CLARIN – Frente a unos atónitos transeúntes, un hombre trepó al pedestal de la estatua del Precursor y comenzó a atacarla a golpes de maza a los gritos de “¡No sos Dios! ¡No sos Dios!”. Afortunadamente, la estatua no sufrió daños de consideración. El atacante fue detenido y lobotomizado.
En el salón de actos de la Escuela para Líderes Southlands, el Supremo Regidor de la República Deudora Argentina, Juan Saúl III, dirigía su augusta palabra a los jóvenes graduados quienes, en un número de 200, esperaban expectantes. Además de ellos, sus familiares y amigos abarrotaban el salón. Nadie quería perderse la palabra de un hombre tan admirable como ese, tan poderoso. Al fondo del salón, unas cuantas cámaras de holovisión transmitían y grababan el acto. Detrás del Supremo Regidor estaban sentadas las autoridades de la Escuela.
- Me hace muy feliz estar ante ustedes – comenzó con su discurso – quienes, en un futuro, tendrán la difícil pero noble tarea de dirigir los destinos de esta gran nación, no desde la cumbre, claro.
Unas cuantas risas resonaron en el salón.
- Cuando digo “dirigir”, me refiero a que ustedes, jóvenes graduados, formarán parte de los Ministerios y de las grandes multinacionales, todos abocados a la grandeza de la nación. Ustedes sacrificaron horas y días de esfuerzo en prepararse para la noble tarea de decirle a otros lo que deben hacer. Sí, me refiero a aquellos que no tienen la suerte de ustedes de ser educados apropiadamente. ¿Y por qué eso?
“Habrán estudiado que antes, en los oscuros años antes de la venida del Precursor, existía algo llamado “escuela estatal”, donde el Estado desperdiciaba valiosos recursos en sueldos de parásitos que se hacían llamar maestros que no hacían otra cosa que hacer huelgas porque no les pagaban bien. ¡Pagar bien! Esa gente tenía dos meses de vacaciones en verano y quince días en invierno y se atrevían a decir que estaban mal pagos. Eso sin contar que los que concurrían a esas escuelas estatales no aprendían nada y sólo iban por un título secundario o universitario que, en la práctica, no les servía para nada.”
“El Precursor vio esto más claramente que nadie. ¿Por qué tirar a la basura de la educación estatal los recursos tan necesarios en otro lado? Además, las escuelas privadas cumplían lo mismo. Todos sabemos que si uno paga por algo, puede y debe exigir que lo adquirido tiene que ser exactamente lo que uno quiere. ¿Cómo conciliamos entonces esta premisa con la educación estatal? Porque si es gratis, ¿cómo exigimos excelencia y calidad si no pagamos por eso? Semejante absurdo fue paulatinamente erradicado por el Precursor, con considerable oposición de algunos segmentos de la población que le gustaba vivir con poco o ningún esfuerzo.”
“Y así llegamos al día de hoy, donde sólo aquellos que pueden invertir en una educación acorde asisten a un lugar como éste o a cualquiera de los otros seis colegios de este nivel. El resto concurre a los Centros de Información donde tienen una capacitación básica que después se les descuenta de su sueldo, por supuesto. Esta gente no necesita más que eso para ser felices. Los antiguos romanos decían “Pan y circo”, y hoy tiene la misma vigencia. Esos subalternos no necesitan más que la panza llena y diversiones acordes a sus necesidades. Esos tienen la vida fácil porque sus preocupaciones pasan por qué comprar para comer y vestir, y muy poco mas”
“Pero ustedes, hijos míos (y permítanme decirles así, porque es lo que siento), ustedes son el verdadero futuro de la Patria. Ustedes sacrificaron su presente por un futuro de grandeza. Ustedes forman parte de una casta culta e inteligente. Ustedes ahora saben y conocen las necesidades de los que están por debajo de ustedes, esos pobres infelices. Ustedes fueron educados para dar respuesta a esos reclamos de las masas. Es su responsabilidad de ahora en más que a ellos no les falte nada, porque ellos les obedecerán, respetarán y trabajarán y harán de este país grande y fuerte. Con la mente de ustedes y los brazos de ellos, la República Deudora Argentina marcha, sin dudas, hacia un futuro de grandeza.”
Los graduados y sus familiares se pusieron de pie como un solo hombre y aplaudieron a rabiar. Lo mismo hicieron las autoridades del Southlands. El rector se acercó al Supremo Regidor y besó su mano derecha en señal de profundo respeto. Juan Saúl III descendió del escenario saludando a todos y luego desapareció por una puerta lateral. Del otro lado lo estaba aguardando su fiel ayudante y asesor de imagen Robert Jordan.
