INFOBAI – En la fronteriza ciudad de Bahía Blanca, durante un control de rutina, en un carro de transporte de trigo se encontraron a 10 tucumanos que querían entrar ilegalmente en el territorio de la República Deudora Argentina. Los mismos se hallaban escondidos en cajones que, supuestamente, debían transportar el cereal. De acuerdo a la Ley de Migración Interna, los transgresores, junto con el conductor del carro, fueron sumariamente ejecutados.
Andrea se desperezó lentamente y bostezó. Parpadeó, tratando de recordar dónde estaba. Ah, sí, estaba en Valeria del Mar, en la casa de los abuelos de Pedro. Se sentó y miró a su izquierda, donde todavía dormía Pedro. Una sonrisa se dibujó en el rostro de ella, al recordar la apasionada noche que vivieron. Le era difícil a Andrea poner en claro sus sentimientos hacia él, pero sentía algo más que cariño. ¿Sería amor? No, demasiado pronto, ¿o sí? Mejor dejar esto para otro momento, pensaba ella mientras se levantaba de la cama y se vestía. Miró su reloj y abrió grande sus hermosos ojos. ¡Las 14:30! ¿Habré recibido respuesta del Alto Mando? Se dirigió al pie de la cama y abrió el baúl, sacando la radio. Cuando iba a activarla, Pedro se removió en la cama y se despertó.
- Buen día, vago – le dijo risueña Andrea.
- Si vos recién te despertás – retrucó él, adormilado
- ¿Y cómo sabés vos eso?
- Porque me desperté hace algo más de una hora y vos estabas roncando, así que me di media vuelta y seguí durmiendo.
- ¿Y por qué no me despertaste?
- Es que te vi tan hermosa que me dio pena – le dijo Pedro con una sonrisa.
Ella se la devolvió y se inclinó sobre la consola de la radio, al tiempo que Pedro comenzaba a vestirse.
- ¿Alguna respuesta? – preguntó él.
- Vamos a ver – respondió Andrea, mientras manipulaba la consola.
La pequeña pantalla de la radio de ultraondas se encendió y unas líneas de texto comenzaron a aparecer. Los ojos de Andrea se movían leyendo el mensaje. Al cabo de un rato, el mensaje terminó y Andrea apagó la radio.
- ¿Y? – dijo impacientemente Pedro.
- Nos informan que van a mandarnos algunas cosas para una misión – respondió ella
- ¿Acá?
- Sí, ¿por qué? – preguntó Andrea extrañada.
- ¿Poniendo en riesgo a mis abuelos? – Pedro comenzó a enojarse - ¿No se te ocurrió pensar que si alguien ve a algún sospechoso de ser Patriota merodeando por esta casa, podría pensar que mis abuelos tienen algo que ver?
- No, no se me ocurrió – admitió ella.
- Mejor bajemos – bufó él – Y preparémonos para lo que nos van a decir mis abuelos si nuestros amigos llegaron.
Ambos salieron de la habitación y bajaron para ir a la cocina-comedor, donde don Miguel y doña Sandra estaban sentados. Al entrar Andrea y Pedro, los ancianos los miraron con enojo.
- ¿Y bien? – comenzó doña Sandra.
- ¿Y bien, qué? – contesto su nieto, evadiendo el tema.
- ¿Serían tan amables de explicarnos cómo llegó esta caja a nuestra casa? – dijo don Miguel con rabia contenida, señalando con su mano una caja gris que estaba en un rincón.
- ¿Dónde la encontraron? – preguntó Andrea con un hilo de voz.
- Frente a la puerta trasera – respondió doña Sandra con un tono que hizo sobresaltar a Pedro – Supusimos que era para ustedes. ¿Es así?
- Sí – dijo Pedro con voz baja.
- ¿Así pagan nuestra hospitalidad? – bramó don Miguel, parándose rojo de ira - ¿Arriesgando nuestra vida? ¡En este pueblo nos conocemos todos y cualquier desconocido llama la atención! ¿Y si algún informante del Gobierno veía cuando traían esta maldita caja? ¿Qué nos hubiera pasado a mi esposa y a mí? ¡Íbamos a ser acusados de terroristas y probablemente íbamos a terminar en una celda, gracias a ustedes!
