ESPN – Emulando a su ilustre antecesor, ganador en la maratón de las primeras Olimpíadas modernas, el griego Spyridon Louisopoulos venció en la primera maratón lunar que se llevó a cabo ayer en el Sinus Iridium, dejando atrás al representante de EE.UU. y al de la Federación Rusa. “Me siento muy feliz”, declaró el ganador, “a pesar de que perdí ambos pies por congelamiento, pero mi médico me dijo que podría reconstituirlos en menos de un mes”
- ¿Pulso?
- 70 y estable.
- ¿Temperatura corporal?
- 36,5 y estable.
- ¿Electroencefalograma?
- Saliendo de Theta y entrando en Beta. Es más, me parece que nos está oyendo.
- ¿Señor Díaz, me escucha?
Pedro sentía los párpados de plomo. Oía que le hablaban, pero le parecía que estaban a mil kilómetros de distancia. Hizo un esfuerzo sobrehumano para abrir los ojos, y lo logró, pero veía borroso. Parpadeó para aclarar su visión y vio el rostro de la comandante López.
- Por fin se digna volver al reino de los vivos – dijo ella, risueña.
- ¿Dónde estoy? – dijo él, con voz pastosa.
- En el cuartel del Primer Cuerpo de los Patriotas, círculo urbano exterior, en lo que antes era Longchamps.
- ¿Y qué día es? – llevándose una mano a la frente.
- Hoy es martes 31 de mayo de 2050 a las 10:00 de la mañana.
- ¿Andrea?
- Desayunando y esperándolo.
Pedro se incorporó auxiliado por dos enfermeras. Miró a su alrededor y comprobó que el ataúd había sido puesto sobre una camilla cuyos costados habían sido abiertos. Una de las enfermeras lo tomó de ambos tobillos y lo hizo girar de tal manera que sus piernas quedaron colgadas. Sintió un leve mareo.
- Estoy mareado.
Un médico se acercó prestamente y lo examinó, revisando sus ojos, su boca y ambas fosas nasales. Luego, dictaminó:
- Tiene hambre.
Como para ratificar el diagnóstico del galeno, el estómago de Pedro emitió un gruñido que escucharon todos, y sonrieron.
- Eso es fácil de resolver – dijo la comandante López, quien se había mantenido apartada – Ayúdenlo y vamos a la sala de conferencias.
Pedro se puso de pie y tambaleó ligeramente, pero se las compuso para no caer. Una enfermera lo ayudó a dar unos pasos hacia la puerta de salida. Al llegar, Pedro se sintió lo suficientemente fuerte como para seguir solo. Atravesó la puerta y siguió a la comandante López por un pasillo bien iluminado y limpio, con un piso ajedrezado en blanco y negro y las paredes claras. Algunos cuadros y plantas decoraban el lugar, recordándole a Pedro más al interior de una empresa que un cuartel guerrillero. Notó el contraste con los cuarteles Patriotas que había conocido en Henderson y en Saladillo y así se lo expuso a la comandante López.
- Es normal – repuso ella – Aquellos cuarteles estaban en la frontera donde nuestros enemigos estaban más activos, y por lo tanto con más probabilidades de abandonarlos. Como se habrá dado cuenta, eran más funcionales que ornamentales. Este cuartel hace más de quince años que existe y es el hogar de aquellos de los nuestros que cumplieron alguna misión por la cual se vieron obligados a desaparecer, entre otras funciones. Por eso es que está decorado lo mejor posible. Obviamente, este cuartel tiene las mismas exigencias de seguridad que los cuarteles de frontera.
- ¿Cómo es una misión que obligue al ejecutor a desaparecer? – le preguntó Pedro, mientras doblaban por otro pasillo.
- La capitana García realizó una de ellas – respondió la comandante López, mirándolo de reojo.
- ¿¡Cómo!? – se sobresaltó Pedro
- Ella misma se lo va a explicar.
