OLE – Hoy concluye la sanción más larga de la historia del fútbol impuesta a equipo alguno. Después de 20 años, los equipos de Boca Juniors y River Plate vuelven a participar de un torneo organizado por la AFAD (Asociación del Fútbol Argentino Deudor). Dicha sanción fue impuesta debido a los gravísimos incidentes protagonizados por ambos equipos y sus hinchadas en la llamada “Batalla del Monumental”, donde perdieron la vida 2 jugadores y 236 hinchas de Boca y 3 jugadores y 314 hinchas de River, en una gresca que comenzó en la cancha, prosiguió en las tribunas y siguió fuera del estadio. Esto causó hondas divisiones en la sociedad argentina, divisiones que no han cerrado todavía. Ambos equipos comenzarán su participación en la Primera D.
Los disparos pasaban cerca de su cuerpo y de su cabeza, mientras Pedro corría en zigzag por los túneles del cuartel Patriota. Una abertura apareció a su izquierda y se zambulló por ella, perseguido por los lásers enemigos. La transpiración amenazaba con bloquear su visión, y el dolor en el pecho auguraba el jadeo que iba a sufrir en poco tiempo. El breve respiro ganado al girar a la izquierda en su desenfrenada carrera concluyó súbitamente, al pasar cerca los verdes rayos láser de sus perseguidores. Delante, una puerta blindada abierta lo alentaba a apretar el paso, pero parecía a kilómetros de distancia. De todos modos, Pedro aceleró al máximo de sus capacidades, moviéndose de izquierda a derecha, cual esquiador de slalom, pero los disparos se iban aproximando. Al fin, logró alcanzar la puerta blindada y la deslizó para cerrarla. Ésta chirrió sobre sus guías y a Pedro le extrañó el ruido, que parecía más adecuado para una puerta con bisagras que para una puerta blindada. Al fin, la puerta se cerró, para alivio de Pedro pero, de repente, sintió en sus riñones la presión del cañón de un arma, quedándose inmóvil. El cañón aumentó su presión, mientras que una voz decía “Joven, joven”…
... Y despertó con esa presión en sus riñones.
- Joven, joven, es hora de que despierte.
Aún sin moverse, Pedro parpadeó, tratando de recordar dónde estaba. Vio a Andrea sentada con las manos sobre sus muslos cubiertos por una manta, sus ojos en alerta. Recordó que habían llegado al establo de sus abuelos, en Valeria del Mar y temió haber sido descubiertos por las Brigadas Deudoras. Lentamente se incorporó, girando para enfrentar al dueño de la voz. Súbitamente, se encontró mirando el doble caño de una vieja escopeta, y sintió que la garganta se le cerraba. Siguió con la mirada la longitud de la escopeta, hasta llegar a su poseedor.
Éste era un hombre de alrededor de 80 años, alto y canoso, de espaldas anchas y mirada alerta. Sus nudosas manos sostenían firmemente la escopeta, el dedo índice de su mano derecha descansando sobre el gatillo, la culata del arma apoyada en el hombro. A su lado estaba una mujer también canosa de, aparentemente, la misma edad, con sus manos cruzadas sobre el regazo. A pesar de la edad, se veía que había sido increíblemente bella. Sus ojos negros no perdían detalle de lo que estaba pasando.
- Encuentro perturbador hallar intrusos en nuestra casa – dijo el anciano con voz suave, pero con los sobretonos de mando en ella - ¿Quizás les parezca conveniente explicarnos el motivo de vuestra presencia acá?
Andrea movió apenas las manos, pero fue suficiente para que el anciano la encañonara con sorprendente rapidez.
- No me subestime, jovencita. Puedo abrirle un boquete enorme entre esos hermosos pechos que tiene, así que evite hacer estupideces de las cuales tenga que arrepentirse.
- Abuelo, soy yo – musitó Pedro
- Mi nieto tiene algo que le regalé hace veinte años, y que juró no sacárselo nunca – dijo la anciana, al tiempo que el viejo volvía a apuntar la escopeta hacia Pedro, sobresaltándolo - ¿Qué era y qué decía?
Con movimientos lentos, Pedro llevó sus manos al cuello y sacó una cadena de oro. Colgada de ella pendía un escudo del club Boca Juniors. Lo mostró a los ancianos y, a continuación, leyó lo que decía.