- Pero, don Miguel…. – Andrea intentó decir algo
- ¡Pero nada! – rugió el anciano, ahora con su cara de color carmesí - ¡Desagradecidos, desconsiderados! ¡Quiero que se vayan lo antes posible de nuestra casa!
- Abuelo, irnos a la luz del día es peligroso para nosotros – terció Pedro
- ¡Y A MI QUE ME IMPORTA! – Pedro pensaba que su abuelo no podría alzar más la voz, pero se equivocaba - ¿Acaso ustedes pensaron en nosotros? ¡No, claro que no! ¡Váyanse con esa maldita caja y no vuelvan más! – y se desplomó en su asiento. Doña Sandra corrió a auxiliarlo.
Pedro se adelantó a ayudar a su abuelo, pero su abuela lo rechazó con un gesto de su brazo.
- Váyanse, por favor – dijo la anciana, mientras le daba un vaso de agua a su marido
- No quisimos causar problemas – musitó él
- Pero lo hicieron – y le volvió la espalda.
Pedro miró a Andrea con tristeza. Ella se acercó a la caja, la tomó y salió de la cocina-comedor con la cabeza baja. Pedro fue detrás de ella. En el living, Andrea depositó la caja en el piso, la abrió y comenzó a revisar su contenido. Pedro se arrodilló a su lado y notó que contenía las lágrimas.
- Jamás me voy a perdonar si les pasa algo – murmuró ella.
- Vas a ver que no les pasa nada – la tranquilizó él, con un nudo en la garganta - ¿Qué tenemos aquí?
Lo primero que encontraron fue un asistente digital. Andrea lo encendió, y en la pequeña pantalla apareció el rostro de una mujer de unos sesenta años, morocha, con rasgos y mirada decididos.
- Capitana García, señor Díaz – comenzó a hablar – soy Aída López, comandante del Primer Cuerpo de los Patriotas. Me alegra que ambos estén bien El Alto Mando tiene una misión para ustedes, la cual no puedo detallarles ahora. En esta caja tienen todo lo necesario para comenzar esa misión. Encontrarán un reprogramador de huellas digitales y de retinas y unos chips con sus nuevas identidades. De lo que se llevaron de Saladillo sólo les serán útiles los chips y los HVDs, del resto nos ocuparemos nosotros. A las 23:00 de hoy deberán estar en la ruta 11 cerca de una vieja parada de micros, a unos 300 metros de donde ustedes están ahora. Un carro de transporte estará allí y ustedes dirán “Las once han dado y sereno”, el conductor deberá “Tranquila está la ciudad”. Eso es todo – y la imagen desapareció.
Mientras Andrea apagaba el asistente digital, Pedro sacó de la caja un aparato algo estrafalario que parecía una antigua videograbadora de casete con dos ranuras, una grande y una más pequeña, y una tapa en su parte superior.
- ¿Esto es el reprogramador? – preguntó
- Sí, es ese – confirmó Andrea – Y estas deben ser nuestras nuevas identidades – dijo, sacando dos tarjetas con chip. Una de ellas tenía su foto y decía “Romina Gastani” y la otra tenía la foto de Pedro y decía “Pablo Echorri”.
- Qué nombres raros – comentó Pedro - ¿De dónde los habrán sacado?
- Vaya uno a saber – se encogió de hombros ella – El Alto Mando tiene esas cosas extrañas.
- Ejem.
Ambos jóvenes se dieron vuelta y vieron a don Miguel parado bajo el marco de la puerta que comunicaba el living con la cocina-comedor. El anciano se acercó y tomó en un sillón frente a ellos.
- Quería pedirles disculpas por mi exabrupto – musitó don Miguel con la cabeza baja – Los traté bastante mal.
Andrea y Pedro se miraron incómodos.
- Abuelo – comenzó Pedro pero don Miguel, alzando una mano, lo interrumpió
- Necesito que entiendan algo. Desde que tengo uso de razón, a este país lo gobernaron en forma mediocre o mala, pero siempre hubo que trabajar, nada nos regalaron. La única forma de conseguir cosas fácilmente era siendo amigo de algún político.
