CLARIN – Luego de 28 días de deliberaciones, hubo “fumata blanca” en la ciudad de Roma. En efecto, el cardenal Yoghurtu Oblongo fue elegido Papa, siendo el primer no europeo en ocupar el trono de San Pedro. El cardenal Oblongo es originario de la ciudad de Mombasa, Kenia y su elección marca el dominio de los países pobres, pero lleno de católicos, en la cúpula del Vaticano. Entre los desafíos que le aguardan están los casamientos entre tres personas, la clonación indiscriminada y el alojamiento de refugiados de las interminables guerras en Africa y Asia.
Mientras esperaba a ser interrogado, Bondini recordaba todo lo que le pasó después de escapar a la emboscada artera de Moscani. Había vagado sin rumbo fijo, con la cabeza baja para no ser reconocido por sus perseguidores que, estaba seguro, estarían detrás de él. Cuando caía la noche, asaltó a un hombre al que le sacó la ropa y la bicicleta en las cercanías de la plaza Flores. Camuflado de esta manera, logró llegar por calles oscuras hasta Beiró y Lope de Vega, donde estaba la última estación de subte de la línea K (Abasto – Lope de Vega). Si bien el proyecto original era llegar hasta la avenida General Paz, los incidentes con los piqueteros y la falta de financiación habían hecho que la traza terminara allí. Pero Bondini sabía que el túnel se había construido pasando la General Paz, y pensaba usarlo como salida de Baires. Bajo a la estación y compró su pasaje con naturalidad, tratando de no atraer demasiadas miradas.
Cuando llegó al andén, algunas personas esperaban el arribo del subte. Unos minutos después, el convoy llegaba. Pocas bajaron y las que esperaban subieron, excepto Bondini que aprovechó esa confusión para saltar delante del convoy y echar a correr por las vías hacia el final del túnel. Algunos metros más adelante, el túnel terminaba con una pared de concreto y una pequeña puerta, custodiada por dos policías. Ambos estaban sentados, fumando y desprevenidos. Bondini no les dio chance.
- Pero qué… - alcanzó a decir uno de ellos, antes que el canto de la mano de Bondini impactara contra su nuca.
El otro cayó igual de fácil. Bondini tomó el handy y la pistola láser de uno de ellos. Abrió la puerta y salió. Del otro lado, unas mortecinas luces eran toda la iluminación que había. Algunas cajas rotas y maquinaria oxidada flanqueaban el abandonado túnel y las ratas iban y venían. Ignorando todo esto, Bondini trotó hasta que el piso comenzó a elevarse. La salida estaba malamente tapiada con algunas maderas fáciles de desplazar. Apenas salió, Bondini inspiró profundamente. Había logrado salir de Baires pero ¿y ahora? ¿Adónde iría? Los Patriotas estaban bastante tranquilos en el círculo urbano interior, por lo que buscar una de sus guaridas iba a ser complicado. ¿Y en el círculo urbano exterior? La actividad guerrillera era escasa. Súbitamente, se dio cuenta de algo: el acto de firma del préstamo para el espaciopuerto era un acontecimiento bastante tentador para alguna intentona de los Patriotas. ¿Y si iban a atacar? Seguramente harían un reconocimiento del terreno y evaluar sus posibilidades.
Sin ver otras alternativas, Bondini entró a un establo y robó un caballo. De esta forma cabalgó hacia el Sur a los estudios Gerardo Sofovich. Contra lo supuesto por Bondini, el trayecto fue bastante tranquilo, salvo cuando se cruzó a la altura de Tablada con un grupo de Hambrientos que se abalanzaron sobre él pero los dispersó atropellándolos con su caballo. Luego de algunas horas de cabalgata, trepó a una pequeña elevación, desde la cual pudo ver los estudios, distantes unos 10 kilómetros. Mientras los miraba, el cañón de un arma se apoyó en su nuca.
- ¿Pero qué tenemos acá? – dijo una voz masculina
- Parece alguien a quien le gusta mirar cosas – dijo otro.
Bondini quiso volverse, pero el arma se apoyó en su mejilla derecha.
- Nadie te dijo que te dieras vuelta. ¿Quién sos?
- Soy el coronel Bondini y busco a los Patriotas.
El coronel sintió la agitación detrás de él, y pensó si no se había precipitado. Por suerte para él, no lo mataron inmediatamente.
- ¿Y para qué querés ver a los Patriotas? – preguntó el que le estaba apuntando a la nuca.
- Tengo información útil para ellos.
- ¿Y si lo matamos? – sugirió una voz – Mejor revisar su cadáver sin mayores sobresaltos.
- No podrías – dijo Bondini – lo que tengo que decirles lo tengo en la cabeza, así que si me matan, no hay información.
- Lo vamos a arreglar así – dijo la primera voz, y golpeó a Bondini con la culata del rifle.
Cuando se despertó, unas cuantas personas lo estaban contemplando. Inmediatamente fue encapuchado y llevado a la rastra adonde estaba ahora. Lo tiraron sin ceremonias al piso y cerraron la puerta. Bondini se sacó la capucha y vio que estaba en una habitación con una mesa y dos sillas. Le habían dejado un paquete de cigarrillos y procedió a abrirlo. Encendió uno y estaba pitándolo cuando una mujer madura entró a la habitación.
