REUTER – Un sismo en la escala 4 de Richter se pudo sentir hoy en el oeste de la Provincia de Buenos Aires, cerca de la frontera con los Territorios Deudores, alrededor de las 22:00. Su epicentro pudo determinarse a 20 kilómetros de la ciudad de Saladillo. Los geólogos del Instituto Geográfico Brigadista se mostraron sorprendidos, ya que es la primera vez que se registra un terremoto en un lugar cuya actividad telúrica es casi inexistente.
Las Brigadas Deudoras marchaban gallardamente en la conmemoración de su día, pasando frente a la Casa Rosada desde donde el Supremo Regidor de la República Deudora Argentina, Juan Saúl III, las contemplaba impasiblemente. La muchedumbre que ocupaba la Plaza del 2 de Julio y las veredas que flanqueaban el paso del desfile aplaudían, aunque un tanto forzadamente. Éste era uno de esos días conmemorativos donde la población debía asistir obligatoriamente a ver los desfiles, so pena de perder el trabajo.
Juan Saúl III se removió inquieto en el balcón, el primero a la izquierda viendo la Casa Rosada desde la Plaza del 2 de Julio. Al principio de su mandato se sentía un intruso al utilizar ese balcón y lo había atribuido inicialmente a la contemplación de la estatua de Máximo Saúl II, su predecesor y padre (“padre” en el sentido que sus genes – los de Juan Saúl III – provinieron de él) que se erguía en la Plaza del 2 de Julio, hasta que un día, por sugerencia de uno de sus cortesanos, consultó las viejas filmaciones que se almacenaban en un sótano de la Casa Rosada. Allí descubrió que el primero que había usado ese balcón había sido el General Juan Domingo Perón, el maestro de su abuelo el Precursor. Las filmaciones de más de 100 años atrás mostraban a la muchedumbre apiñarse frente al balcón donde el General los arengaba con su característica voz nasal. El General sí que sabía conducir al pueblo, pensaba Juan Saúl III. A pesar de los golpes de Estado que sufrió en su presidencia, nunca habían podido derribarlo y si lo lograron al final, fue porque él así lo había querido. Al lado del General solía estar su esposa María Eva Duarte, Evita, más conocida en 2050 como Santa Evita de los Necesitados. Por supuesto el Vaticano jamás la había canonizado, pero sus agentes le habían informado que el culto a Evita había nacido entre los bolsones de pobreza del cinturón urbano exterior de Baires. Al principio no había dado crédito a los informes pero, movido por la curiosidad, una noche se disfrazó de cartonero y se dirigió hacia José C.Paz, donde el culto había nacido, según la SIDED.
Allí comprobó con sorpresa que, efectivamente, la adoración a Santa Evita era real. Masas de gente concurrían al santuario situado en el cruce de la Ruta 197 y Croacia, suplicando para que mejore su suerte, todos pobres, todos necesitados. Cuando Juan Saúl III entró al santuario pudo ver que una enorme imagen de Santa Evita dominaba el humilde edificio repleto de gente apretujada. El calor dentro del santuario era agobiante y el Supremo Regidor se sentía al borde del desmayo, pero pudo superarlo. En ese momento, un cántico se elevó de la multitud, más parecido a una letanía:
Santa Evita, Santa Evita, escúchanos en nuestro sufrimiento,
Escúchanos a nosotros tus pobres, tus grasitas,
Porque tu auxilio necesitamos en este momento,
Para poder trabajar y comer en esta tierra maldita.
Santa Evita, Santa Evita, a nuestros mayores ayudaste,
Y a nuestros pobres diste todo, hasta tu vida,
En esta época terrible, de desastre,
Haz que aunque sea no nos falte la comida.
Juan Saúl III no lo soportó más y a empujones se abrió paso hasta la salida. Idiotas, inútiles desagradecidos, se decía a sí mismo mientras avanzaba a los trompicones. Hago todo por ellos, ¿y cómo me pagan? Adorando a una muerta. Qué indignación, malditos ignorantes incultos. ¿Acaso gracias a Máximo Saúl II y a él no pertenecían al Primer Mundo? ¿Acaso no tenían acceso a las mejores cosas que el mundo podía venderles? Aaah, pero si no tenían plata, es porque se la jugarían o la gastarían en alcohol. Problema de ellos.