“No les voy a negar que siempre tratamos de hacernos amigo de alguno, pero no tuvimos la suerte o la picardía de lograrlo. Esa mentalidad era y es típicamente argentina: la del facilismo, de conseguir cosas sin esfuerzo y acomodarse con el influyente de turno. No nos quedó otra que trabajar y ahorrar para asegurarnos la vejez, sin tomar demasiado en cuenta lo que perpetraban nuestros dirigentes y así lo hicimos hasta ahora, lejos de los políticos y en paz. Pero vuestra llegada amenazó la vida que mi esposa y yo llevamos desde hace décadas y me asusté y me descargué con ustedes, sin merecerlo. Por eso les pido disculpas”.
- Don Miguel – dijo Andrea, tomando la mano del compungido anciano – No tiene que darnos explicaciones. Lo entendemos perfectamente, ¿no? – le preguntó a Pedro. Este asentía repetidamente – Vinimos buscando refugio y les causamos complicaciones. Hoy nos vamos.
- ¿Por mi culpa? ¿Ya? – se inquietó don Miguel.
- No, no, abuelo – lo trató de calmar Pedro – Es que tenemos una misión que cumplir, no es por lo que pasó.
- ¿Seguro que es por eso? – preguntó suspicazmente don Miguel.
- Sí, don Miguel. No estamos enojados – dijo con una sonrisa Andrea.
- ¿Y a qué hora se van?
- Alrededor de las 22:30 – respondió ella.
El anciano miró el reloj de pared e hizo unos cálculos mentales.
- Eso nos da unas siete horas – murmuró para sí. Luego, mirando a Pedro y a Andrea, les dijo – Quisiera ofrecerles algo como compensación por el mal momento que les hice vivir.
- Abuelo, no es necesario – dijo Pedro, pero el anciano lo ignoró.
Éste se puso de pie, se dirigió al bar y lo rodeó. Debajo del mostrador había unas botellas vacías y algunas copas. Movió una de las botellas y una parte del piso se deslizó, dejando al descubierto una escalera. Pedro y Andrea se acercaron y miraron la abertura asombrados y se asombraron aún más al ver a don Miguel bajando por la escalera.
- Si tienen la cortesía de seguirme – dijo él, desapareciendo por la abertura.
Los otros dos se apresuraron a seguirlo por la escalera. Al pie de la misma, don Miguel los estaba aguardando. Pudieron ver que estaban en un túnel que tenía una suave pendiente. La iluminación la proveía unas antiguas barras murales de cuarzo color ámbar, pero no se veía más allá de unos escasos metros.
- Vamos – dijo don Miguel.
Los tres comenzaron a caminar y, a medida que avanzaban, las barras se iban encendiendo, mostrando el camino y apagándose a medida que continuaban adelante. Después de marchar unos veinte metros, se toparon con una puerta de acero totalmente lisa, salvo por una lente circular de color rojo, suave en sus contornos e intenso en su centro, dando la apariencia de un ojo que los observaba atentamente. Don Miguel se paró delante de la lente y levantó su mano izquierda a la altura de su cabeza y abrió sus dedos de tal manera que el mayor y el anular formaban una “V”, y dijo:
- In hoc signo vinces.
La pesada puerta se deslizó hacia la izquierda silenciosamente y entraron. Apenas pasaron, ésta se cerró y otra puerta los aguardaba. Un sonido sibilante se dejó oír y luego la puerta se abrió pero no se podía ver nada mas allá de ella. Apenas don Miguel traspuso el umbral, las paredes y el techo se encendieron con una luz blanca, revelando una habitación de unos cuarenta metros de frente por otros tantos de lado y de unos diez metros de altura y dentro de la habitación había……
- ¿Libros? – dijeron al unísono con un hilo Andrea y Pedro, atónitos.
Y así era. Estanterías tras estanterías atestadas de libros de todos los tamaños, temas y antigüedad, desde el piso hasta el techo separadas por unos angostos pasillos donde apenas podrían pasar dos personas de frente. A la derecha de donde estaban parados, había una escalera lo suficientemente alta como para alcanzar los libros que estaban en los anaqueles superiores, y a la izquierda había un pequeño sillón con un bebedero al lado del mismo.
