformes impecablemente blancos. ¿Qué me está pasando?, se preguntó Aguirre. Ah, sí, ya sé, mi vida está terminando. Sus tres camaradas asintieron como dándole la razón y le señalaron su mano izquierda, como apremiándolo.
- Si, mis hermanos, ya voy – musitó Aguirre. La sonrisa de Zabal fluctuó un poco.
- ¿Con quien hablás?
- Mis camaradas vinieron a buscarme y no hay nada que puedas hacer para impedir que me vaya con ellos – susurró Aguirre, mientras su cuerpo empezaba a ladearse hacia la derecha – Nos vemos en el infierno, mal parido – y expiró.
Al morir Aguirre, su mano izquierda se abrió, dejando caer una pequeña esfera plateada con dos luces verdes que rodó hasta los pies del general. Una de las luces pasó de verde a rojo, al tiempo que los que estaban en el pasillo intentaban escapar a toda prisa excepto Zabal quien, impotente de rabia y con los ojos desorbitados, la miraba fijamente. La otra luz verde pasó a rojo y el general aulló:
- ¡NOOOOOOOOOOOOOOOOOO!
A unos treinta kilómetros de distancia, Pedro y Andrea marchaban hacia el Este en el carro a gran velocidad, cuando sintieron que la tierra temblaba bajo sus pies. Se detuvieron y volvieron su mirada hacia el lugar de donde provenían. Donde había una llanura, comenzó a aparecer una loma que se transformó en una colina surcada por múltiples grietas por las que salía humo. La colina siguió creciendo hasta que se transformó en un volcán por el que salió una columna de fuego y polvo, coronada por una nube en forma de hongo.
- ¡Dios mío! – gimió Andrea, espantada.
- ¿¡Pero qué fue eso!? – gritó Pedro.
- Una mini-nuc – dijo Andrea con un nudo en la garganta – una mini bomba nuclear. Todos nuestros amigos murieron ahí abajo.
- Y ellos, los de las Brigadas Deudoras, también murieron, ¿no?
- Nada en un radio de un kilómetro sobrevive a una mini-nuc, Pedrito. Nada. – respondió Andrea, abrazándose a Pedro. Éste, sorprendido, respondió a su abrazo.
- Creo que sé adónde podemos ir – dijo él, sin soltarla.
- Decime – dijo ella, sin tampoco soltarlo.
- Mis abuelos Sandra y Miguel viven en un pueblito llamado Valeria del Mar, al lado de Pinamar. Podríamos ir ahí y pedirles que nos den asilo por un tiempo. ¿Qué te parece?
- Me parece bien, ya que recuerdo que hay una pequeña unidad Patriota en General Madariaga. Vamos allá.
Andrea se soltó suavemente del abrazo de Pedro y volvió a tomar las riendas. Con un suave movimiento de las mismas, los caballos comenzaron a trotar y luego a galopar llevándolos hacia la costa, dejando atrás a la muerte y a la destrucción e internándose en la noche.