Un roce en su hombro izquierdo hizo volver a la realidad al Supremo Regidor. Al girar su cabeza hacia ese lado, pudo ver al coronel Rubén Bondini, quien tenía una expresión sombría en su rostro.
- ¿Pasa algo? – preguntó con un susurro Juan Saúl III.
- Mi señor, tengo una noticia terrible – respondió Bondini – el general Martín Zabal murió.
- ¿Ah, sí? – fue la indiferente reacción del Supremo Regidor – Pues bien, cuando termine el desfile, encuéntreme en mi despacho.
- Pero, mi señor.... – musitó en el colmo de su sorpresa Bondini.
- En mi despacho, coronel – siseó Juan Saúl III amenazante.
El coronel Bondini dio media vuelta y se retiró del balcón con paso indignado.
- ¿Pasó algo grave, mi amor?
Juan Saúl III se volvió para mirar a Cecilia. Ella resplandecía de belleza y glamour. Su presencia en el balcón había desatado un sinfín de especulaciones y rumores no sólo entre sus cortesanos, sino también entre las redacciones de las revistas de sociedad y los Ministerios en manos de las multinacionales. Desde que Cecilia Marie Fonck apareció en la vida del Supremo Regidor, a éste se lo veía mejor tanto en forma como en aspecto. Mejor para todos.
- Nada que no tenga solución, mi Chechu – respondió Juan Saúl III, utilizando su sobrenombre íntimo – Sólo que el general Zabal murió.
- ¿Y era muy importante para vos?
- No. Excepto yo, todos son fácilmente reemplazables.
- ¿Yo soy reemplazable? – preguntó con angustia Cecilia, abriendo al máximo sus bellos ojos.
- No, mi Chechu, vos sos irreemplazable para mí – corrigió zalamero Juan Saúl III.
El Secretario del Tesoro Felipe Valloca había podido oír fácilmente la conversación entre Juan Saúl III y Bondini, y la posterior conversación entre Juan Saúl III y Cecilia gracias al pequeño implante que estaba detrás del lóbulo de su oreja izquierda. ¿Zabal muerto? Eso es gravísimo. La parte ejecutiva del golpe contra Juan Saúl III había desaparecido sin él saber cómo, al menos de momento. Lo que sí sabía era que tenía que ponerse en contacto con Bondini en forma urgente, sensación que se intensificó al oír la orden que dio el Supremo Regidor a su asistente electrónico:
-Quiero a la doctora Garay en diez minutos en mi despacho.
Cinco minutos después, el desfile del 29 de Mayo llegaba a su fin. La gente comenzaba a dispersarse por la ciudad comentando las alternativas de la celebración y su contento por conservar su trabajo. Desde su balcón, Juan Saúl III echó una última ojeada a la multitud y al cordón policial que rodeaba la Casa Rosada y se dirigió a su despacho acompañado por Cecilia. A medida que avanzaban por los pasillos tomados de la mano, el Supremo Regidor pensaba en las consecuencias inmediatas de la muerte de Zabal. Las Brigadas Deudoras no tenían líder y había que pensar en su sucesión. Fui previsor, pensaba Juan Saúl III, el sucesor de Zabal va a ser Zabal, o mejor dicho, su clon. ¿Pero cómo hacer que tal sucesión pase lo más desapercibida posible? Sumergido en estas consideraciones, Cecilia y él llegaron a su despacho.
- Mi Chechu, tengo cosas importantes que hacer, así que mejor nos vemos después.
- Pero, mi amor.... – comenzó a protestar Cecilia.
- Suficiente, Chechu. Va a ser conveniente que vuelvas a Olivos – dicho esto, Juan Saúl III hizo una seña al jefe de la escolta de Cecilia.
- Como vos digas, mi amor – respondió sumisamente ella.
Se besaron suavemente. Ella se fue pasillo abajo, rodeada por su escolta personal. Como siempre le pasaba cada vez que la veía irse, Juan Saúl III sentía un fuego que lo recorría de pies a cabeza. Sintió que alguien estaba detrás de él y se volvió rápidamente.
- Bondini – dijo el Supremo Regidor, molesto.
- Mi señor, es importante que hablemos. – dijo en tono imperativo el coronel.
- Tengo una reunión antes, y después podremos conversar a nuestras anchas.
- Sí, mi señor – musitó con tono de derrota Bondini.
