23 octubre 2006

Capitulo 25

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El oscuro manto de la noche, tachonado de estrellas como diamantes, cubría la llanura. La luna llena jugaba a las escondidas con algunas nubes que se desplazaban perezosamente, iluminando alternativamente con su luz blanco-violácea un camino de tierra por donde avanzaba un solitario carro tirado por dos caballos.

Las poderosas patas de los corceles subían y bajaban como pistones de un motor, tirando del carro a gran velocidad. En el pescante del mismo, Pedro y Andrea iban cabizbajos y silenciosos, cada uno de ellos perdido en sus pensamientos. A pesar de que era ella quien tenía las riendas no estaba realmente conduciendo, por lo que los caballos seguían adelante siguiendo sus propias voluntades.

Ninguno de los dos podía borrar los últimos momentos vividos en el cuartel Patriota: la despedida de Morales, el ruido de los disparos y de los gritos, la veloz carrera a través del largo túnel y, sobre todo, la terrible columna de fuego que se alzó al cielo cual infernal secoya, marcando la destrucción del cuartel Patriota y de todos sus ocupantes. Al cabo de un rato, él habló primero:

- Andrea – dijo, tocándole el hombro.

- ¿Eh? – parpadeó Andrea, desorientada.

- Mejor paremos un rato, ¿sí? Así, de paso, revisamos lo que nos dejó Morales en el carro.

- Bueno.

Andrea y Pedro avanzaron unos kilómetros más antes de detenerse en un pequeño bosquecito. Comenzaron revisando la parte trasera del carro donde encontraron dos pistolas láser con 4 baterías para cada una, una ballesta con cincuenta dardos, dos granadas, una caja con comida y agua, una autocarpa con capacidad para dos personas (de las que se armaban solas en tres minutos), una radio de ultraondas y un botiquín bastante completo.

- Un buen surtido – comentó Pedro.

- Morales era muy eficiente – respondió Andrea, la voz todavía ahogada por la emoción.

Luego abrieron el asiento para ver lo que tenía debajo y encontraron ropa, un chip de crédito Citibank, cigarrillos Camel, una linterna y una caja de plastiacero.

- El chip de crédito debe ser falsificado – comentó Andrea – Mejor no lo usemos a menos que sea necesario.

- Me parece bien. ¿Abrimos la caja?

- Dale.

Pedro intentó abrir la caja, pero no lo consiguió a pesar de sus denodados intentos. Frustrado, dejó paso a Andrea quien la abrió sin mayores inconvenientes.

- ¿Qué pasó? – preguntó rabioso Pedro.

- Evidentemente, la caja estaba preparada para que sólo yo la abriera – respondió Andrea, divertida ante la bronca de Pedro.

Lo que había adentro los dejo perplejos. Junto a una cajita con varios HVDs, había una carta manuscrita y un libro que parecía bastante viejo. Con delicadeza, Andrea lo tomó, viendo que era una versión de “Julio Cesar” de Shakespeare. Pedro, por su parte, encendió la linterna, abrió la carta y comenzó a leer.

- “Cuando lean esta carta, yo y mis compañeros habremos muerto en combate, pero no se apiaden de nosotros. Luchamos por nuestros ideales y conocíamos los riesgos, los cuales aceptamos sin condiciones. Tuve una buena vida y ahora tendré una buena muerte”
“En la parte de atrás del carro van a encontrar algunas cosas que les van a ser útiles hasta que encuentren un refugio adecuado. Eviten enfrentamientos a menos que sea muy necesario. La ropa que les preparé son las típicas de los campesinos de la zona, por lo que les recomiendo que las usen. Ahora voy a explayarme un poco más con los objetos que están dentro de la caja que Pedro no pudo abrir, por supuesto, ya que la única que puede hacerlo es Andrea (ante esto, Pedro bufó). El chip de crédito es auténtico, de una verdadera cuenta en el Citibank, así que van a poder usarlo sin ningún problema; los HVDs contienen más datos sobre la historia de la Argentina, los cuales te van a ayudar, Pedro, a terminar de disipar de una buena vez tus dudas. En cuanto al libro, es un pedido personal. Este ejemplar data del año 1900 y estuvo en mi familia desde entonces pasando de mano en mano, de generación en generación. Quiero que busquen a mi hija Irene Morales, quien es la última descendiente de mi familia, y entréguenles este libro de mi parte.”.
“Bueno, creo que esto es todo. Cuídense y traten de encontrar otra célula Patriota para que puedan informarles de lo que pasó acá. Eviten enfrentamientos a toda costa y tengan cuidado si quieren atravesar la Superautovía 2. ¡Hasta la victoria siempre!”