- Mi señor, sus discursos suelen ser magníficos, pero este es de una lucidez e inteligencia que no le caben los adjetivos.
- Gracias, Robert – respondió el Supremo Regidor con una sonrisa- ¿De cuánto fue el rating?
- 40.2, mi señor – respondió Jordan – Como corresponde cuando usted se muestra en un acto público.
- Bien. ¿Qué sigue ahora? – preguntó mientras caminaban hacia la salida.
- Vamos a ver – dijo Jordan mientras consultaba su asistente personal – En veinte minutos tiene una reunión con el general Moscani. A las 13:00 tiene un almuerzo de trabajo con los Ministerios. A las 17:00 …
Juan Saúl III dejó de escucharlo cuando mencionó a los Ministerios. Las cosas no me están yendo bien, pensó, olvidando que la noche anterior su razonamiento había sido distinto. Los representantes que los Ministerios habían mandado hacia Henderson fueron exterminados hasta el último y él no había podido darles una excusa apropiada. Ahora tenía que enfrentarlos personalmente sin nada concreto entre manos. Ya se imaginaba lo que le iban a reclamar. Con la proyectada construcción del espaciopuerto, una gran parte de los Territorios Disponibles iba a pasar a ser parte de la República Deudora Argentina, y si él, Juan Saúl III no era capaz de garantizar la integridad física de los representantes de los Ministerios a una distancia tan corta como lo es desde la frontera hasta Henderson, ¿cómo podría hacerlo a distancias tan largas? Había llegado a sus manos un informe donde decía que los Ministerios sabían que los Patriotas habían infiltrado la red de comunicaciones de las Brigadas Deudoras en Henderson y habían dado la falsa orden de traslado a Carlos Casares. Otro problema, y no tenía respuestas para nada. Iba a ser una tarde complicada.
- ¿Mi señor? – preguntó Jordan preocupado - ¿está usted bien?
- Sí, sí – respondió Juan Saúl III, volviendo a la realidad.
- Esta usted pálido – le hizo notar Jordan - ¿Llamo al médico?
- No, estoy bien, gracias.
Jordan puso cara de no creerle pero no dijo nada, por las dudas. Juan Saúl III podía ser una persona encantadora, pero cuando se enfurecía era implacable. Recordaba a su antecesor en el puesto, Miguel Cóndor, quien además era su coiffeur personal. Un buen hombre, pero lo habían descubierto traficando con chips de crédito. Cuando se enteró, el Supremo Regidor lo hizo conducir a su despacho, le propinó personalmente una feroz paliza y a continuación lo hizo llevar a la Plaza del 2 de Julio, donde le dieron cuarenta azotes antes de ser condenado a trabajos forzosos en las minas de Río Turbio. Él, Jordan, también tenía sus negocios non sanctos, pero era por lejos más discreto que Cóndor en estos menesteres.
El Supremo Regidor salió del edificio principal de Southlands seguido por su séquito y se acercó al aeroauto oficial, el cual se encontraba vigilado por su guardia personal. A unos metros de allí, una multitud apenas contenida por la seguridad de la escuela vitoreaba al Supremo Regidor. Éste saludo con su mano a la multitud y subió al vehículo junto con Jordan y su edecán. Luego partió rápidamente de la escuela, escoltado por dos cazas y puso rumbo hacia la Casa Rosada. Diez minutos después, aterrizaron en la plataforma de la Casa de Gobierno. Juan Saúl III se dirigió con paso firme hacia su oficina. En ella, el general Lucio Moscani lo esperaba pacientemente. Apenas el Supremo Regidor entró, Moscani puso rodilla en tierra y se inclinó.
- Mi señor – dijo mirando al piso.
- De pie, general – ordenó con regio tono Juan Saúl III.
Moscani se levantó rápidamente, mientras el Supremo Regidor tomaba asiento en su sillón-trono. Miró al general que se encontraba en posición marcial frente al escritorio, impasible, y sonrió para sus adentros. El Supremo Regidor consideraba a Moscani como un general razonablemente obsecuente, lo cual era una notable diferencia con respecto a Zabal.
- Tome asiento, general - ordenó
- Si, mi señor – respondió Moscani, y se sentó inmediatamente.
- ¿Sabe usted por qué está acá?
- No, mi señor, pero supongo que para asignarme una misión.
- Efectivamente, general, una misión delicada e importante.
- Mi señor sabe que me consagraré enteramente a su seguridad.