- ¿Qué es esto, abuelo? – le preguntó Pedro, aún en el colmo del asombro.
- Esto, mi nieto – respondió don Miguel, pasando su brazo derecho sobre los hombros de Pedro – es el resultado de una tarea de décadas. Acá están guardadas las más grandes obras de la humanidad, negadas a nuestro pueblo por la dinastía riojana.
- ¿Pero cómo hiciste? – dijo Pedro, mientras Andrea miraba los libros con ojos muy abiertos, todavía llenos de asombro.
- Cuando Carlos Saúl I nos gobernó allá por 1989, una de las cosas esenciales que hizo fue degradar la calidad de la educación, la cual había sido de excelencia y un orgullo argentino. Cuando se fue en 1999, las universidades eran una sombra de lo que habían sido y la educación primaria y secundaria era vergonzosa. En 2007, al llegar al poder nuevamente, se propuso terminar con esa tarea, lo cual hizo conforme a su estilo, es decir, sutilmente.
“Primero bajó el presupuesto educativo a un mínimo y comenzó una campaña de desprestigio en contra del hábito de leer libros, considerándolos una pérdida de tiempo y alentando a la población (especialmente a los jóvenes) a volcarse a los medios audiovisuales, por supuesto controlados por el Gobierno. Como no se vendían libros de ninguna índole, las editoriales comenzaron a cerrar. Fue en ese momento que con tu abuela empezamos a recorrer librerías y a adquirir aquellos libros que nos parecieron importantes de conservar. Además estaban muy baratos, lo que facilitó nuestra tarea”.
“La segunda fase de la operación de exterminio de los libros fue el cierre de las bibliotecas barriales (que eran gratuitas), reemplazadas por videojuegos que eran más redituables. Muchos de esos libros terminaron en los basurales, y allí fuimos a buscarlos. A medida que pasaban los años, sólo los adultos o los ancianos poseían libros y los jóvenes sólo leían lo que los Centros de Información les daban, machacando con el hecho de que leer otra cosa era innecesaria. De esta forma, el Gobierno le dice a la gente lo que tiene que hacer y cómo, y la población lo hace. Y así estamos desde entonces”
- ¿Y hay forma de revertir eso? – le preguntó Andrea, mientras Pedro se perdía entre las estanterías.
- Es una tarea titánica – se encogió de hombros don Miguel – Volver a establecer escuelas y universidades después de tantos años sin existir ya es difícil, pero aún más difícil es convencer a los jóvenes a volver a las aulas y entrenar maestros y profesores. Hoy no tenemos ni maestros ni alumnos, por lo que su resurgimiento va a llevar muchos años.
- ¿Y si le dijera que nosotros, los Patriotas, mantenemos viva la llama de la educación? ¿Que dictamos clases a los niños que las necesitan? ¿Que tenemos maestros que arriesgan todo para dictar clases en forma clandestina? – dijo orgullosa Andrea.
- Bueno, me alegro que alguien haga algo – respondió don Miguel – sin embargo, son una minoría. La inercia de un pueblo no se cambia por sólo unos pocos, por más buena voluntad que haya. Dado que el aparato gubernamental es formidable, se necesita una fuerza similar o superior para desviar el curso de los acontecimientos.
- ¿Es decir?
- Es decir, que se necesita algo que conmocione al pueblo lo suficiente para exigir o realizar cambios profundos, por ejemplo, que se le muestre al pueblo la gran cadena de mentiras del Gobierno o algo así – razonó don Miguel – Allá por 2001 la gente, cansada de mentiras y rapiñas, salió a la calle y derribó a un presidente inútil.
- ¡Uy, que bueno! – se entusiasmó Andrea.
- No tan fácil – la atajó don Miguel – Detrás de un genuino deseo de cambio acechaban los enemigos políticos de ese Presidente y, gracias a la ineptitud de éste, fue fácil para sus oponentes aprovechar la furia del pueblo para derrocarlo.
- ¿Y se podría hacer algo así ahora? – preguntó esperanzada Andrea.
- Si se alcanza una masa crítica de gente que salga a las calles a protestar – comentó don Miguel – es posible, pero no me hago ilusiones. Los medios están férreamente controlados y el fantasma de los desaparecidos está vigente, sin contar el hecho que el pueblo está anestesiado y conforme con lo que tiene. Pero ya basta de charla, aprovechen el tiempo que tienen para disfrutar de un buen libro. ¡Los dejo!
