LA NACION – El Instituto Oftalmológico Carlos Saúl I presentó en sociedad los nuevos injertos oculares que permiten al usuario cambiar de color sus ojos con sólo pensarlo. Además, permiten ver a mayor distancia que lo normal, emulando a una antiquísima serie de TV llamada “El Hombre Nuclear”. Los científicos predicen que el uso de prótesis para mejorar las capacidades del cuerpo humano estará en boga en escasos años.
El lunes 30 de Mayo amaneció nublado en la ciudad de Baires y de la misma forma estaba el ánimo del coronel Bondini. El día anterior, luego de hablar con su contacto en la Secretaría de Estudios Biológicos después de la reunión que mantuvo con el Secretario del Tesoro Valloca, Bondini se dirigió a su departamento en la villa Retiro, coloquialmente conocida por “Villa 31”. Al desaparecer los trenes, gracias al Precursor, esos inmensos y valiosísimos terrenos fueron despejados de los viejos edificios y se encararon diversos proyectos inmobiliarios. Los que se opusieron fueron los habitantes de la Villa 31, cochambrosa reunión de casas mal hechas y de parásitos que no pagaban sus impuestos. Fiel a su costumbre de hombre de acción, el Precursor ordenó erradicarlos, lo que se hizo sin contemplaciones. Los que resistieron fueron masacrados y los que no los mandaron al Sur, a trabajar la tierra.
Cuando Bondini llegó a su departamento vio que todo estaba en su lugar, pero como hombre meticuloso que era, revisó las marcas que había dejado para controlar que no haya entrado nadie. Miró el cesto de basura que estaba al lado de su escritorio. El canasto era un anacronismo en esa época de basureros autolimpiantes, pero a él le era útil como indicador de intrusos. Dentro del cesto había unos trozos de papel cubiertos con ceniza de cigarrillo y desparramados al azar, pero Bondini había dejado uno de los trozos orientado de una forma determinada, pero ahora no estaba como él lo había dejado. Me están vigilando, pensó. Seguramente ahora estoy siendo observado y oído. Recordó la advertencia de Valloca que se encontraba en grave peligro. Ese viejo maricón tenía razón, pensó el coronel, mi situación es realmente grave, pero tengo que contactarme con el resto de los conspiradores de la forma que sea pero, ¿cómo hacerlo? Con ese pensamiento, se sirvió un Chivas y se sentó en su sillón favorito. No tengo que levantar sospechas, razonaba Bondini mientras saboreaba el whisky, me están viendo. Inmerso en estas cuestiones, se quedó dormido.
Se despertó sobresaltado y miró su reloj. Las 6:00 de la mañana. Dormí más de 12 horas, pensó asombrado. ¿Tan cansado estaba? Se incorporó de un salto y fue a hacer sus abluciones matutinas al baño. Se miró al espejo y éste devolvió una mirada cansada con ojeras muy marcadas y los ojos enrojecidos. Tengo que sobreponerme al cansancio y contactarme con los otros conspiradores. Tomó un desayuno rápido, se puso su uniforme de diario y salió.
En la puerta del edificio Mitre, que se alzaba donde antes estaba la estación de trenes del mismo nombre, se encontraba estacionado su vehículo personal cedido por las Brigadas Deudoras, al cual subió. Bondini sacó de su cinturón un pequeño dispositivo anti-espía y lo colocó en el tablero para revisar que no hayan puesto rastreadores satelitales u otro artilugio espía. El resultado fue negativo por lo que, satisfecho, guardó el dispositivo y se puso en marcha. Avanzó por la avenida Ramos Mejía y giró en la del Precursor, mirando de vez en cuando la pantalla que hacía las veces de espejo retrovisor controlando que no lo siguieran. Por la avenida se desplazaban varios carros, bicicletas y alguna que otra patrulla policial, cada uno en sus asuntos, sin prestar atención al vehículo militar que avanzaba con rapidez. Bondini volvió a controlar la pantalla retrovisora y le pareció que a la bicicleta solar azul que estaba detrás de él la había visto al salir del edificio Mitre. Al llegar al cruce con la avenida 4 de Julio se detuvo frente al semáforo que estaba en rojo, no permitiendo el giro a la izquierda. Aguardó, expectante, mientras no quitaba ojo de la pantalla y de la bicicleta que se encontraba a unos veinte metros detrás de dos carros a pedal familiares. El semáforo cambió a verde, pero Bondini no se movió, simulando una falla mecánica e incurriendo en la ira del conductor del carro a pedal que tenía atrás, demostrada por los continuos bocinazos. El coronel no se movió hasta que cambió el semáforo a rojo, momento en que apretó el acelerador a fondo casi causando un accidente a los que venían por la mano contraria, pero logrando su objetivo de sacarse a su perseguidor de encima.