Juan Saúl III ingresó a su despacho y cerró la puerta. Llamó al bar-robot Sony de última generación y le pidió un Chivas 2000 y su puro favorito: un Castro genuino. Luego de encender el cigarro y dar un sorbo al whisky, una luz parpadeó sobre su escritorio.
- Señor, la doctora Garay solicita autorización para entrar – anunció la sensual voz de la asistente cibernética.
- Que entre – ordenó él.
Al punto, las puertas de plastiacero y roble se abrieron, dejando pasar a una mujer de estatura mediana, morocha y de mirada decidida. La doctora Maria Julia Garay era una de las mejores especialistas en ingeniería genética del Sistema Solar; su enorme talento se combinaba con un temperamento difícil de controlar, lo que le había granjeado muchos enemigos. Pero ella no le importaba. Sabía de su talento y lo hacía valer y respetar, incluso frente a Juan Saúl III, sobre todo después de que éste le confiara el supersecreto proyecto de reemplazo de funcionarios de su gobierno. La doctora Garay ya había oído rumores de lo que le pasó al general Zabal e intuía para que la habían llamado. Como siempre hacía ella, se sentó frente al escritorio del Supremo Regidor sin la formal reverencia. Éste gruñó:
- ¿Cuándo va a mostrarme el respeto que me debe?
- Dejémonos de estupideces, pequeña criatura insolente. Odio perder el tiempo, y más en trivialidades como inclinarme ante alguien que estuvo en mis manos dentro de una probeta.
Juan Saúl III reprimió a duras penas el impulso de saltar al cuello de la doctora Garay y partírselo. Ganas no le faltaban, pero no podía eliminarla. No había nadie en el país con su inteligencia y capacidad de trabajo, y además había puesto demasiadas cosas importantes a su cargo como para prescindir de ella. Por supuesto, la doctora Garay sabía todo eso, por lo que esbozó una sonrisa y juntó los dedos de ambas manos.
- Pasemos al grano, Juan Saúl III. ¿Para qué me llamó?
- Supongo que ya sabrá lo que le pasó al general Zabal, ¿no?
- Algo escuché por ahí.
- Sí, me imagino – dijo el Supremo Regidor con una mueca de desconfianza – Bueno, el hecho es que Zabal murió en combate y necesito que me diga cuándo podré tener listo su reemplazo.
La doctora Garay sacó de su bolsillo un pequeño asistente personal y comenzó a hacer unos cálculos. Al cabo de unos minutos, que a Juan Saúl III le parecieron una eternidad, ella declaró:
- No menos de diez días.
- Tiene que ser en menos tiempo, doctora.
- Imposible – replicó ella, tajante.
- Explíqueme por qué no puedo contar con el clon antes de diez días – ladró Juan Saúl III
- Paso a informarle – dijo la doctora Garay, reclinándose en su asiento y juntando los dedos de sus manos de vuelta – En las viejas épocas, un clon crecía y se desarrollaba como una persona gestada normalmente, pero hace 4 años los japoneses crearon un tanque de clonación que puede hacer que un clon se destilara y creciera hasta un estado adulto en una proporción 15/1, es decir, en un año se desarrolla el equivalente a 15 años normales.
“Destilado” pensó Juan Saúl III con disgusto “Qué manera de referirse a un ser humano, aunque sea un clon como yo”.
- Por supuesto – siguió la doctora, como dando una conferencia – el problema era cómo educar a un clon crecido de esta forma. Fue entonces que, dos años después, los norteamericanos inventaron la Grabadora de Cerebros.
- ¿Y cómo funciona eso? – preguntó interesado Juan Saúl III – Recuerdo que compramos una máquina de esas, pero nunca supe bien como funciona.
- Esa máquina fue adquirida como parte del programa supersecreto de clonación de funcionarios por usted comenzado. La Grabadora tiene la misma base teórica de las sondas cerebrales tan eficazmente utilizadas por la SIDED y otros organismos de seguridad, pero la Grabadora va más allá. Con una muestra de ADN y una resonancia nuclear cerebral, los recuerdos y experiencias del clonado quedan en memorias de átomos de titanio. Una vez que el clon está listo para despertar, se le transfiere el contenido de esas memorias al mismo y listo. A esto se lo llama “transferencia de conciencia”.
- ¿Eso quiere decir que los recuerdos y experiencias de mis funcionarios están al alcance de mi mano? – la interrogó exultante el Supremo Regidor.