- “A mi amado nieto Pedro, de sus abuelos en su cumpleaños – 16 de Noviembre de 2030” – y levantó la mirada.
Ambos ancianos se relajaron visiblemente. El hombre bajo el arma y la mujer se acercó a Pedro con lágrimas en los ojos.
- Pedrito, mi nieto – y extendió sus brazos.
- Abuela Sandra – él respondió, poniéndose de pie y abriendo a su vez sus brazos.
Ambos se fundieron en un cálido abrazo. Pedro sintió lágrimas rodar por sus mejillas. Luego de un rato, se apartó de la abuela Sandra y miró al anciano.
- Abuelo Miguel – dijo
- Pequeño cabrón – dijo el anciano, acercándose y abrazándolo fuertemente, pero sin soltar el arma.
Finalmente, don Miguel dijo:
- ¿Por qué están acá como ladrones? ¿Por qué no golpearon la puerta?
- Porque teníamos miedo de asustarlos – respondió Pedro, abrazado a doña Sandra.
- No nos presentaste a tu novia – dijo doña Sandra.
- No soy la novia, señora – respondió Andrea, levemente molesta – Me llamo Andrea.
- Andrea, mucho gusto en conocerte – comentó sin inmutarse don Miguel, estudiándola - ¿Y a tenor de qué están ambos acá? Porque, mi querido nieto, hace veinte años que no venís por acá.
- Y también nos gustaría que nos expliquen, si pueden, cómo es que tienen dos caballos tan soberbios y un carro repleto de armas – comentó doña Sandra, con expresión seria.
Pedro y Andrea se miraron, confusos. Un silencio embarazoso se extendió por el establo, sin saber ambos jóvenes que replicar.
- ¿Cómo saben que tenemos armas? – preguntó Andrea.
- Porque antes de despertarlos, revisamos el carro. Las armas que tienen son modernas, sobre todo las pistolas láser. ¿Saben usarlas? – preguntó con astucia don Miguel, levantando la escopeta. Pedro se sobresaltó nuevamente.
- Abuelo, te prometo que Andrea y yo vamos a contestarte todas las preguntas que nos hagan, pero por favor bajá esa escopeta.
- ¿Esta escopeta? – respondió don Miguel - Está descargada. No sirve para nada.
Andrea y Pedro se sintieron unos idiotas.
- Es usted inteligente – comentó a regañadientes Andrea.
- Astucias de viejo – respondió el anciano con un guiño - ¿Pasamos a la casa?
Salieron del establo por una puerta lateral. Pedro pudo comprobar que era de noche y estaba fresco. Un camino de pequeñas baldosas grises unía el establo con la casa y atravesaba un pequeño jardín primorosamente cuidado cuyo césped estaba prolijamente cortado. La puerta a la que se acercaban era de algarrobo y cristales cuadrados, con una pequeña cortina impidiendo la visión del interior de la casa. A la derecha había un gran ventanal, también cubierto por una cortina. Delante del ventanal había un cantero con flores de todo tipo: rosas, jazmines y claveles, dando un toque de color.
Al entrar se encontraron en una pequeña cocina-comedor. A la izquierda había una mesada metálica, con un bajomesada de algarrobo. En su extremo, una cocina eléctrica Braun tenía en una de sus hornallas una olla de acero quirúrgico despidiendo vapor y en otra hornalla, de una olla más chica salía un aroma que recordó a ambos jóvenes que tenían hambre, aunque no identificaron qué era lo que se cocinaba. Un poco más lejos, una vieja heladera Whirlpool ronroneaba suavemente. Al lado de la heladera, una puerta cerrada comunicaba con otras habitaciones de la casa. Sobre el marco de la puesta, un reloj digital marcaba las 21:35 horas del domingo 29 de Mayo de 2050. A la derecha de la puerta por donde habían entrado había una mesa de algarrobo con seis sillas a su alrededor; una en cada cabecera y dos a cada lado de la mesa. Cuatro platos, cuatro vasos y sus respectivos cubiertos, todos sobre manteles individuales y una jarra con agua completaban la decoración de la mesa. Viendo esto, Andrea y Pedro se miraron extrañados, pero antes de que él dijera algo, ella se le adelantó:
- Don Miguel.
- Decime – respondió el anciano, mientras se sentaba en una de las cabeceras de la mesa, la más lejana respecto a la puerta por donde habían entrado.