Llegaron ante una doble puerta, custodiada por dos soldados, los cuales se cuadraron al ver a la comandante. Luego del saludo de rigor, uno de ellos abrió la puerta. La comandante López y Pedro entraron.
Dentro, una enorme mesa de roble auténtico ovalada (o al menos le parecía de roble auténtico a Pedro) dominaba la sala de conferencias. Las paredes estaban tapizadas en rojo y una mullida alfombra haciendo juego con las paredes cubría en su totalidad el piso. En un rincón de la sala, un bar-robot Toshiba aguardaba a que se solicitaran sus servicios. Las sillas que rodeaban a la mesa eran de respaldo alto, también de roble, esta vez tallado, forradas de terciopelo bordó y pintadas de negro. Algunas de ellas estaban vacías, y otras estaban ocupadas por mujeres y hombres. Pedro recorrió las sillas con su mirada, buscando a Andrea.
- ¿Me buscabas? – dijo una familiar voz a su izquierda.
Pedro giró su cabeza en la dirección de la voz y la vio a ella, quien le obsequió una sonrisa de esas que las mujeres sólo reservan para su hombre. La abrazó con fuerza y ella respondió de la misma forma. Se besaron con pasión, con esa pasión de no verse por mucho tiempo, aunque sólo habían transcurrido algunas horas.
- Ejem.
Andrea y Pedro descubrieron a la comandante López, quien los miraba con una expresión entre exasperada y divertida. Las mejillas de ambos tomaron un color tornasolado y sonrieron como pidiendo disculpas.
- Hubiera jurado que tenía hambre, señor Díaz – comentó la comandante López, risueña.
- Y así es – repuso él, reparando en las viandas que estaban preparadas para él. Andrea lo acompañó y se sentó al lado de él.
- Desayuna tranquilo mientras hablamos – le susurró ella. Él no se hizo rogar y atacó el pan con manteca y el café con leche (todo auténtico) que estaba preparado.
- Antes que nada – comenzó la comandante López – quería darles la bienvenida a la capitana García y al señor Díaz, quienes fueron los únicos sobrevivientes del combate de Saladillo, allí donde cayeron valientemente tantos de los nuestros.
Todos bajaron la cabeza, incluido Pedro.
- Ahora nos espera una importante tarea – prosiguió la comandante – Una tarea que, si tenemos éxito, será un avance enorme en la liberación de nuestra nación.
- ¿Y cuál es el objetivo? – preguntó un hombre que estaba a dos sillas de distancia de la comandante, uno con ojos rapaces y movimientos nerviosos.
- En realidad son dos objetivos: uno es transmitir al aire todas las pruebas de las mentiras, fechorías y rapiñas a la que nos sometieron desde Máximo Saúl II, y el otro es la captura de Juan Saúl III en los estudios Gerardo Sofovich.
Pedro estaba por llevarse a la boca un pedazo de pan cuando quedó paralizado al escuchar lo que estaban planeando. Una rápida mirada por la mesa le hizo notar que el resto de los asistentes asentía en silencio, excepto Andrea, quien estaba mirando a la comandante López con asombro. Luego de recuperarse, Andrea preguntó:
- ¿Y cómo vamos a lograrlo? Porque se muy bien que entrar va a ser difícil, y que van a interferir nuestra transmisión sin dudar.
- ¿Señorita Banegas? – dijo la comandante López, haciendo un movimiento de cabeza hacia una joven de pelo castaño, ojos marrones y una galaxia de pecas cubriéndole la cara.
La joven sacó de debajo de la mesa un proyector holográfico y lo colocó en el centro de la mesa. Acto seguido, extrajo de su mochila un pequeño recipiente de plástico transparente y lo puso debajo del proyector. Movió su mano y las luces de la sala de conferencias disminuyeron en intensidad. Encendió el proyector.