- Sí y no – respondió con un dejo de ironía la doctora Garay.
- ¿Y cómo es eso? – se desinfló Juan Saúl III.
- Nuestros amigos norteamericanos nos dieron la tecnología de transferencia de conciencia, pero no podemos leer esas transferencias en la máquina. Sólo podemos traspasarlas de clonado a clon y nada más. Para mayor seguridad, si el ADN del receptor no coincide con el del clonado, el proceso se cancela. Los norteamericanos no nos tienen mucha confianza que digamos.
“Prosigo con la explicación. De acuerdo con sus directivas, los funcionarios deben someterse a una resonancia nuclear cerebral (RNC) una vez por mes, con el argumento que se los revisa para buscar microchips espía implantados en la corteza cerebral. En este caso específico, las memorias del general Zabal fueron tomadas por última vez el 1º de Mayo. Existe un hueco entre ese día y hoy, por lo que tenemos que incorporar los acontecimientos públicos y privados de esos días, incluidas las conversaciones que usted haya tenido con él. Además, habrá que hacerle un pequeño retoque con cirugía estética”
- ¿Y eso para qué?
- Hoy en día, la diferencia física entre tener 40 años y tener 60 es muy poca gracias a los avances en rejuvenecimiento, pero no queremos que aparezca en público un Zabal súbitamente más joven que antes, ¿no? Todo lo que acabo de enumerarle nos va a tomar no menos de diez días.
Juan Saúl III bajó la vista hacia su escritorio y comenzó a acariciarse la barbilla, pensando en cómo encajar lo dicho por la doctora Garay en su plan.
- Bueno, doctora, no la demoro más. En once días quiero al clon de Zabal listo.
- Lo tendrá – prometió ella.
- Como siempre, máxima discreción – le recordó él.
- Como siempre – respondió la doctora Garay con un mohín, al tiempo que se incorporaba para retirarse. Sin reverencias, por supuesto.
- Por favor, dígale al coronel Bondini que entre.
Luego de que la doctora Garay se retirara, el coronel Bondini hizo su entrada en la oficina del Supremo Regidor. Luego de la reverencia de protocolo, tomó asiento en la misma silla que se había sentado la doctora. Bondini pudo sentir el calor residual en la silla dejado por la doctora.
- ¿Y bien, coronel? ¿Me podría explicar detalladamente que sucedió? – comenzó la reunión Juan Saúl III.
- Mi señor, el general Zabal descubrió una base secreta Patriota en las cercanías de Saladillo y fue a atacarla con casi todo el 25 Regimiento.
- ¿Y cuál fue la causa de la muerte?
- Va a ser mejor que lo vea con sus propios ojos.
De su attaché el coronel extrajo un proyector y lo colocó acto seguido sobre el escritorio del Supremo Regidor. Después de unos ajustes, lo encendió, tomó el control remoto y se sentó de nuevo.
- Las imágenes que va a ver fueron tomadas desde un vigía aéreo tipo “Cóndor”. Obviamente esta filmación está resumida, porque hay tramos de tiempo en los que no pasa nada. De todos modos, al pie de la proyección se puede ver el día y la hora de la toma.
La imagen que apareció flotando sobre el escritorio mostraba unos extensos campos cultivados, cruzado por un camino. Algunas pequeñas concentraciones de árboles salpicaban la escena. La fecha que aparecía era “28/05/2050 20:00”. Al dar comienzo la proyección, se pudo ver a unas personas salir de debajo del piso.
- Esos son Patriotas saliendo de su guarida – explicó Bondini.
Instantes después, tres bolas de fuego aparecieron en la filmación. La onda expansiva también fue visible.
- ¿Y eso? – preguntó Juan Saúl III.
- El general Zabal ordenó disparar munición aplastante contra esos exploradores.
- ¡Muy bien! – dijo el Supremo Regidor, admirado.
Minutos después, más explosiones salpicaban la imagen y aparecían unos agujeros en el piso.
- Esas son las entradas a los túneles que conducían al cuartel Patriota – comentó Bondini. Juan Saúl III asintió en silencio.
Unos transportes de tropas hicieron acto de presencia frente a las entradas de los túneles, deteniéndose. De sus partes traseras, grupos de hombres salieron corriendo y se dirigieron a la carrera hacia los túneles, apoyados por el fuego graneado de los transportes. Por detrás de la avanzada, otros tres vehículos aparecieron.