- ¿Nos estaban esperando? – preguntó Andrea, mientras se sentaba a la diestra de don Miguel.
- ¿Por qué decís eso? – preguntó a su vez él, al tiempo que Pedro se sentaba a la izquierda de su abuelo.
- Por que veo cuatro platos puestos, y ustedes son dos nada más.
- Los descubrimos en el establo alrededor de la media tarde – respondió doña Sandra, parada cerca de la cocina – gracias a los caballos, ya que nosotros no tenemos desde hace mucho.
- El estado de agotamiento de ustedes dos era tal – prosiguió don Miguel – que entramos haciendo ruido y ni se inmutaron. A vos te reconocimos inmediatamente, Pedrito. A pesar de los veinte años pasados, no cambiaste mucho, pero la incógnita eras vos, Andrea.
- Pero yo le dije que pensaba que no había problemas entre ustedes dos – dijo doña Sandra – ya que estaban durmiendo abrazados y vos, Andrea, dándole la espalda a Pedro, por lo que los dejamos dormir. Miguel es un viejo desconfiado.
- ¿Pero entonces – se enojó Pedro – para qué todo eso de la escopeta y de la medalla?
- Porque teníamos que asegurarnos – respondió don Miguel, mientras rellenaba de tabaco su pipa de hueso – de qué clase de personas eran.
- ¿Y cómo somos, según sus criterios? – interrogó Andrea, mientras se servía un vaso de agua.
- No son malas personas, si a eso te referís – dijo doña Sandra, mientras ponía unos tallarines en la olla con el agua hirviendo – pero hay muchas cosas que nos tienen que explicar.
- Antes de eso – interrumpió Pedro, ansioso - ¿estás haciendo fideos con salsa fileto?
- Los que te gustaban, mi nieto. ¿Te olvidaste?
- Me parecía recordar el olor a la salsa, pero hace tanto que no la como.
- Sí, veinte años – refunfuñó don Miguel
- ¿Son los fideos que reparte el Ministerio Mc Donald´s? ¿Esos que son espantosos, con ese colorante tóxico? – quiso saber Andrea, ganándose una fulminante mirada de Pedro.
Don Miguel y doña Sandra la miraron con compasión.
- No, hija – respondió doña Sandra – Los conseguimos por otros medios que no son los oficiales, como comprenderás. Estos son fideos como cuando éramos jóvenes, con harina y huevo verdaderos, lo mismo que la salsa. Los tomates los cultivamos nosotros, como así también otras verduras y hortalizas.
- Pero no vi una huerta al entrar acá – presionó Andrea.
- Tiempo al tiempo, jovencita – la atajó en seco don Miguel – Acá, las preguntas las vamos a hacer nosotros. Quiero recordarte que fueron ustedes los que vinieron como ladrones a nuestra casa, así que no seas impertinente.
Los hermosos ojos de Andrea se llenaron de fuego ante la cortante respuesta de don Miguel, pero éste sostuvo su mirada sin pestañear. Al cabo de unos tensos momentos, la joven bajó la cabeza.
- Discúlpenme ambos – pidió Andrea – Estas últimas horas fueron complicadas para nosotros.
- No te hagas problemas – la consoló doña Sandra, pasando su brazo sobre los hombros de Andrea – A veces, mi marido es un poco cortante cuando habla – al oír esto, don Miguel bufó.
Cuando iba a replicar, el sonido de palmadas se dejó oír desde el frente de la casa, haciendo que ambos jóvenes se sobresaltaran.
- Tranquilos los dos – los atajó doña Sandra – Viejo, fijate quien es.
- De acuerdo – repuso don Miguel – Ustedes dos, ¡callados! – y salió de la cocina-comedor.
Al salir por la puerta principal, don Miguel se encontró con dos oficiales de la Policía Platense. Uno de ellos, que parecía ser el superior, tenía colgada a su derecha una pistola láser y a su izquierda un látigo neurónico. El otro oficial estaba armado con un rifle de iones. Detrás había una patrulla eléctrica con sus luces azules pulsantes. El oficial de mayor rango hizo la venia al ver al anciano.
- Buenas noches, don Miguel.
- Buenas noches, comisario Villegas – repuso don Miguel, estrechándole la mano - ¿Quiere pasar a tomar algo?
- No, se lo agradezco – contestó el comisario, meneando la cabeza – Estoy de servicio.