Dicho esto, don Miguel desapareció por la puerta de entrada a la biblioteca, dejando a Andrea sumida en un sinfín de pensamientos. El viejo tenía razón, pensaba ella, había que darle al pueblo algo para que se despierte. ¿Serían los HVDs que ella y Pedro habían rescatado de Saladillo el medio para que estalle la revolución? Tenía que pensarlo bien. En ese momento, se acercó Pedro con un libro de tapas rojas en sus manos y se lo veía interesado en su lectura.
- ¿Qué tenés ahí? – se interesó Andrea. Pedro levantó la cabeza y parpadeó.
- “El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha” – respondió, mientras se sentaba en el sillón.
- ¿Y si lo leemos juntos? – propuso ella, sentándose a su lado, pasando una pierna por debajo del muslo de la otra.
- Dale – dijo él. Ella apoyó su antebrazo en el hombro de él y ambos se internaron en la Mancha.
Horas después, don Miguel bajó a buscar a los dos jóvenes, encontrándolos en el sillón enfrascados en la lectura, sin dar muestras de haberlo oído. El anciano sonrió y dijo:
- Hola – y, como no le respondían - ¡HOLA!
Andrea y Pedro saltaron al mismo tiempo y giraron las cabezas hacia ambos lados.
- ¿Qué hora es? – preguntó Andrea
- Las nueve de la noche – repuso don Miguel
- ¿Ya? – se asombró Pedro y miró su reloj - ¡No puede ser!
- Sí, puede ser – dijo risueño don Miguel – Cayeron bajo uno de los hechizos más lindos que Dios le concedió al ser humano: el de leer un buen libro, en especial ese, que es uno de los mejores libros de la historia. Muchos autores después de Cervantes se basaron en él. Hoy, 445 años después, sigue siendo la mejor obra en habla hispana que existe.
- Se nota – comentó Andrea, incorporándose - ¿Ya es hora?
- Me temo que sí – dijo apesadumbrado el anciano - ¿Vamos?
Los tres desandaron el camino hacia la cocina-comedor, donde doña Sandra los esperaba con la cena, cuyo aroma hizo crujir los estómagos de los jóvenes.
- ¿Qué estoy oliendo, abuela? – preguntó Pedro ansioso – Reconozco las papas fritas, pero lo otro, ¿qué es?
- Eso se llama milanesas. Y las papas fritas, aunque parecidas a la de Mc Donald’s, no son artificiales, son papas auténticas.
Andrea tomó una de las papas fritas, la olió y la mordisqueó.
- ¡Uy, que ricas! – exclamó ella – Nada que ver con la porquería que le venden a la gente.
- Y esperá a probar las milanesas – dijo don Miguel y se sentó a la mesa.
Pedro y Andrea tomaron asiento y, sin dilación, atacaron la colmada fuente de milanesas. En vez de comer parecía que devoraban, teniendo en cuenta que no habían probado bocado desde que se despertaron.
- ¡Chicos, tranquilos! – rió doña Sandra - ¡Se van a atragantar!
- Mmfgdgffff – trató de decir Pedro con la boca llena.
Un tiempo después, de las milanesas y las papas fritas no quedaban rastros. Andrea y Pedro se echaron atrás en sus sillas, suspirando de placer y de lo ahítos que estaban.
- No puedo creerlo – dijo Andrea con voz trémula, mientras los ancianos los miraban divertidos.
- ¿Qué es lo que no podés creer? – le preguntó Pedro con voz cansada.
- ¡Me comí 7 milanesas!
- ¿Y yo? Fácil me habré devorado unas diez.
- Siempre fuiste de buen diente – terció doña Sandra – Y veo que Andrea no se queda atrás. – Ella la miró con expresión culpable.
- No soy de comer así – dijo
- No te preocupes – la tranquilizó doña Sandra – La comida está para eso, para ser comida, valga la redundancia. Ahora, traten de descansar un rato, porque la hora se aproxima.
- Tiene razón – dijo Andrea, parándose con dificultad – Tenemos cosas que hacer. ¿Vamos, Pedro?