A metro y medio de la superficie de la mesa apareció la imagen de una mosca de color celeste metalizado. Sus patas tenían unas almohadillas triangulares de color negro. Las articulaciones de sus seis patas eran del mismo color de las almohadillas. Donde irían los ojos multifacetados de una mosca común, había dos semiesferas negras. La cabeza era también celeste metalizado. Sus alas eran del mismo material que componía el cuerpo del falso insecto. Sobre el lomo sobresalían dos protuberancias que, Pedro supuso, eran los motores. La imagen comenzó a girar sobre su plano horizontal, de forma que todos pudieran ver en detalle aquella maravilla de la miniaturización.
- Lo que están viendo es una de las claves de la operación – comenzó su exposición la Banegas – Previo a la transmisión de nuestro material, seis de estas moscas se posarán dentro de las principales antenas parabólicas del complejo ruso y…
- Perdón por la interrupción – dijo Pedro - ¿Por qué complejo ruso?
- La gente le dice “complejo ruso” – contestó la comandante López – La leyenda dice que a Gerardo Sofovich le decían “el ruso”, por eso el nombre. Prosiga por favor.
- Como decía – siguió la Banegas – cada una de las antenas del complejo tendrán en su centro a una de estas moscas. Son absolutamente indetectables, por lo que alcanzarán su objetivo sin problemas. Una vez logrado esto, emitirán una señal informando de su llegada. Nosotros activaremos los sistemas anti-defensas y no habrá forma de interrumpir la transmisión, salvo que destruyan físicamente las antenas.
- Para la defensa de las antenas – dijo el de los ojos rapaces – ya muchos de los nuestros están dentro de los estudios trabajando de operarios o de extras estudiando el terreno.
- ¿Tienen algún nombre en particular estas moscas? – quiso saber Pedro.
- Su creador las llama “Pergo”, pero no se qué quiere decir – dijo la Banegas - ¿Alguna especie molesta, quizás?
- Cortemos con la biología – dijo tajante la comandante López, y las luces volvieron a la normalidad – Es aquí donde entran a participar ustedes, capitana García y señor Díaz
- Si, comandante – dijo ella asintiendo con la cabeza
- No entiendo – se quejó Pedro airadamente – Si ya tienen a esas moscas, y a su gente dentro de los estudios, ¿para qué nos necesitan a nosotros? Encima ahora nosotros no somos nosotros, con nuestras identidades cambiadas, ¿y para qué?
- Yo te explico – lo trató de calmar Andrea – Tengo que ir sí o sí, ya que participé en la instalación de los nuevos sistemas de transmisión de los estudios.
- ¿Vos? – dijo Pedro atónito.
- Sí, yo. Es más, dirigí esa instalación. Yo más que nadie en los Patriotas conoce a fondo esos sistemas, por lo que no hay otro. Además, a mí nadie me obliga, voy porque quiero.
- ¿Pero no eras tercera secretaria en el Ministerio Repsol-YPF de Recursos Utilizables? ¿Qué tiene que ver con equipos de transmisión de holo-señales?
- Eso es lo que te dije a vos – Andrea bajó la cabeza, avergonzada – Nunca trabajé ahí, sino en la Secretaría de Comunicaciones. Como vos, tuve gente a mi cargo y participé en muchas emisiones y programas del Gobierno. Lo más destacable que hice allí fue, como te dije, la renovación de los equipos de transmisión de los estudios que vamos a atacar.
- ¿Y por qué te fuiste de ahí? – dijo Pedro entre dientes, no sabiendo si ahorcarla o no.
- Porque tuve que matar a una persona.
La sala quedo sumida en un silencio absoluto, pendiente de sus palabras. La comandante López se reclinó en su asiento y lo miró a Pedro. Éste recordó sus palabras: “Una misión que obliga al ejecutor a desaparecer”.
- ¿A quién? – preguntó, con angustia en su voz.
- A Marco Antonio Grasi.
Marco Antonio Grasi. Sí, lo recordaba. Una vez, cuando él era aspirante a supervisor, había ido de visita al Ministerio. Recordaba con claridad las miradas lascivas que lanzaba de soslayo a los más jovencitos y las más jovencitas que circulaban por el Ministerio. Los rumores decían que él sólo se excitaba con menores de edad, nenes o nenas, y que se los hacía llevar raptados de la periferia de Baires a su suntuoso piso donde los violaba de todas las formas posibles y los marcaba a fuego, como a las vacas, con su marca MAG. Nadie sabía que pasaba con sus víctimas después, hasta que después se supo.