- ¿Y en qué lo puedo ayudar?
- Estamos pasando casa por casa para advertir a los vecinos que nos informaron que por la zona andan merodeando unos peligrosos delincuentes.
- Deben ser realmente peligrosos para que usted vaya casa por casa – comentó don Miguel.
- Imagínese – dijo el comisario – para que la superioridad nos informe de que hay que buscarlos…
- Entiendo. ¿Tiene alguna descripción?
- En realidad, no – admitió el comisario – pero lo que sí sabemos es que son dos; más exactamente una mujer y un hombre. Se desplazan en un carro tirado por dos caballos y se escaparon de Saladillo, donde el general Zabal fue malherido.
- ¿Son Patriotas, entonces? – preguntó don Miguel.
- ¿No se lo dije? Discúlpeme. Si, efectivamente, son Patriotas, y por eso de cuidado. Si ve o sabe algo, avísenos.
- Descuide. ¿Pero de verdad no quiere pasar a tomar algo?
- Gracias, don Miguel, pero el deber llama – se lamentó el comisario – Salude a doña Sandra de mi parte.
- Igualmente a su esposa, comisario.
Se estrecharon nuevamente las manos y, luego, ambos policías subieron a la patrulla y se dirigieron a otra casa distante unos veinte metros, bajo la atenta mirada de don Miguel. El anciano se volvió y entró a su casa.
Al llegar a la cocina-comedor, la tensión era palpable. Don Miguel cruzó una mirada con doña Sandra y se volvió a sentar a la cabecera de la mesa.
- ¿Qué pasó? – preguntó Pedro, ansioso. Andrea miraba al anciano intensamente.
- Vino el comisario Villegas – le dijo don Miguel a doña Sandra, ignorando olímpicamente a ambos jóvenes.
- ¿Y qué quería? – respondió su esposa, trayendo en sus manos una fuente con tallarines al fileto.
- Vino a avisarnos que tengamos cuidado, porque por la zona andan dos peligrosos delincuentes, Patriotas para más datos – al escuchar esto, Andrea y Pedro respingaron, hecho que no se les paso por alto a ninguno de los dos ancianos. – El comisario me dijo que se desplazaban en un carro tirado por dos caballos, y que provienen de Saladillo, donde hirieron al general Zabal.
- ¿Y para qué vendrían hasta acá? – preguntó doña Sandra, mientras servía la cena – Porque yo me hubiera ido a los Territorios Disponibles, y no para el otro lado.
- Efectivamente – contestó don Miguel – a menos que por esta zona haya algo o alguien que los pueda ayudar. Chicos, ¿ustedes no saben nada? – preguntó el anciano maliciosamente.
Andrea y Pedro se miraron con el susto pintado en sus rostros. Como si se leyeran mutuamente el pensamiento, ambos llegaron a la misma conclusión: sus perseguidores estaban muy cerca. Pedro tomo su decisión.
- Abuelos – dijo, la cabeza gacha.
- ¿Sí? – respondieron doña Sandra y don Miguel al unísono.
- Esos fugitivos somos nosotros – musitó.
- ¿Y cómo pasó que mi nieto se convirtiera en un terrorista? – dijo con tono de desagrado doña Sandra.
- ¡No somos terroristas! – saltó Andrea - ¡Peleamos por ser un país libre y democrático!
- ¿Ah, sí? ¿Y ustedes eligieron democráticamente a sus líderes? – rebatió don Miguel. Andrea se quedó muda.
- Lo que me imaginaba – continuó el anciano – Pelean por algo que ni siquiera conocen. ¿Se creen acaso dueños de la verdad?
- ¡No es así! – terció Pedro, con una vehemencia que sorprendió a todos, incluso a él - ¡Vi las mentiras que nos dijeron por décadas!
- ¿Y de dónde sacaste eso? – atacó doña Sandra - ¿De la propaganda de ellos? – dijo, señalando a Andrea.
- ¡No es propaganda! – gruñó Andrea – Es la pura verdad.
- La verdad tiene mil caras – pontificó don Miguel – Y la verdad, en manos de las personas, es maleable.
- Abuelos – dijo en tono contemporizador Pedro – trajimos unos HVDs que, quizás, los ayude a comprender por qué estamos peleando, pero no somos terroristas.