- Sí, vamos – repuso él, también con dificultades.
Los dos fueron al living donde estaban las cosas que iban a llevar. Andrea se acercó al reprogramador y lo encendió. De su frente salió una especie de bandeja con la silueta de dos manos dibujada sobre ella en relieve y en su parte superior se abrieron dos paneles. De uno de ellos surgió una varilla similar a la de las viejas antenas de radio de automóviles con algo parecido a unas antiparras de soldador en su extremo y del otro panel apareció una caja traslúcida. En la cara que daba de frente a Andrea había una ranura, donde ella insertó la tarjeta con chip que el Alto Mando le envió, puso sus manos sobre el relieve de la bandeja y acercó sus ojos a las antiparras. Inmediatamente la caja tomó un color verde esmeralda y se escuchó un suave zumbido. Unos segundos después, la caja se apagó y Andrea se apartó del reprogramador, parpadeando.
- ¿Cómo estás? – preguntó ansioso Pedro
- Bien, bien – dijo ella – Ahora te toca a vos.
Pedro tomó el lugar de Andrea y repitió los mismos movimientos de ella. Apenas acercó sus ojos a las antiparras, éstas se adhirieron a sus órbitas como si fueran imanes. El zumbido se dejo escuchar nuevamente y Pedro sintió un frío intenso en sus ojos y en sus manos, apenas tolerable. Luego de lo que le pareció una eternidad, el zumbido cesó y quedo libre del reprogramador.
- ¿Estás bien? – le preguntó Andrea.
- Sí, eso creo – parpadeó Pedro - ¿Cómo funciona esto?
- Exactamente cómo, no lo se – admitió ella – pero, básicamente, te dibuja de nuevo las huellas digitales y en tus ojos te pone una capa de biosilicona de una molécula de espesor, con un dibujo retinal que coincide con la información del chip.
- ¿Esto es para siempre? - gimió él con un dejo de pánico.
- No, no. Dura una semana, al cabo de la cual tus huellas digitales vuelven a la normalidad y la biosilicona se disuelve naturalmente. Dejame verte los ojos.
Andrea se acercó a escasos centímetros de la cara de él, le examinó los ojos cuidadosamente y dictaminó:
- Salvo por una pequeña irritación, parece que están bien – pero no se alejó.
- ¿Se te olvidó algo? – le preguntó Pedro sensualmente.
- Sí, esto – y lo besó
En ese momento un trueno dejó escuchar su poderosa voz, haciendo que ambos se sobresaltaran. A continuación, el murmullo de gotas cayendo sobre el techo les avisó que comenzaba a llover.
- Nos viene bien esto, ¿no? – comentó Pedro.
- Así es – dijo Andrea – Va a facilitar nuestra partida.
- ¿Tenemos todo?
- Así es – y palmeó la pequeña bolsa de cuero sintético atada a su cintura. – Vamos
Cuando entraron a la cocina-comedor, doña Sandra y don Miguel los estaban esperando con algo en sus manos.
- Como comenzó a llover y nos parece que va a llover aún más fuerte, nos pareció que podían llevar estos capotes – dijo doña Sandra – Los van a mantener bastante secos y también los van a abrigar.
En ese momento, se cortó la luz, sumiendo a todos en la oscuridad.
- Ya me esperaba esto – refunfuñó don Miguel, sacando una pequeña bombilla de átomo de uno de sus bolsillos y encendiéndola, iluminando la cocina-comedor con una fría luz blanca.
- Cada vez que hay tormenta eléctrica, nos quedamos sin electricidad – continuó el anciano – Vaya paradoja. Bueno, esto los ayuda sobremanera en su salida. Vamos a la puerta de adelante.
Los cuatro entraron al living y alcanzaron la puerta principal. Doña Sandra les dio los capotes que se apresuraron a ponerse que eran livianos y les daba el aspecto de monjes.
- Chicos – dijo don Miguel – apenas salgan, vayan hacia su derecha. Hasta la ruta hay unos trescientos metros. Cuando lleguen a ella, a pocos pasos hacia su derecha van a encontrar la parada. Que Dios los acompañe.