- Eso pasó hace unos cinco años atrás – dijo él - ¿Cómo hiciste?
- Hace cinco años atrás – dijo Andrea, su mente volviendo a ese entonces – cuando tenía veinticinco años, mi aspecto era de una nena de dieciséis años. Cuando quería ir a bailar, siempre comprobaban mi identidad para dejarme pasar – Ante la mirada interrogadora de Pedro, dijo – Un defecto genético. No me hice mujer hasta los veintisiete – y prosiguió:
“En aquel entonces yo ya militaba con los Patriotas. Un día, unos de nuestros hombres llegó a nuestro escondite en Parque Patricios con los ojos enrojecidos de tanto llorar y pidiendo hablar con el comandante. Éste lo recibió y le preguntó que pasó. El hombre sacó una foto y nos la mostró. Era la de una nena de unos ocho años, preciosa, pero muerta. Estaba en una camilla de acero inoxidable, de las de los forenses, totalmente desnuda. En el muslo de su piernita derecha estaba ese infame sello MAG grabado a fuego. Su cuerpo estaba lleno de moretones y de golpes. -Ese hijo de puta de Grasi me la mató- dijo el hombre entre sollozos. -El forense dijo que la habían violado muchas veces y de todas las formas posibles. Quiero venganza.- El comandante nos miró a todos y yo dije que quería ser voluntaria. Todos asintieron”
“Rara vez matamos a sangre fría, pero esta ocasión exigía ser despiadados. Mientras me adiestraba, otros vigilaban los movimientos de Grasi. Una vez que establecimos sin duda alguna su rutina, actuamos. Una noche, Grasi había pedido pizza a Pizza Hut. Nosotros interceptamos al delivery y tomé su lugar. Al llegar al piso donde vivía, su custodia me revisó de arriba abajo. El que parecía el jefe me miró evaluativamente y se retiró, mientras los otros me custodiaban. Al rato, volvió el jefe y me dejó pasar, al tiempo que todos se iban, dejándome sola en un amplio living. Luego de unos momentos, apareció Grasi, vestido con una robe de seda roja, el pecho al descubierto, descalzo, con un cigarro en su mano derecha. Me miró e hizo señas de que me acercara. Al tenerme más cerca, pude ver la tremenda lujuria que se reflejaban en sus ojos y tuve miedo. Supongo que él pudo ver ese miedo porque sonrió, pero con una sonrisa que me recordó a la de un tiburón”.
“Me hizo dejar la pizza en una mesa y me hizo invitó a su habitación, una habitación llena de objetos sexuales de todo tipo. Hasta había un robot de tamaño natural con seudopiel que parecía un hombre de verdad. Grasi me abrazó por detrás y me besó y manoseó. Su aliento en mi cuello me horrorizó y sus manos, tocándome mi cuerpo, me daban asco. En un momento me zafé y le dije que, si quería, me desvestía yo sola. Él, encantado, aceptó. Me saqué la ropa ante sus ojos y el tipo se calentó mal. Eso fue su perdición”.
“Le di un rodillazo en su entrepierna y cayó, aullando. Sin darle tiempo a nada, me puse a su espalda y saqué de entre mis cabellos un hilo de unos 80 micrómetros de espesor y comencé a estrangularlo. Grasi trató de sacarse el hilo de su garganta, pero yo tiré con tal fuerza que le hundí la laringe, que se rompió con un horrible crujido. En ese momento lo solté. Grasi trataba de respirar desesperadamente, pero con la laringe rota, no tuvo oportunidad. Lo vi morirse de a poco, boqueando como un pez en tierra, sufriendo como bestia, hasta que finalmente murió. A pesar de lo que me habían dicho y de lo que sabía, no sentí nada al matarlo. Probablemente porque sabía que era a un reverendo hijo de puta al que iba a pasar a mejor vida. Tiré el hilo por el inodoro, me vestí y me fui. Dediqué una última mirada al cadáver del malnacido y me fui al escondite, en vez de a mi casa. Eso salvó mi vida.”