Sin otros problemas, Bondini arribó al Regimiento I Patricios Deudores. Al llegar a su oficina, sacó de un cajón de su escritorio el chip que le dio el general Zabal en caso de que a él le pasara algo. Lo insertó en su holoPC, luego del rutinario reconocimiento de retina y extrajo otro chip del cajón para copiar la información del original. Activó su celular implantado y musitó un código, iniciando la encriptación de la llamada. Luego, dijo un número y aguardó. Al cabo de unos momentos, oyó que alguien atendía y el coronel dijo:
- San Martín y Rodríguez Peña.
- Alvear y Pueyrredón – respondió una voz masculina. – Esperaba su llamada, coronel.
- General Moscani – dijo Bondini respetuosamente – Sabrá las últimas novedades.
- ¿Es cierto que mi camarada Zabal cayó en combate?
- Desgraciadamente sí, mi general. Es una tremenda pérdida para el país.
- Ciertamente – dijo Moscani, quedamente – pero hay que seguir adelante, coronel. La Patria nos reclama.
- Así es, mi general – suspiró Bondini – Necesito verlo.
- Lo espero en una hora. Ya sabe donde – dijo Moscani y cortó.
Bondini tomó su maletín, salió de la oficina, subió a su vehículo y repitió la revisión que arrojó el mismo saldo negativo. Al salir del cuartel hacia la derecha echó un vistazo a la pantalla controlando que nadie lo siguiera. Cuando llegó al cruce con Luis María Campos tomo por esa arteria, recorrió unos veinte metros y se detuvo esperando a un hipotético perseguidor, pero ninguna de las bicicletas o carros que circulaban por allí parecía seguirlo. Suspiró y se puso en marcha nuevamente. Luego encaró la estrecha calle Ravignani. No había recorrido más de 20 metros, cuando un niño con una pelota se cruzó en su camino, provocando una brusca maniobra.Bondini lo esquivó a duras penas, pero su vehículo se estrelló contra un poste, saliendo ileso del percance.
Cuando se bajó del vehículo, aún conmocionado, el niño todavía estaba allí parado en medio de la calzada, abrazado a su pelota, los ojos desmesuradamente abiertos, como sin creer lo que había pasado. Bondini se le acercó medio furioso, medio aliviado.
- ¿Estás bien? – le preguntó.
Por toda respuesta, el niño retrocedió un paso y sus ojos se desviaron ligeramente hacia la derecha. Bondini comprendió tarde que había caído en una trampa. Una aguja se clavó en su cuello y lo paralizó, pero no cayó al suelo porque unas fuertes manos lo sujetaron, al tiempo que le ponían una capucha en su cabeza. Sintió que lo alzaban del suelo y se lo llevaban, al tiempo que alcanzaba a oír una explosión.
Luego de lo que al coronel le pareció una eternidad, lo depositaron en una silla y sintió que otra vez le clavaban una aguja. Sus brazos y piernas, antes de piedra, cobraron vida nuevamente. Notó con sorpresa que no estaba atado ni inmovilizado a la silla de ninguna forma.
- Puede sacarse la capucha – le ordenó una voz marcial.
Lentamente, Bondini se la sacó y parpadeó para aclarar la visión. Miró a su alrededor, comprobando que se encontraba en una especie de fábrica o taller abandonado. Unas sucias ventanas en lo alto dejaban pasar algo de claridad y un balcón corría bajo las ventanas, por donde algunos soldados armados montaban guardia. Al bajar la mirada, el abandono del lugar era más evidente, en la forma de oxidados tornos, sierras eléctricas rotas y torcidos bancos de trabajo, todo cubierto por una omnipresente capa de polvo. Frente a él estaba un hombre de unos sesenta años, sentado con la espalda derecha, sus manos sobre su regazo. Su amplia frente y sus cejas levemente tupidas reforzaban su fuerte mirada, acentuada por el verde felino de sus ojos y una cicatriz que corría por su frente.
- General Moscani – dijo Bondini con respeto, haciendo ademán de pararse.
- No se levante – cortó Moscani – no es necesario. En realidad, debo pedirle mis más sinceras disculpas por la forma en que lo trajimos acá.
- ¿Por qué? – preguntó Bondini perplejo.
- Lo estaban siguiendo – respondió Moscani con firmeza.
- Imposible – declaró Bondini – revisé mi vehículo varias veces y me aseguré que no lo hicieran. Es más, eludí a un perseguidor en la avenida del Precursor y 4 de Julio.
- Pero se olvidó de mirar hacia arriba, desde donde un vigía aéreo le pisaba los talones. Por suerte lo derribamos al capturarlo.
- Entiendo – asintió Bondini, recordando la explosión que escuchó y sintiéndose un tonto.
- Pues bien, ¿de qué se trata lo que me quería decir?
Por toda respuesta, Bondini le dio uno de los chips. En el acto, un soldado se acercó al general con un pequeño lector, el cual le entregó y se quedó parado al lado con un fusil láser en sus manos. Moscani insertó el chip en una ranura y comenzó a leer cuidadosamente la información que pasaba delante de sus ojos, mientras Bondini esperaba, recorriendo con la mirada el lugar donde estaba.
- Este es el plan completo del general Zabal – afirmó Moscani, sin dejar traslucir emoción alguna.