- Si, bueno, a lo que íbamos. Efectivamente, se trata de mi seguridad, y la de un gran amigo de la Nación: Roger Ratz. Usted será responsable de garantizar la integridad física de Ratz y mía. El presidente del FMI llegará mañana a las 16:00 horas y se irá del país el jueves 2 de Junio a la misma hora. En ese lapso, usted será el máximo responsable de nuestras vidas.
- Le agradezco humildemente la oportunidad que me está concediendo, mi señor – manifestó Moscani, inclinando la cabeza – y le prometo que no voy a fracasar.
- Lo se – dijo Juan Saúl III – En tres horas quiero su plan completo para nuestra custodia en mi escritorio. Puede retirarse.
El general Moscani se levantó de su asiento y se retiró caminando hacia atrás e inclinado, tal como marcaba el protocolo. Cuando la puerta se cerró, el Supremo Regidor se quedó contemplándola, perdido en sus pensamientos. Miró su reloj de escritorio y vio que eran las 11:00. Antes del mal trago que iba a ser la reunión con los Ministerios, iba a hacer algo placentero:
- Asistente, llame a Cecilia.
El general Moscani salió de la Casa Rosada por la explanada de la avenida Presidente Clinton, donde abordó su auto eléctrico oficial. Ordenó a su chofer que se dirigiera a los cuarteles del Regimiento I. Mientras, Moscani sacaba de su bolsillo un pequeño celular de rayo-estanco y oprimió un botón. Cuando logró comunicarse, sólo dijo:
- Torre 3 Rey – y cortó.
Se reclinó en el asiento y meditó acerca de la reunión. ¿Tres horas para presentarle el plan de custodia? Se lo podía dar ya mismo, porque había sido diseñado junto con el general Wernon Valters, jefe del Comando Sur de EE.UU. la noche anterior, pero no sería inteligente evidenciarlo, ¿no? Había partes del plan que, por supuesto, el Supremo Regidor no debía conocer. Valters había ingresado subrepticiamente ayer a la noche en la República para aportar su capacidad de planificación y apoyo logístico al golpe, y ya había regresado a Panamá, dejando a Moscani la responsabilidad de la ejecución.
- ¿Alguna mala noticia, mi general?
Moscani miró a su chofer, el sargento Cipriano Reyes. Reyes era su chofer desde hacía diez años y su hombre de confianza. Gracias a las gestiones del general, los dos hijos de Reyes cumplían su servicio militar optativo en cuarteles seguros, en vez de cuarteles de frontera o, peor aún, en cuarteles en los Territorios Disponibles, adonde iban los indeseables o los inadaptados. Por eso, y por otras cosas más, el sargento Reyes era absolutamente confiable.
- No, Reyes. Todo lo contrario. Como me dijiste, nuestro bienamado Supremo Regidor me confió su custodia y la de Ratz.
- ¿Vio, mi general? Yo se lo dije. No hay otro hombre con la capacidad y las agallas suyas.
- Gracias, Reyes, te ganaste un aumento de sueldo – ambos hombres rieron
- Doy por descontado el éxito de su misión, mi general. ¿A qué importante puesto lo destinarán?
- No lo se, quizás agregado militar en alguna embajada importante.
- O el mando supremo de las Brigadas Deudoras – musitó Reyes.
- Pero el general Zabal está vivo, ¿o sabés otra cosa? – preguntó con suspicacia Moscani.
- Se dice por ahí que Zabal está muerto, y que el Gobierno tapa el asunto hasta que se vaya Ratz – comentó Reyes, mientras detenía el auto en el semáforo de Callao y del Precursor.
- Eso es muy probable – dijo Moscani, recordando lo comentado por Valloca sobre sus sospechas acerca de un clon de Zabal – Típico de nuestro Supremo Regidor.
- Además – prosiguió Reyes – después del éxito político que va a ser la firma del préstamo para el espaciopuerto, Juan Saúl III bien puede permitirse anunciar la muerte de Zabal, ¿no? Por supuesto, echándole la culpa a los Patriotas – y puso en marcha el auto.
No era ésta la primera vez que Moscani se sorprendía de la perspicacia del sargento Reyes. Más de una vez, Reyes le había dado ideas que resultaron ser brillantes. Claro está, los laureles se los llevaba él, opacando a su sargento, como debe ser.
- No está mal tu razonamiento, pero recordá que nuestro bienamado Supremo Regidor es bastante imprevisible.
- Sí, mi general.
Reyes prosiguió conduciendo el auto hacia el Regimiento I, y ambos hombres se sumieron en sus respectivos pensamientos.
- Torre 3 Rey.