El anciano abrazó a Pedro con afecto y éste le respondió de la misma manera. Lo mismo hizo doña Sandra con Andrea. A continuación, don Miguel abrazó a Andrea y le susurró al oído:
- Cuidámelo
- Descuide – le respondió ella.
Por su parte, doña Sandra, al abrazar a su nieto, le musitó:
- Me gusta como nieta. Tratala bien.
- ¡Pero abuela! – dijo quedamente Pedro – No te preocupes, te la voy a cuidar.
Don Miguel abrió la puerta y ambos jóvenes se deslizaron al exterior rápidamente dejando a los ancianos solos, tomados de la mano.
- ¿Triunfaran? – preguntó doña Sandra, volviéndose hacia su marido.
- Depende de ellos.
La lluvia era intensa. La oscuridad era completa, salvo por los ocasionales relámpagos que iluminaban el camino de Pedro y Andrea quienes, tomados de la mano, caminaban rápidamente. En el trayecto, no se cruzaron con ningún ser vivo. Llegaron al final de la calle y se encontraron con una zanja, la cual cruzaron con el agua hasta las rodillas y finalmente alcanzaron el agrietado asfalto de la ruta 11. Giraron hacia su derecha y trataron de ver a qué distancia estaba la parada. Como si Alguien atendiera sus necesidades, un relámpago que cruzó el cielo de Este a Oeste les mostró su destino a escasos cincuenta metros. Allí se dirigieron rápidamente, llegando en pocos minutos y refugiándose en él.
- ¡Uff, qué manera de llover! – se quejó Andrea, echando la capucha del capote hacia atrás.
- Menos mal que los abuelos nos dieron estos capotes, porque sino estaríamos hechos sopa – comentó Pedro. Consultó su reloj – Faltan pocos minutos.
- Ahora sólo queda esperar – dijo ella, sentándose en un banco. Pedro hizo lo mismo.
Los minutos pasaban lentamente. La tormenta se hizo más intensa y la oscuridad era casi absoluta, sólo rota por el ocasional relámpago. Tomados de la mano, Pedro y Andrea aguardaban en silencio y expectantes. Ella miró su reloj.
- Ya es la hora.
- Bueno, voy a ver si distingo algo por ahí – dijo Pedro, parándose.
Asomó la cabeza, pero la oscuridad no lo dejaba ver mucho. En eso, logró distinguir dos luces amarillas que parecían moverse en su dirección.
- Me parece que alguien viene – le dijo a Andrea, volviendo su cabeza. Ella se paró de un salto y miró hacia donde Pedro estaba señalándole.
- Sí, veo dos luces – dijo, entrecerrando sus ojos – Tratemos de pasar desapercibidos, por las dudas.
- ¿Con esta tormenta? – bufó Pedro – Sería un milagro que nos vieran de tan lejos.
Los dos se acurrucaron en una esquina de la parada, expectantes. De a poco, un ruido de cascos comenzó a oírse. El sonido fue incrementándose, junto con un ruido de crujido de maderas y dos haces de luz aparecieron frente a ellos, iluminando débilmente la ruta. Andrea y Pedro se pegaron más a la pared cuando vieron las cabezas de dos caballos asomarse a la parada.
- Las once han dado y sereno – dijo Andrea.
- Tranquila esta la ciudad – respondió una voz masculina.
- ¡Son ellos! – susurró Andrea.
Ambos salieron de la parada, encontrándose con un carro de cuatro ruedas tirado por dos caballos de aspecto cansino. Sobre el pescante del carro había dos personas y una de ellas preguntó:
- ¿Pedro Díaz y Andrea García?
- Somos nosotros – contestó Pedro - ¿Y ustedes?
- Yo soy Ariel Juarez – dijo el que había hablado primero – y la que conduce el carro es Paula Torres - ¡Qué nochecita para encontrarnos!
- Al menos no va a ser fácil que nos vigilen – dijo Andrea - ¿Subimos atrás?
- Vamos – dijo Juarez, bajando del carro. Paula también bajó, con una vieja lámpara de cuarzo.
Cuando llegaron a la parte trasera, Juarez bajó la tapa de la caja del carro. Paula iluminó la caja, donde había ocho ataúdes.