- Así es, general – dijo Bondini.
- La inteligencia de Zabal se manifiesta claramente en esto. Es un plan brillante – comentó el general, mientras otro soldado armado se paraba a su derecha. Bondini tuvo un mal presentimiento.
- ¿Cuáles son las directivas? – preguntó tensamente.
- Primero y principal – comenzó Moscani, mirándolo fijamente – no debemos dejar cabos sueltos. La SIDED está muy activa últimamente y estoy determinado a vencer – e hizo un leve gesto. Los hombres que estaban a su lado levantaron sus fusiles y apuntaron a Bondini. Éste se sobresaltó.
- Comprenderá – siguió Moscani – que no es nada personal, solo negocios. Usted está marcado por la SIDED y estrechamente vigilado. Un paso en falso suyo y todos terminaremos en el Centro de Rehabilitación del Fin del Mundo. Usted ya no es necesario para el plan; es más, usted es peligroso para nosotros.
Aunque no se movió un milímetro, Bondini dio la impresión de moverse a su izquierda. Casi instantáneamente, los soldados dispararon hacia ese lugar, dándole al coronel las décimas de segundo necesarias para extraer su pistola y disparar contra ellos acertando de lleno, pero cuando apuntó al general, éste ya se había escabullido entre las viejas máquinas. Sin tiempo a pensar, Bondini se arrojó al suelo y reptó hasta colocarse detrás de un torno, esquivando los disparos de los soldados apostados en los balcones superiores. Sin mirar, abrió fuego hacia los balcones mientras corría entre la maquinaria, viéndose recompensado por un grito ahogado y un golpe de algo que caía. Delante de él había una puerta, invitándolo a atravesarla. A la carrera, disparó contra ella, abriendo unos boquetes y matando al soldado que estaba detrás esperándolo. Pasó el umbral y volvió a arrojarse al suelo, evitando los disparos provenientes de una oficina y arrastrándose detrás de un escritorio de metal. Mientras chequeaba la batería de su pistola, su mirada se vio atraída por el cuerpo del soldado que recién había eliminado, observando que tenía algunas granadas y baterías de repuesto en su cinturón. Con sumo cuidado, pero apresurándose antes de que llegaran refuerzos, alcanzó al cadáver y lo arrastró hasta su escondite, ganándose una ráfaga de disparos que calcinaron aún más al soldado muerto pero sin hacer impacto en él. Con las baterías y las granadas en su poder planeó su próximo movimiento.
Saliendo de su escondite de detrás del escritorio, disparó una andanada forzando a los soldados a bajar la cabeza, momento que aprovechó para lanzar una granada y zambullirse nuevamente detrás del escritorio. Segundos después, una explosión sacudió el edificio. Los ayes de dolor y de agonía de los soldados en la oficina competían con el crujido del techo que amenazaba con desplomarse. Bondini se incorporó y echó a correr hacia otra puerta a su izquierda, jadeando por el esfuerzo y la tensión. Apenas la traspuso, un estruendo anunció el derrumbe del techo y el comienzo del desastre. Sin dejar de correr entre vagones viejos, recuerdos de otra época, Bondini miró por sobre su hombro y vio aterrorizado que el techo y las paredes se desmoronaban detrás de él. Aceleró su carrera, saltando por sobre los restos de maquinaria, sillas y restos ferroviarios. Súbitamente, un soldado salió de su escondite y le apuntó, pero entonces viró en redondo y echó a correr en otra dirección al ver el derrumbe del viejo taller ferroviario. Sin detenerse el coronel traspuso otra puerta, que resultó ser la salida del taller, y siguió corriendo hasta que se alejó unos cien metros. Se volvió y pudo ver que el taller desaparecía envuelto en una nube inmensa de polvo y un estruendo semejante a un prolongado trueno.
Sucio, transpirado y manchado de sangre, el coronel Bondini se encontró temporalmente a salvo, en una calle sin nombre. Ahora podía pensar en lo ocurrido. ¡Casi lo matan! No podía creerlo. El general Moscani, un hombre sumamente respetable, había querido eliminarlo a él, que había diseñado junto al general Zabal el plan para derrocar al Supremo Regidor, con la excusa de que ya no era útil y era peligroso. Increíble. ¿Y dónde iría ahora? Era un fugitivo, un hombre fuera de la ley, perseguido por el Gobierno y por los conspiradores. Su vida estaba realmente en peligro. Contactar a Valloca era imposible, ya que lo pondría otra vez en la mira de sus perseguidores. Él se lo había dicho. ¿Entonces? Inadvertidamente, se palpó el bolsillo izquierdo de su chaqueta, comprobando que el chip con los datos completos del plan estaba allí.
Echó a caminar, pensando en las vueltas de la vida y en quiénes podrían ayudarlo. Hasta hace escasos días, perseguía, torturaba y mataba a aquellos en los que forzosamente tenía que confiar. El coronel Rubén Bondini estaba seguro que el chip le compraría seguridad cuando se entregara a los Patriotas.