Pedro y Andrea quedaron en silencio después de que él concluyó la lectura de la carta póstuma de Morales. Al cabo de un rato, Pedro sacó la ropa del carro y comenzó a desvestirse.

- ¡Eh, que estás haciendo! - exclamó Andrea.

- Voy a cambiarme, como sugirió Morales en su carta – replicó Pedro sacándose la camisa – Cuanto antes lleguemos a Valeria del Mar, mejor.

- Pero.... – Andrea enmudeció de golpe al ver el torso desnudo de Pedro. Sus pectorales y abdominales parecían trabajados en mármol, diríase esculpidos por un artista.

- ¿Pasa algo? – preguntó Pedro, divertido, mientras se sacaba los borceguíes.

- Eehh..., no – se sonrojó Andrea sin poder sacar sus ojos de él. Que suerte que era de noche, pensó ella, no me puede ver la cara.

Cuando él se sacó los pantalones, ella sintió un agradable calor correr desde su bajo vientre hasta su cabeza. Se notaba que Pedro se mantenía en forma, porque su cuerpo tenía la complexión de un atleta, y por un momento se imaginó en los brazos de él, sintiendo su fuerza y su virilidad, su boca junto a la de él, sus lenguas buscándose.......

- Te pregunté si te ibas a cambiar – estaba diciendo Pedro.

Andrea parpadeó, volviendo de su fantasía. Frente a ella, Pedro, vestido de campesino, no podía disimular una sonrisa.

- ¿De qué te reís? – lo increpó ella, molesta.

- De nada, de nada – respondió él, al tiempo que le arrojaba la ropa a ella – Cambiate.

- Bueno, pero andate del otro lado del carro.

- ¿¡Perdón!? Si me cambié adelante tuyo, no veo el problema que vos hagas lo mismo.

- No tengo ganas de que me veas semidesnuda. Andate.

- Ah, pero sí querías verme casi desnudo a mí, ¿No?

- Empezaste a desvestirte si previo aviso. ¿Qué pretendías, que salga corriendo? De cualquier forma, andate del otro lado del carro, ya. – concluyó amenazante Andrea.

Sin poder contener la sonrisa, Pedro fue hacia el otro lado del carro, con todas las intenciones de espiarla. Si bien su conocimiento de las mujeres no era amplio, sí sabía lo suficiente para saber que Andrea había quedado impactada al verlo a él semidesnudo. Aunque para ser justos, él también había quedado de la misma forma cuando la conoció. ¿Cómo sería su cuerpo desnudo? Mientras cavilaba sobre el asunto, llegó adonde estaban los caballos pastando tranquilos y les pasó por adelante sigilosamente para llegar del otro lado. Como si hubiera sido planeado, la luna salió de detrás de las nubes y él la vio a ella, bañada por la luz lunar. Sintió que su mandíbula se aflojaba. Sin saberlo, Pedro pensó casi lo mismo que Andrea cuando ella lo vio a él casi desnudo. El cuerpo de Andrea parecía el de una Afrodita tallada por el genio de Fidias. Su cabello rojo ondeaba libre al suave viento. Sintió unos deseos casi irrefrenables de abrazarla, besarla, sentir el olor de su piel, acariciarla. Inadvertidamente, pisó una ramita.

Con una rapidez sorprendente, Andrea se dio vuelta y le arrojó uno de los borceguíes de ella, y él no pudo esquivarlo, dándole de lleno en la frente y derribándolo.