- ¿Y esto? – preguntó aprensivamente Pedro.
- Nuestro trabajo habitual es el de sepultureros – dijo Juarez en tono casual – Ustedes van a viajar en el interior de los ataúdes.
- ¿Nos estás jodiendo? – exclamó Andrea, enojada.
- De ninguna manera – respondió imperturbable Juarez – Dos de estos cajones son contenedores de vida camuflados y mis órdenes son transportarlos a ustedes dentro de ellos.
- ¿Y cuál es la causa? – preguntó Pedro sin quitar el ojo de los ataúdes.
- Con el asunto de la visita de Ratz – contestó Allende – los controles son cada vez más exigentes y los accesos a los círculos urbanos están muy vigilados. De esta manera, no hay forma de que los sensores de vida los encuentren.
- No hay alternativa, ¿no? – gimió Andrea, inquieta ante la perspectiva de encerrarse dentro de un ataúd.
- Si, la hay – dijo Paula hablando por primera vez en duro tono – Nos ahorramos el viaje y entréguense a las Brigadas Deudoras, porque eso es lo que va a pasar si no se meten en esos ataúdes.
- Hagámoslo – dijo Pedro, fulminando a Paula con la mirada.
Pedro subió primero y ayudó a Andrea a hacer lo mismo, seguida por Juarez y Paula. Éstos fueron hasta el fondo de la caja del carro, pasando por arriba de los ataúdes que estaban más cerca de la parte trasera y levantaron las tapas de dos de los ataúdes del fondo. Andrea y Pedro miraron el interior y vieron que había algunas luces encendidas en los costados y una pequeña pantalla de cuarzo líquido en la cara interior de las tapas.
- ¿Para qué la pantalla? – preguntó Pedro.
- El tiempo que media entre el cierre del cajón y la activación del dispositivo de vida suspendida es de alrededor de 3 minutos – dijo Juarez – Para que no tengan un ataque de claustrofobia van a poder ver un video de música como entretenimiento.
- Interesante detalle – comentó Andrea, todavía no muy convencida de entrar en el ataúd - ¿Y cuánto tiempo vamos a estar adentro de esta cosa?
- El viaje nos va a insumir unas 12 horas – repuso Juarez – así que calculen unas 13 horas en total. Igual, no se preocupen, para ustedes va a ser cosa de segundos.
- Estamos perdiendo el tiempo – manifestó Paula.
- Cierto – dijo Pedro, y se metió en el cajón.
- Esperá – Andrea se agachó y le dio un rápido beso en los labios a Pedro – Hasta luego.
- Hasta luego mi amor.
Pedro se acomodó en el cajón y cruzó sus manos como si fuera un cadáver. Juarez y Paula colocaron la tapa en su lugar y comenzaron a atornillarla. Dentro, Pedro comenzó a respirar agitadamente y a mover sus ojos hacia todos lados. En ese momento, la pantalla se encendió y, en vez de aparecer un video de música como le había adelantado Juarez, apareció la cara de la comandante López.
- Créame que lo entiendo perfectamente – dijo la comandante – Alguna vez estuve en su lugar, señor Díaz, y le garantizo que la próxima vez que esté en uno de estos cajones, quiero estar cómodamente muerta. En los escasos minutos que faltan para que usted se duerma, permítame preguntarle algo. ¿Cómo se siente siendo un actor?
“¿Actor?” – se preguntó Pedro – “¿De qué habla?”
- No estoy loca – dijo la comandante, como si le leyera el pensamiento – Esa será su fachada para la misión. Y por ahora nada más. Espero verlo pronto, señor Díaz.
Súbitamente, los párpados de Pedro comenzaron a pesarle toneladas. Sintió un agradable frío subir desde sus pies, señal de que le quedaban escasos segundos de conciencia.
“Andrea” – fue su último pensamiento antes de entrar en el sueño sin sueños de la vida suspendida.
Fuera del ataúd, el cajón de Andrea ya había sido cerrado. A continuación, Juarez y Paula apilaron otros cajones sobre los de Andrea y de Pedro. Luego treparon al pescante. Paula apagó la lámpara de cuarzo, tomó las riendas y las agitó, haciendo que los caballos iniciaran el largo viaje hacia el norte.