- ¿Y esos tres vehículos? – preguntó el Supremo Regidor
- El general Zabal y su estado mayor, mi señor – respondió con un nudo en la garganta Bondini. Juan Saúl III lo miró de reojo.
Los soldados de las Brigadas Deudoras entraron a los túneles. Durante unos instantes la imagen quedó inmóvil, salvo por el reloj al pie de la pantalla. Súbitamente, la hora pasó a ser 20:57. Por la izquierda de la pantalla, varios vehículos blindados aparecieron a toda velocidad.
- Las tropas del coronel Cañones, jefe del 25 Regimiento – se anticipó Bondini a la pregunta de Juan Saúl III. – Fíjese lo que va a pasar, mi señor.
Los transportes se detuvieron el medio del campo y los soldados bajaron, adoptando la formación de combate. Cuando comenzaron a avanzar hacia el lugar donde se estaba desarrollando el combate, un agujero se abrió en el piso y otras personas salieron del mismo.
- No lo puedo creer – musitó Juan Saúl III – las cucarachas Patriotas salieron justo en el momento en que Cañones y sus hombres se aprestaban al combate.
- Fue un golpe de suerte que se pudo aprovechar a fondo, como va a poder apreciarlo – dijo Bondini.
En efecto, recuperándose rápidamente de la sorpresa, del grupo de brigadistas partieron rayos láser que derribaron a los recién aparecidos y, acto seguido, penetraron por el túnel abierto. El reloj marcaba las 21:04. Minutos después, los vehículos de Zabal y su estado mayor entraron al túnel central. Luego, el reloj saltó hacia las 22:11, cuando pudo apreciarse que se abría otro túnel en la derecha de la imagen y un pequeño carro tirado por dos caballos salía del mismo a gran velocidad.
- ¿Fugitivos? – interrogó Juan Saúl III.
- Efectivamente, mi señor – confirmó Bondini – Según nuestros sensores, son una mujer y un hombre. Su rumbo es consistente con la dirección sud-sudeste.
- ¿Y qué se hizo con ellos?
- Mi señor, paciencia. Falta poco para que termine la proyección. Luego, podrá hacerme todas las preguntas que desee.
Juan Saúl III bufó, pero se volvió a acomodar en su sillón-trono, a tiempo de ver una escena digna del Dante. En efecto, comenzaron a aparecer grietas en el suelo, que le hizo recordar cuando un cristal se raja. Luego, desde esas grietas comenzó a salir humo y largas llamaradas de fuego. Súbitamente, la imagen tembló y a Juan Saúl III le pareció que el suelo se abría. En efecto, un enorme boquete se abrió y una bola de fuego subió raudamente hacía el vigía aéreo, tragándolo. El reloj se detuvo en 22:13:44.
- ¿¡Qué fue eso!? – exclamó Juan Saúl III.
- Los efectos de una mini-nuc, mi señor – respondió el coronel Bondini – detonada, según nuestros analistas, por un Patriota decidido a llevarse a algunos con él. En este caso, se llevó un regimiento casi completo.
- Si le entendí bien, coronel – dijo el Supremo Regidor, tamborileando el escritorio con sus dedos – en esa explosión desapareció un regimiento entero de mis hombres, ¿no?
- Exceptuando dos compañías, sí – respondió Bondini cautelosamente, intuyendo una explosión verbal, la que no tardó en llegar.
- ¡Bien muerto está ese idiota! – rugió Saúl III, fuera de sí, mientras golpeaba el escritorio - ¡Zabal, mataste a mis chicos! ¡Ojalá te haya explotado la bomba en la cara!
Y siguió su perorata durante unos minutos, mientras Bondini se mantenía en silencio. Al rato, Juan Saúl III se calmó lo suficiente para proseguir la reunión.
- Ese carro que se vio salir de uno de los túneles, ¿qué medidas se tomaron? – preguntó el Supremo Regidor.
- Hemos iniciado una búsqueda exhaustiva del mismo. Por lo que hemos averiguado, se desplazaron por caminos alternativos, evitando las rutas principales. Igual, estamos siguiendo una pista firme.
- Quiero que los capturen lo antes posible – vociferó Juan Saúl III.
- Los tendrá, mi señor.
- Y quiero que los interroguen despiadadamente.
- Así se hará, mi señor.
- Otro tema. Acerca del general Zabal....