- ¡Auch! ¡Eso dolió! – se lamentó él desde el suelo. El caballo del tiro derecho lo miraba mostrándole los dientes, como riéndose de él.

- ¿No te dije que no quería que me vieras? – preguntó Andrea.

- No me acuerdo. Ese golpe me causó amnesia – repuso él, masajeándose la frente.

- Sí, claro. Me imagino – se burló ella mientras terminaba de vestirse – Es hora de que sigamos nuestro camino.

- ¿Sabés donde estamos?

- Voy a consultar el GPSX.

Andrea activó el orientador satelital y lo comparó con el mapa de su asistente personal y frunció el ceño. Realizó la consulta nuevamente y parpadeó asombrada.

- Es increíble – murmuró.

- ¿Qué es lo que es increíble? – le preguntó Pedro.

- Que estamos a más de 120 kilómetros de Saladillo y recorrimos esa distancia en escasa hora y media.

Ambos miraron a los caballos que proseguían con su alimentación tranquilamente, asombrados por la velocidad a la que los trajeron hasta donde estaban.

- Son rápidos, ¿eh? – comentó Pedro, admirado.

Los corceles giraron sus magníficas cabezas hacia donde estaban los dos y relincharon al unísono con fuerza, como dando por bueno el comentario de Pedro.

- ¿Y ahora, donde estamos? – prosiguió.

- Bueno, estamos a 80 kilómetros del nexo de la Superautovía 2 con la Superruta 56 hacia Pinamar. Según el GPSX, estamos muy cerca de Real Audiencia, a punto de cruzar el Canal 12. No creo que tengamos problemas hasta que lleguemos a Dolores.

- ¿Y las Brigadas Deudoras no vigilan el campo?

- La noche es nuestra aliada. Bastantes escarmientos les dimos en muchas batallas nocturnas como para que salgan a vigilar. Bueno, subamos al carro que ya perdimos mucho tiempo. Vos vas a conducir el carro.

- ¿Cómo?

- Yo te enseño – replicó solícita Andrea.

Y resultó ser bastante fácil de aprender. Pedro se encontró conduciendo el carro con soltura, dirigiendo aceptablemente bien a los poderosos caballos mientras Andrea, sentada a su lado, le iba contando cómo era la vida en el campo.

- La tierra no es de quien la trabaja. Todo lo que ves por acá pertenece a las multinacionales que explotan las riquezas del suelo y a sus ocupantes. A los campesinos se les paga un salario con billetes.

- ¿Billetes? – preguntó atónito Pedro.

- Sí, con billetes. Pero esos billetes sólo tienen valor en determinados lugares. Por ejemplo, un habitante de Rauch no puede comprar nada en Ayacucho y viceversa. Este esquema de esclavitud fue utilizado en la década del 1930 por una multinacional inglesa llamada La Forestal, en el Chaco santafesino, esquema utilizado hasta la década de 1960. Ahora se aplica en una mayor escala en todo el país.

- ¿Pero no hubo nadie que se opusiera a tamaño despropósito?

- Por supuesto, pero fueron barridos por la represión oficial. En realidad, esos rebeldes padecieron del mismo problema que sufre la Argentina desde hace décadas.

- ¿Y ese problema es...?

- La desunión. Desgraciadamente, los argentinos rara vez fueron unidos. Siempre existieron fuertes divisiones entre el pueblo, divisiones hábilmente explotadas por los sinvergüenzas de turno. Peronistas y radicales, unitarios y federales, bosteros y gallinas, fachos y zurdos, siempre fue así. Si el pueblo hubiera presentado un frente unido contra la entrega de la Argentina por Carlos Saúl I y sus descendientes, nunca hubiera pasado tamaña desgracia para el país. Hace muchos años, un escritor llamado José Hernández escribió un libro llamado “Martín Fierro” que fue considerado el libro argentino por excelencia. Allí, Hernández escribió esto:

Los hermanos sean unidos
Pues esa es la ley primera
si entre hermanos se pelean
los devoran los de afuera.