Con estas palabras, Valloca supo que Moscani se iba a encargar de la seguridad de Juan Saúl III y de Ratz. La última pieza ya estaba en su lugar y listos para el golpe. En su mano estaba el chip con el plan diseñado por Moscani y Valters, el cual le parecía sencillo y brillante. Miró su reloj. Las 12:20. Ratz llegaría en 24 horas al país con el clon del Supremo Regidor y todo se encarrilaría de nuevo y ya era hora de comunicarse con él. Entró al salón de fumar, se sentó en su sillón favorito e hizo una seña con sus manos frente al espejo, indicando que deseaba comunicarse con Ratz. Segundos después, la imagen del presidente del FMI aparecía en el espejo.
- Mi querido Domingo.
- Mi querido Roger. Moscani estará a cargo de tu custodia y la de Juan Saúl III.
- Excelente – dijo Ratz con una sonrisa – Todo marcha bien.
- Así es. Te paso el plan que idearon Moscani y tu amigo Valters.
Valloca abrió un panel oculto en el apoyabrazos de su sillón, revelando un lector de chips. Colocó en él el chip con el plan y oprimió un botón. En el espejo, Ratz tenía en sus manos un lector y sus ojos se movían rápidamente de izquierda a derecha. Un rato después, Ratz dejaba el lector y éste desaparecía como por arte de magia.
- No tengo dudas de que vamos a triunfar – dijo – pero voy a hacer un pequeño cambio.
- ¿Qué cambio? – se inquietó Valloca.
- Voy a llevar al clon despierto – dijo despreocupadamente Ratz.
La mandíbula de Valloca cayó velozmente y sus ojos salieron despedidos de sus órbitas.
- ¡Pero eso es una locura!
- En absoluto – dijo sin inmutarse Ratz – Mis analistas llegaron a la conclusión de que un Juan Saúl III que escapa ileso al ataque va a ser mejor que uno que fue herido.
- ¿Mejor para quién o qué? – comenzó a desesperarse Valloca.
- Para nosotros, claro. Juan Saúl III será convertido en héroe por haber repelido personalmente el ataque, y el hecho que no será herido le dará un aura de invencibilidad útil políticamente para nosotros.
- ¿Y cómo van a traspasar la mente de Juan Saúl III al clon en tan corto tiempo? – gimió Valloca.
Por toda respuesta, Ratz movió sus manos fuera de la imagen hacia su derecha y reaparecieron con una corona, aparentemente de platino y rubíes.
- ¿Una corona?
- Esto – dijo ceremoniosamente Ratz – es el invento más reciente de nuestros científicos. Dentro de esta corona hay lo que llamamos “banda neuronal”
- ¿Y cómo funciona?
- Igual que una sonda cerebral, pero no es necesaria la trepanación del cráneo. No conozco los datos técnicos, pero te puedo asegurar que funciona perfectamente. La banda almacena los datos y luego se lo pasamos al clon. Lo elegante de esto es que Juan Saúl III no se va a dar cuenta de nada.
- De todos modos – persistió Valloca – traer despierto al clon implica riesgos que bien podemos evitar. ¿Para qué apresurarse?
- Vos no te hagas problemas – cortó Ratz – que va a salir todo bien.
- Si vos lo decís – se rindió Valloca - ¿Y como lo pensás hacer?
- Mejor no te lo digo – dijo secamente Ratz.
Valloca se envaró en su sillón:
- Me ofende que….
- Calmate – lo contuvo Ratz – no es por desconfianza, pero cuanto menos sepas, mejor. Te aseguro que confío en vos plenamente. Sos nuestro mejor hombre en Argentina. Mañana nos vemos.
- Hasta mañana, entonces – musitó Valloca.
La comunicación se cortó, y el espejo volvió a su función original, dejando a un Valloca molesto y asustado a la vez. Molesto, porque fue dejado fuera del cambio de plan. ¿Ratz desconfiaba de él? ¿Habría otro plan dentro de este plan? Podría haberlo, y eso lo asustaba, igual que traer al clon despierto. ¿Y si alguien lo veía? ¿Y si alguien comentaba, como al pasar, que había visto a un hombre igual al Supremo Regidor? Seguramente, el clon iba a ir a los estudios. ¿Cómo y dónde esconderlo mientras el falso ataque tenía lugar? Demasiadas cosas podían salir mal, y todo porque unos estúpidos le dijeron a Ratz que era mejor que el clon fuera despierto.
Se encogió de hombros y tomó el whisky de un solo trago. Todo lo que a él le quedaba por hacer era esperar y ver los acontecimientos. El plan que había comenzado con él y con Zabal ya se había ido de sus manos. La fase de planeamiento había terminado y la ejecución era cuestión de poco tiempo. Por las dudas, su pasaporte estaba al día, no fuera cosa de que lo sorprendan, ¿no?