- Ordene, mi señor – dijo el coronel Bondini.
- Informará a la prensa que Zabal sufrió un atentado mientras estaba de gira de inspección por los territorios recientemente adquiridos por nosotros, que sufrió heridas de consideración y que está hospitalizado con un cuadro reservado.
Bondini parpadeó sorprendido.
- Pero, mi señor....
- No olvidará decir que los Patriotas que lo atacaron fueron rechazados con graves pérdidas para ellos y que el general peleó como un valiente – continuó Juan Saúl III sin muestras de haber escuchado a Bondini.
- ¡Mi señor! – exclamó firmemente el coronel - ¡Lo que me pide es ilógico!
- Primero – replicó el Supremo Regidor – no se lo pido, se lo ordeno. Segundo, imagine cómo quedaría la imagen del país si anunciamos la muerte de Zabal días antes de la visita de Roger Ratz, sin contar el hecho de que el plan de inculpar a los Patriotas por el atentado del 20 aniversario quedó arruinado. Por todo lo anteriormente expuesto, ¡obedezca!
- Si, mi señor – dijo con tono de derrota Bondini.
- Puede retirarse.
El coronel Bondini se retiró de la oficina de Juan Saúl III inclinado y caminando hacia atrás, tal como indicaba el protocolo. Apenas se cerró la puerta, el Supremo Regidor se relajó. Con el general Zabal muerto, desaparecía un súbdito demasiado inteligente para su bien. Qué considerados los Patriotas al hacer lo que él, el Supremo Regidor, quería desde hace un tiempo, pero no encontraba la forma tal de no quedar involucrado. Ahora, si la insurrecta de la doctora Garay estaba en lo cierto, en diez días tendría un clon de Zabal totalmente adicto a él, y por su intermedio sabría muchísimas cosas. Ahora sólo quedaba hacer algo y luego podría zambullirse en los brazos de Cecilia.
Apenas salió del despacho de Juan Saúl III, el coronel Bondini se dirigió rápidamente a la oficina del extinto general Zabal. No sabía quién iba a sucederlo, pero no le iba a hacer las cosas fáciles. Lo que estaba por cometer era un acto de insubordinación, pero Bondini sentía que era un servicio para Zabal. Entró a la oficina del general y se dirigió al escritorio. Allí apoyó su dedo pulgar en la cerradura del cajón, la cual se abrió sin problemas. Dentro del cajón, Bondini encontró lo que buscaba: tres chips con toda la información de las actividades de las Brigadas Deudoras; pero no aquellas de dominio público, sino de operaciones “en negro” como ser: persecución de disidentes, saqueo de los bienes de desaparecidos, lavado de dinero proveniente de la venta de armas prohibidas y drogas, prostitución, etc. Luego de guardar esos chips en una pequeña caja, activó la holoPC del general. El lector de huellas dactilares habilitó al coronel a acceder a la información allí almacenada, que era nada más y nada menos que los planes completos de la conspiración para derrocar a Juan Saúl III. De un bolsillo, el coronel sacó un chip negro y lo insertó en la holoPC, a fin de transferir y borrar la información. Luego de terminar con la operación, Bondini guardó el chip junto con los otros y apagó la máquina. Apenas se apartó del escritorio para irse, un ruido a sus espaldas lo sobresaltó. Rápido como un gato, sacó su pistola y giró para apuntar al origen del ruido, que resultó ser un pequeño robot Mitsubishi MN2E de limpieza, el cual comenzó su tarea. Suspirando, Bondini guardó su arma y salió de la oficina.
- Que susto se llevó, ¿eh?
- Casi se muere de la impresión. ¿Qué estaría haciendo?
- Por como reaccionó, algo evidentemente ilegal, ¿no?
- Coincido con vos.
Los dos agentes de la SIDED estaban viendo las imágenes transmitidas por el robot de limpieza, las cuales mostraban al coronel Bondini saliendo de la oficina.
- Ya sabemos que Zabal está muerto, ¿y qué tiene que hacer su asistente allí?
- ¡Qué lástima que no mandamos el robot antes! – se lamentó uno de ellos – Pero igual, ¿cómo explicarías su presencia en la oficina?
- No se me ocurre nada.
- A mí tampoco.
Ambos hombres se miraron, recordando las órdenes recibidas hacía escasos diez minutos de parte del mismísimo Supremo Regidor.
- Informemos.