“Y cuánta razón tenía. El ´Martín Fierro´ lo escribió en 1872, y nunca los argentinos le prestaron atención. Así nos fue. Inclusive hoy el país está partido en dos.”

- ¿Y ustedes, los Patriotas, qué están haciendo para revertir eso? – dijo desafiante Pedro.

- Educamos a la gente que quiere aprender más de los que les enseñan en los centros de información. Les impartimos muchos conocimientos que no reciben: sociología, ética, cultura general, etc., pero sobre todo historia de la Argentina, para que conozcan todos los errores que cometieron las sucesivas clases dirigentes, de tal forma que el día de mañana no se equivoquen mucho cuando tomen decisiones.

- ¿Qué decisiones?

- Nosotros estamos formando una clase dirigente, Pedro. Esa es nuestra verdadera tarea desde hace 30 años, para que cuando los tiempos sean maduros para la revolución los futuros gobernantes de una Argentina unida sepan que hacer desde el principio. Aquellos a los que educamos les transmiten sus conocimientos a sus hijos, de tal forma que dichos conocimientos no se pierdan.

- ¿Pero ustedes no pelean para tomar el poder?

- El poder debe ser detentado por civiles. Nosotros pasaríamos a ser el brazo militar de la Nueva República Argentina, con total obediencia al poder civil. Podemos ser buenos combatientes, pero no creemos que podamos ser buenos gobernantes. Esta es otra lección aprendida de nuestra historia: jamás un gobierno militar fue bueno. Por el contrario, trajeron desgracia y muerte a la Nación.

- No entiendo – se quejó Pedro - ¿están haciendo todo esto para que otros gobiernen?

- Esos “otros” son del pueblo. Por y para ellos peleamos. – le recordó Andrea – Además, hay otro motivo. Las clases dirigentes que existieron en este país fueron, en su casi totalidad, inútiles o corruptas o ambas cosas. Nunca entendieron el concepto de servir a aquellos que los votaron, dedicándose sin embargo a enriquecerse o vivir de prebendas. Los pocos dirigentes que quisieron hacer algo fueron derrocados o marginados. Eso es lo que queremos evitar con los dirigentes que estamos preparando, que sepan que su gobierno pertenece a quienes los eligieron.

- ¿Y cuándo va a pasar eso?

- En realidad, sólo lo sabe el Alto Mando. Ellos planifican a largo plazo.

- ¿Sabés quienes son los miembros de ese Alto Mando?

- Nadie lo sabe. Por una cuestión de seguridad, ellos permanecen ocultos.

- Que cobardes – musitó Pedro. Andrea lo miró furiosa

- ¿¡Cobardes!? Hace 30 años que están peleando contra los que entregaron el país. Gracias a ellos, los Patriotas cada vez somos más. Gracias a ellos, muchos argentinos están adquiriendo una educación negada por el Gobierno. Gracias a ellos, muchos argentinos están tomando gradualmente conciencia de que merecen vivir en un país soberano y no en uno dominado por entreguistas y extranjeros. ¡Y vos te atrevés a tildarlos de cobardes!

Pedro quedó sorprendido por la vehemencia de las palabras de Andrea y no pudo articular defensa alguna. Al cabo, bajó la cabeza.

- Me gustaría entenderte. Perdoname si te ofendí.

- Antes de opinar, mejor informate. – le recriminó Andrea.

En silencio, continuaron su viaje hasta llegar al nexo de Dolores, deteniéndose unos 500 metros antes. Desde allí podían ver la Superautovía 2, nimbada con un suave resplandor dorado, sostenida por poderosos pilotes de concreto a 15 metros de altura. Bajo ella se podía ver la vieja autovía 2, sus dos tramos denotaban falta de mantenimiento en la forma de grietas, algunas de ellas profundas. Más allá, la aún más deteriorada ruta 29 se internaba en el Este, con algunos árboles flanqueándola. En la unión de ambas rutas, una derruida construcción que parecía haber sido antes un restaurante se alzaba como solitario vigía.

- Bueno, llegamos – anunció Andrea.

