24 octubre 2006

Capitulo 32

RADIO 10D – Dos personas fueron detenidas en el barrio de Almagro acusadas de ser maestros de primaria. En el lugar se encontraron libros, un pizarrón, algunas tizas y unos viejos pupitres. Si bien el debate si esta clase de malhechores son pedófilos o simples agitadores continúa, los delincuentes serán juzgados y, muy probablemente, condenados a trabajos forzados en las minas de Río Turbio.



Mientras Andrea y Pedro comenzaban su viaje, el Secretario del Tesoro Domingo Valloca estaba confortablemente sentado en su sillón favorito en la sala de fumar de su lujosa mansión de la avenida Máximo Saúl II (ex Figueroa Alcorta) y Salguero, ponderando los acontecimientos del día. Pobre coronel Bondini, pensó mientras daba una pitada a su cigarro Castro, lamento mucho haber ordenado que desaparezcas, pero no me quedó otra alternativa. Eras demasiado notorio y peligroso para nuestra operación. Por suerte el general Moscani se encargó de deshacerse de vos. ¿Y el cadáver? Moscani declaraba que había quedado bajo los escombros del viejo depósito ferroviario, pero hubiera preferido más certezas que dudas. Daba igual, mientras tuviera en su poder toda la información de Zabal. Además, en la eventualidad de que haya sobrevivido, era un muerto social. Si se entregaba a las Brigadas Deudoras era el equivalente al suicidio y si iba con los Patriotas, bueno, también era suicidarse.

Consultó su reloj TAG. Las 23:05. Faltaba poco para establecer la comunicación solicitada a Roger Ratz, su amigo y compañero de estudios. Si bien éste estaba tanto o más informado de los acontecimientos de la República Deudora Argentina que el mismo Valloca, a Ratz le gustaba que le informen personalmente de los planes que él o su staff diseñaban. La mirada del Secretario del Tesoro recorrió parsimoniosamente el salón bellamente decorado con obras de arte invalorables, tal como un Cézanne, un Kandinsky, un Paul Klee y un Matissé entre otros igualmente valiosos, pero lo que más se destacaba sin duda era un espejo francés del siglo XIX de unos dos y medio metros de alto por un metro y medio. Su marco era de hojas talladas en oro con sus nervaduras en plata. En su parte superior, un águila napoleónica con sus alas extendidas dominaba la escena. Tal pieza de arte había sido comprada por Valloca en un remate en las Tullerías hacía unos dos años atrás, pero en vez de volver directamente a Baires, pasó por Nueva York para agregarle lo mas avanzado en comunicaciones jamás inventado: un holoproyector instalado en el espejo. Fue el propio Ratz quien le sugirió esa modificación aduciendo que, de esa forma, podían estar en comunicación discretamente y sin intermediarios de ninguna índole. La instalación del espejo corrió por cuenta de técnicos del FMI a instancias de Ratz.

Su reloj anunció que faltaban 10 segundos para la comunicación y Valloca movió el sillón de tal manera de enfrentar el espejo, quien le devolvió su imagen sin distorsiones. Diez segundos después, su reflejo quedó reemplazado por el de Ratz, quien parecía sentado en el mismo lugar de Valloca, ya que el salón seguía siendo reflejado por el espejo. Lo único distinto entre ambas imágenes eran Ratz y Valloca.

- Mi querido Domingo – dijo Ratz con su bien modulada voz.

- Mi querido Roger – dijo Valloca, inclinando levemente la cabeza.

- Amigo mío, no es necesaria esa inclinación. Eso dejalo para otros.

- La costumbre, perdón – se disculpó Valloca.

- Te escucho atentamente – dijo Ratz juntando la punta de los dedos.

- Tengo fundadas razones para creer que Juan Saúl III tiene clones de Zabal y mío listos para ser usados.

- ¿Cómo dijiste? – preguntó Ratz perplejo.

- Lo que escuchaste.

- ¿Y qué pruebas tenés?

- El general Zabal murió en combate, pero Juan Saúl III le ordenó a su asistente, el coronel Bondini, que dijera a la prensa que estaba herido pero que se recuperaría pronto. Además, pude ver la filmación del combate y todos fueron barridos por una mini-nuc, por lo que nadie puede haber sobrevivido.

- ¿Nada más que eso?

- Cuando le anunciaron la muerte de Zabal, Juan Saúl III convocó a la doctora Garay.

- ¿La famosa genetista? – inquirió Ratz

- Así es.

- Como prueba concluyente, lo que me dijiste no sirve – manifestó Ratz después de pensar un poco – pero la sola sospecha hace que el asunto sea grave. No puedo permitir que Juan Saúl III siga con esto.

- Roger – dijo Valloca – estamos a menos de tres días del golpe. Ya tenemos al general Moscani para continuar con el plan.

- ¿Y ese Moscani es confiable? – preguntó desconfiado Ratz.

- Es ambicioso – admitió Valloca – pero fácil de manejar. Le sugerí que eliminara a Bondini diciéndole que era peligroso y lo hizo sin muchas preguntas.

- ¿El Gobierno estaba vigilando a Bondini?

- Así es. El muy idiota se permitió descuidarse en sus movimientos. No importa, ya pagó su error. Hay otra cosa que tenés que saber.

- ¿Qué? ¿Hay más malas noticias?

- Me temo que sí. El asesinato de Igor Karkov, tu amigo, quedará impune.

- ¿Y desde cuándo sabes eso? – dijo con los dientes apretados Ratz.