- Todavía no respondieron a mi pregunta – insistió doña Sandra.
- Si me permiten, quisiera contarles cómo y por qué llegamos acá – dijo Andrea.
- Mejor, empezá desde el momento en que nuestro nieto se unió a ustedes, si es que lo sabés. – dijo don Miguel.
- Sí, lo sé.
Y Andrea comenzó su relato desde el momento en que se encontró con Pedro en el café Tortoni, mientras el resto daba cuenta de la cena. Ocasionalmente, ella se interrumpía para también comer. La cena concluyó y doña Sandra preparó café (de verdad, no sucedáneo), mientras don Miguel encendía otra pipa. Andrea proseguía con la historia, ayudada ocasionalmente por Pedro, quien también participaba del relato. Los dos ancianos se mantenían en absoluto silencio. Horas después…
- … y ustedes nos encontraron en el establo. Eso es todo – finalizó Andrea con la boca reseca de tanto hablar. Se sirvió un vaso de agua y lo tomó con desesperación. Pedro aguardó expectante la reacción de sus abuelos.
Don Miguel observaba a los jóvenes detrás de una nube de humo, con los ojos entrecerrados y su pipa en la comisura derecha. La misma expresión tenía doña Sandra, su mentón apoyado en la palma de su mano derecha, jugueteando con una cucharita de café con la otra mano. Al cabo de unos instantes de silencio, don Miguel habló:
- Si no fuera por el carro, los caballos y lo que trajeron en el carro, no creería una palabra de lo que contaron. ¿Todo eso te pasó en escasos cuatro días?
- Sí, abuelo – respondió en voz baja Pedro – Pero quedate tranquilo, que yo tampoco puedo creerlo.
- En definitiva, ¿por qué te uniste a los Patriotas: por convicción nada más? – preguntó doña Sandra, mirando socarronamente a su nieto.
- Así es, en efecto – respondió él, pero nadie le creyó. Andrea ladeó su cabeza y lo miró enternecida.
- Ahora ya es tarde – dijo don Miguel, mirando el reloj de la pared – pero mañana vamos a tener que tomar una decisión con respecto a ustedes.
- Por esta noche – siguió doña Sandra – pueden usar la habitación de huéspedes de la planta alta. Aprovechen y descansen, ya que no creo que puedan salir de la casa por un tiempito.
Andrea y Pedro se incorporaron, dijeron “hasta mañana” al unísono y salieron de la cocina-comedor, entrando al living de la casa. Éste era amplio, con un hogar de leños encendidos y unos amplios ventanales, ahora cubiertos por unas pesadas cortinas. También había un juego de sillones de algarrobo que hacían juego con la puerta principal y los marcos de los ventanales. En un rincón había un bar, también de algarrobo, con algunas copas de diversas formas y capacidades colgadas boca abajo, junto con algunas botellas de whisky, ron y otras bebidas que no supieron identificar. Todo respiraba antigüedad y ambos jóvenes lo encontraron encantador. A un costado había una escalera, también de madera, hacia la cual se dirigieron.
Subieron, para encontrarse en la mitad de un pasillo de madera, de frente al baño. Hacia su derecha había una puerta entreabierta y una tenue luz salía del cuarto y hacia allí se dirigieron, haciendo crujir levemente la madera del piso a su paso. En la habitación encontraron una cama matrimonial de algarrobo junto con dos mesitas de luz. Sobre ellas, sendos veladores iluminaban suavemente la habitación. A la izquierda había un armario con sus puertas espejadas y, sobre la cabecera de la cama, una ventana con cortinas semitransparentes dejaba pasar la luz blanco-violácea de la luna. Al pie de la cama había un gran baúl con una nota sobre la tapa del mismo. Andrea tomó esa nota y leyó:
“Dentro de este baúl están las cosas que trajeron en el carro, y también ropa más cómoda. Que descansen. S y M”.
Al abrir el baúl, efectivamente estaban todas las cosas que los acompañaron desde Saladillo, junto con ropa, la cual sacaron.
- Lindo pijama – comentó Pedro, sosteniendo un pantalón corto y una remera, ambos de color verde agua.
- Lindo camisolín, aunque un poco corto – manifestó Andrea, observando la ropa que tenía en la mano, que era blanco con tiras finas.
Además de la ropa, Andrea sacó la radio de ultraondas y la encendió.