“Al día siguiente, cuando iba a ir a la Secretaría de Comunicaciones, llegó un mensaje urgente. Habían allanado mi departamento y me estaban esperando en mi oficina. ¿Cómo lo habían descubierto? Resultó que el muy degenerado filmaba sus hazañas y quedó registrado cómo lo mataba. Para empeorar las cosas, Grasi era íntimo amigo de Juan Saúl III y éste movió todos sus recursos para capturarme. No me quedó otra alternativa que irme de Baires y venir acá.”
Un profundo silencio siguió a las palabras de Andrea, todos absortos en ella. Todos recordaban a Grasi, quien disimulaba su perversión detrás de la fachada de un benefactor de niños. “Alegres los chicos” se llamaba la fundación que él dirigía, de donde sacaba a sus víctimas. Su amistad con el Supremo Regidor le garantizaba impunidad y él la aprovechó hasta que fue ajusticiado.
- Prosigamos con la planificación – ordenó la comandante López – Habíamos quedado en que las moscas iban a mantener abiertos los canales de transmisión y…
Un panel se abrió en la mesa, delante de la comandante. Una pantalla plana se desplegó delante de ella y un haz de luz alcanzó su rostro, el cual quedó inmóvil.
- ¿Qué es eso? – le susurró Pedro a Andrea.
- Una privapantalla – le respondió ella de igual modo – Esa luz garantiza que nadie más que ella pueda ver, oír o responder a lo que le están diciendo.
Luego de unos minutos de espera, durante los cuales la cara de la comandante López no se movió, el haz de luz se apagó y la pantalla desapareció. La comandante tenía un gesto adusto.
- La reunión queda terminada – dijo mientras se ponía de pie – Técnica deberá garantizar que no haya cortes en la transmisión y Táctica afinará el plan y tendrá listas al menos tres rutas de escape. Quiero esos planes en dos horas. García, Díaz, acompáñenme.
La comandante salió de la sala de conferencias a paso rápido, seguida por Andrea y Pedro. El resto fue a cumplir las perentorias órdenes recibidas.
- ¿Qué paso, comandante? – preguntó Andrea jadeante.
- Alguien se entregó a nosotros, ofreciéndonos información importante - repuso la comandante.
- ¿Y a cambio? – dijo Pedro.
- Su vida.
- ¿Y quién es? – siguió Andrea.
- Ahora lo van a ver. Yo voy a interrogarlo, pero ustedes van a presenciarlo por fibra óptica. Quiero que estén atentos a lo que diga, sobre todo usted, García, ya que es nuestra especialista en inteligencia.
- ¿Y yo? – preguntó Pedro, queriendo sentirse útil.
- Usted, lo mismo – dijo la comandante López – Atienda bien lo que va a escuchar y trate de deducir que es lo que no nos dice. ¿Está claro?
- Sí, comandante – respondieron Pedro y Andrea al unísono.
- Entren acá – dijo la comandante López, señalando una puerta – Hay otros oficiales de inteligencia a punto de escuchar lo que ustedes.
Andrea y Pedro ingresaron a una habitación donde estaban tres personas, dos mujeres y un hombre, mirando una telepared que mostraba a un hombre solo, sentado y fumando frente a una mesa. No mostraba signos de agitación ni de nerviosismo.
La comandante López se detuvo frente a dos guardias que custodiaban el acceso a la sala de interrogatorios. Uno de ellos le entregó un lector de chips. Respiró hondo, movió su cabeza de lado a lado para aflojarse e hizo una seña para que le abrieran la puerta. Ésta se deslizó hacia un costado y la comandante entró para hablar con el coronel Rubén Bondini, ayudante de campo del difunto general Zabal.