- Desde que mataron al general Zabal – mintió Valloca con su mejor cara de póquer – Bondini me confesó que estaban preparando a unos Patriotas prisioneros para que pasen por los responsables del atentado. Ese era el verdadero motivo por el cual Zabal estaba en Saladillo. Si no hubiera sido por el ataque Patriota, el engaño se hubiera llevado a cabo y Juan Saúl III se iba a llevar los laureles.

La mirada de Ratz estaba llena de odio. Sus manos se abrían y cerraban espasmódicamente como queriendo estrangular a alguien.

- ¿El asesino está en posición? – preguntó con voz controlada Ratz.

- Así es, en efecto.

- Entonces, resumiendo, todas las piezas están en su lugar, ¿no?

- Todas, no. Falta que Moscani pueda poner sus hombres en los estudios Gerardo Sofovich.

- Fijate si necesita ayuda o apoyo nuestro – dijo Ratz – Nos veremos personalmente el Primero de Junio, y el 2 festejaremos la muerte de un idiota cuya utilidad llegó a su fin – manifestó a modo de despedida.

- Así será – prometió Valloca.

La holoimagen de Ratz desapareció, haciendo que el espejo retomara su función original. Valloca dio una larga pitada a su cigarro, la mirada perdida. Lamento tener que echarte la culpa, Martín, meditaba Valloca, no tuve alternativa. De los tres que sabían que él, el Secretario del Tesoro, estaba implicado en el plan de engañar a Ratz, uno estaba certificadamente muerto, el otro estaba sospechadamente muerto y el tercero estaba listo para morir. Faltaría eliminar al clon de Zabal para no dejar cabos sueltos y nadie sabría que él había dado su aprobación al engaño.

Las naciones no tienen amigos, tienen intereses, había dicho Kissinger, y se aplicaba lo mismo para el poder, razonó Valloca. Tenía la firme convicción de seguir en su puesto por un largo tiempo y haría todo lo posible para lograrlo sin detenerse en consideraciones de ningún tipo, y si había que vender a la madre para eso, pues lo haría. Retomando el tema que nos ocupa, siguió Valloca con su razonamiento hablándole a un imaginario interlocutor, veamos el caso Supremo Regidor. Un individuo que se olvidó dónde estaba el verdadero poder e hizo lo que se le antojó. El fundador de la dinastía, Carlos Saúl I, nunca osó alejarse una coma de lo ordenado por el FMI y los países poderosos y nos puso en el camino de la grandeza. Máximo Saúl II remató tan sublime obra haciéndonos parte del Primer Mundo. Si bien a Juan Saúl III le había tocado la parte más fácil, es decir, mantener lo logrado, rara vez conseguía los objetivos fijados por el FMI; y eso los terminó cansando. Bueno, razonó, muerto el rey, viva el rey. Pronto habría otro Supremo Regidor y él, Domingo Valloca, recogería los frutos.

Pero en ese momento, un inoportuno pensamiento cruzó su mente: ¿Y si fracasaba el golpe? Desechó furiosamente la idea, reprochándose por pesimista.



En la fortaleza de Olivos, un tambaleante Juan Saúl III salía desnudo de su suite luego de la enésima maratón sexual con Cecilia. Alcanzó con paso vacilante su sillón favorito y se desplomó en el mismo. Un bar-robot se acercó solícito y le sirvió su whisky favorito, Chivas 2000, y su cigarro preferido, un Castro. Vació el vaso de un solo trago y se hizo servir otro. Dio una larga pitada a su cigarro y suspiró satisfecho. Las cosas me van bien, pensó. Ratz va a venir a firmar el acuerdo del préstamo para el espaciopuerto, Zabal está muerto, Cecilia me complace como la mejor geisha y la población estaba quieta. En conjunto no me puedo quejar, salvo por dos cosas: la desaparición de Bondini y la imposibilidad de hallar a los responsables (verdaderos o no) del asesinato de Karkov. Bueno, no se puede tener todo en la vida, ¿no? Lástima que el plan de Zabal fracasó por la mala suerte. Así le fue. En cambio, el caso Bondini le molestó un poco mas el saber que había muerto o sido secuestrado por los Patriotas. Al menos, eso fue lo que le dijo el general Moscani, quien fue personalmente al lugar donde habían secuestrado al coronel pero encontró el lugar arrasado. Juan Saúl III había visto las imágenes del vigía aéreo que seguía a Bondini, las cuales terminaban cuando un Patriota derribó al vigía con un misil antiaéreo. En fin, muerto o secuestrado, Bondini era un caso cerrado. Tendría que hacer algo con respecto a Moscani, quien siempre se mostró fiel denunciando los desvíos ideológicos en las filas de las Brigadas Deudoras y purgando los elementos sospechosos. ¿Y si le ofrecía hacerse cargo de la custodia de la ceremonia de la firma del préstamo en los estudios Gerardo Sofovich? Tomó nota mental de hacerlo a la primera oportunidad.

- ¿Juansa? – ronroneó Cecilia desde la suite.

“Juansa”, pensó el Supremo Regidor con una mueca. Sólo a ella se le podría haber ocurrido tan estúpido apodo, pero no se atrevía a contradecirla. ¿Para qué, pobrecita? Ella le daba tantas cosas, que bien él podía mostrarse condescendiente en algo, ¿no?

- Ya voy – dijo mientras se incorporaba. Si seguimos así, esta mujer me va a matar, pensó con una sonrisa.