- Me duele la cola – se quejó Pedro, masajeándose la nalga izquierda.

- A mí también, no te lamentes – rió ella – Ahora, tenemos que extremar nuestros cuidados para cruzar.

- ¿Por qué?

- Por disposición gubernamental, de 22 a 6 no puede circular nadie por la vieja autovía 2 para permitir que los aeroautos circulen libremente por la Superautovía 2. Después de las 6, hay intervalos de 2 horas para que carros, bicicletas y otros medios de locomoción puedan usar la vieja ruta.

- No entiendo.

En ese momento, se pudo oír un lejano zumbido, como de una dínamo. El sonido comenzó a hacerse más nítido.

- Ahí viene tu explicación – dijo Andrea.

En la dirección de Baires, aún en la oscuridad, se podía distinguir una nube que se acercaba a ellos a gran velocidad. El zumbido pasó a ser un rugido que aumentaba rápidamente de intensidad.

- Tapate los oídos – le recomendó Andrea a Pedro, al tiempo que ella hacía lo mismo.

Pedro hizo lo que ella le recomendó, pero así y todo sintió que el aullido de los motores del aeroauto (porque de eso se trataba) le taladraba las sienes cuando pasó a 450 kilómetros por hora frente a ellos por la Superautovía 2. Una sólida nube de tierra y otros desechos en suspensión perseguía al bólido raudamente. Al cabo de unos minutos, la polvareda se asentó y los grillos, enmudecidos por el estrépito, reanudaron su canto.

- Nunca vi en acción un aeroauto a semejante velocidad. Lo más rápido que pude verlos fue en la Superautopista Urbana I y a no más de 200 kilómetros por hora – comentó Pedro.

- Porque la SAU-1 atraviesa Baires de punta a punta. Acá, sin embargo, pueden ir a la velocidad que les plazca porque no atraviesan ningún casco urbano – le explicó Andrea.

- ¡Cuánta tierra levanta! Es ciertamente impresionante.

- La fuerza del aire que desplazan estos bichos es tremenda, capaces de aplastar un carro. Es por eso que no se permite que se use la autovía 2 cuando hay aeroautos circulando por la Superautovía 2.

- ¿Cruzamos? – preguntó él.

- Esperemos cinco minutos. Si no escuchamos nada, pasamos.

- Bueno.

Ambos se mantuvieron expectantes al sonido de algún aeroauto, pero al cabo de cinco minutos no habían oído nada salvo a los grillos y las hojas de los árboles mecidas por el viento, por lo que Pedro azuzó a los caballos. El carro comenzó a moverse con rapidez hacia la autovía. Pocos instantes después, subían el terraplén y cruzaban el tramo que conducía hacia Mar del Plata. El carro se bamboleó levemente como consecuencia de las grietas en el asfalto. Por sobre sus cabezas, la cinta de asfaltitanio perforada de la Superautovía 2 se extendía de horizonte a horizonte, recta como un rayo láser. Luego de atravesar el primer tramo, el carro enfiló hacia el angosto tramo que unía ambas manos de la autovía. Cuando llegaron a la mitad, un ya familiar zumbido pudo escucharse proveniente de Mar del Plata. Andrea palideció.

- ¡Dale, dale, más rápido! – chilló desencajada.

Pedro no necesitaba que lo alentaran. El mismo terror que atenazaba a Andrea apretaba su garganta. El sudor perlaba su frente y sentía que el corazón se le salía del pecho. Sacudió con ímpetu las riendas y los corceles respondieron con su máxima velocidad. El zumbido seguía acercándose y Andrea arriesgó una mirada. La nube de polvo que levantaba el aeroauto se acercaba como un monstruo de pesadilla. El carro alcanzó la mano de la autovía que conducía a Baires a toda velocidad, perseguido por el rugido creciente del aeroauto. Los caballos ya corrían a 90 kilómetros por hora, tratando de alcanzar la ruta 29. Cuando llegaron a la misma, Pedro pensó que habían ganado la carrera y miró por sobre su hombro.

Y la oscuridad se abatió sobre ellos.