- ¿Para qué hacés eso? ¿No nos pueden detectar? – preguntó, preocupado, Pedro
- Con esta radio no – repuso calmadamente Andrea – las ultraondas son indetectables. De todos modos, voy a ser rápida.
Ella movió ágilmente sus dedos por la pequeña consola y oprimió el botón de TRANSMITIR. Una luz se encendió de color rojo y, luego de unos segundos, pasó a verde. Acto seguido, Andrea apagó la radio y la guardó.
- Listo, transmisión hecha – comentó ella como para sí misma, al tiempo que se daba vuelta para mirar a Pedro. Él estaba desabrochándose la camisa.
- ¿Vas a volver a pegarme si te veo cambiarte de ropa? – le preguntó pícaramente Pedro.
- ¿Y por qué haría eso? – replicó Andrea con un mohín, mientras se sacaba la blusa.
- Emmm… – titubeó Pedro, sintiendo que le subía la sangre, mientras peleaba con la hebilla del cinturón.
- No te entiendo – rió ella, desabrochando y dejando caer sus pantalones de fajina.
- Gdfgsr….ero – farfulló él, también sin pantalones.
- ¿Cómo? – dijo Andrea, acercándose.
- Que te quiero – confesó Pedro, tomándola por la cintura.
Andrea se estremeció al contacto de sus manos, pero más la conmocionó lo que él dijo. Un torbellino de sensaciones la envolvió mientras ponía sus manos en la nuca de Pedro. ¡Cuánto hacía que no le decían eso! Había blindado sus sentimientos por la causa, también por haber matado y haber visto morir a muchos compañeros, pero sentía que la capa de hielo que rodeaba su corazón se estaba derritiendo rápidamente. La distancia entre ambos se redujo rápidamente cuando Pedro, decidido, la besó con toda la ternura de la que fue capaz y ella le respondió de la misma manera. Al rato ella, clavando sus hermosos ojos verdes en los de él, le dijo:
- Yo también te quiero – y lo besó apasionadamente.
A Pedro le daba vueltas la cabeza como un trompo. En los últimos días sintió que iba a perecer ahogado en el maremágnum de emociones que vivió, y ahora esta mujer, que lo había deslumbrado la primera vez que la vio, le decía que lo quería. ¿Era un sueño, o era realidad? Al sentir el calor del cuerpo semidesnudo de Andrea junto al suyo decidió, con alegría, que era verdad. Sin decir palabra alguna la desvistió completamente y ella hizo lo mismo. La alzó en sus brazos y la llevó a la cama, donde la dejó suavemente y comenzó a acariciarla. Ella suspiró de placer y cerró los ojos. Pedro recorrió su magnífico cuerpo con sus dedos y sus labios, mientras Andrea gemía como un ronroneo. Cuando creyó que ella estaba cerca del éxtasis, él le separó delicadamente sus largas piernas y la penetró dulcemente, y ella se arqueó para recibirlo. Los jadeos crecieron en volumen y él la llevó sabiamente hasta el orgasmo, para luego explotar en el suyo.
- Eso fue hermoso – dijo Andrea en un susurro – No salgas.
- No pensaba hacerlo – murmuró Pedro.
Luego de unos momentos, ella le dijo al oído con una voz tremendamente sensual:
- Ahora acostate vos.
Él así lo hizo, con oleadas de calor surcándole todo el cuerpo. Ella contempló por un rato el musculoso cuerpo de Pedro, y comenzó a besarlo y acariciarlo. Pedro comenzó a gemir y a retorcerse de placer, mientras ella lo recorría apasionadamente. Luego, Andrea subió encima de él y lo deslizó dentro de ella. Pedro la vio, bañada por la luz de la luna que entraba por la ventana, y comprendió que ya no podría vivir sin ella. Andrea comenzó a moverse, al principio suavemente, pero luego más rápidamente, mientras venía a su memoria un pasaje de “La casada infiel” de Federico García Lorca:
Aquella noche corrí
el mejor de los caminos,
montado en potra de nácar
sin bridas y sin estribos.
Pero por supuesto, en vez de potra de nácar era potro de piel morena, pensaba ella, mientras sentía que su hombre estaba a punto del orgasmo. Y ella también. Al fin, luego de varias horas, exhaustos, se durmieron abrazados olvidándose de todo mientras que, por la ventana, la noche dejaba paso al día.