- Comandante López – la saludó el hombre con una inclinación de cabeza – Hace mucho que no nos vemos.
- Coronel Bondini – le respondió la comandante López, sentándose en otra silla – No puedo decir que sea un placer verlo.
- Siempre tan encantadora – repuso Bondini, irónico.
- ¿Qué me impide que ordene su ejecución, coronel? – dijo duramente la comandante López - Considerando las torturas a las que sometió a nuestros hombres que tuvieron la desgracia de caer en sus manos y en las del carnicero del felizmente muerto Zabal, tiene que ser una excelente razón.
- El artículo 4 de la Convención de Ginebra no cuenta en este caso – dijo mordazmente Bondini – ya que no existe oficialmente un estado de guerra, así que los tratamos como lo que son: bandidos insurgentes.
- Hable – le ordenó la comandante López, echando fuego por sus ojos – antes que lo mande a ejecutar.
Por toda respuesta, Bondini sacó del bolsillo de su chaqueta un chip y lo dejó en el centro de la mesa que lo separaba de la comandante. Ésta lo tomó y lo colocó en el lector. Leyó por unos minutos y luego le preguntó a Bondini:
- ¿Cómo se que esto es verdad?
- Averigüe con sus fuentes – repuso tranquilamente Bondini – Además, ¿pensaría que voy a venir a entregarme a mis peores enemigos con información falsa?
- Para salvar la vida, uno hace casi cualquier cosa – ladró la comandante López – sobre todo una persona despreciable como usted. Dígame sus condiciones.
- En realidad, hay una sola condición – dijo tranquilamente Bondini, ignorando el insulto – Que me hagan cruzar la frontera con Brasil, con identidad falsa.
- ¿Nada más? – preguntó atónita la comandante.
- Nada más – finalizó Bondini.
- ¿Por qué se fugó?
- Porque alguien decidió que mis servicios ya no eran necesarios – dijo con voz tensa Bondini – Por eso le estoy proponiendo este trato, el cual nos beneficiaría a ambos.
- Comprenderá que debo hablar con mis superiores sobre este caso – dijo cautelosamente la comandante López.
- Por supuesto.
La comandante salió e hizo una seña a los guardias. Acto seguido, entró a la habitación donde estaban los tres oficiales de inteligencia, Andrea y Pedro. Por la telepared todos pudieron ver que un guardia le disparaba a Bondini con un rayo tranquilizador y éste caía como una bolsa de papas al piso. Mientras los guardias se lo llevaban a la rastra, la comandante López tomó asiento y le preguntó a uno de los de inteligencia:
- ¿Qué indicaron los sensores?
- Se mantuvo tranquilo – respondió el oficial – Pulso y temperatura corporal dentro de los valores normales, salvo cuando comentó el motivo por el cual está acá.
- ¿Y que nos dice eso?
Andrea fue la primera en contestar:
- Que está jugado. Sus supuestos amigos lo abandonaron y ya no le importa nada, excepto su pellejo.
- ¿Y el resto de ustedes? – preguntó la comandante – Sus opiniones, por favor.
- ¿La información que trajo este sujeto es auténtica? – preguntó Pedro.
- Coincide con lo que nos informó el Alto Mando sobre el intento de golpe de los militares y el FMI contra Juan Saúl III. Esto sería el plan completo.
- Cambia su salvoconducto hacia el exterior del país por los planos de un golpe de estado. Me parece un trato justo, siempre y cuando no sea una trampa del Gobierno – fue el comentario de Pedro.
- Lo mismo pienso yo – repuso la comandante – Ahora vamos a revisar esta información.
La comandante colocó el chip en una pizarra electrónica y la activó. Frente a todos, comenzaron a aparecer fotos, filmaciones, esquemas y datos diversos. Luego de unos minutos, la pizarra se apagó. Todos quedaron en silencio, meditando sobre lo que habían visto y oído.
- ¿Conclusiones? – ordenó la comandante López.
- Hay un problema serio – respondió Pedro. Todos lo miraron.
- Explíquese – dijo secamente la comandante.
- Los militares van a montar un ataque falso, entonces la guardia personal de Juan Saúl III lo va a sacar de la línea de fuego apenas comience el tiroteo, ¿no?
- Correcto – dijo uno de los oficiales de inteligencia.
- Para que el ataque tenga éxito, tienen que malherirlo o matarlo fuera de la vista de todos, ¿es así?
- Así debería ser – respondió Andrea.
- Entonces, ¿cómo vamos a hacer para secuestrarlo, si va a estar rodeado por su custodia personal y totalmente alerta? Porque acá – señalando a la holopantalla ahora apagada – nada dice que la guardia personal del Supremo Regidor esté infiltrada o sobornada.
Un pesado silencio siguió a sus palabras. Al rato, la comandante López dijo:
- Parece que su razonamiento es impecable, Díaz. Nos va a ser imposible capturarlo. Voy a tener que informar inmediatamente al Alto Mando de esta dificultad.
- Hay otra cosa más – agregó Pedro
- ¿Qué más? – preguntó Andrea.
- El asesino. La persona que tiene que dejar fuera de combate a Juan Saúl III.
- ¿Quién es? – preguntó uno de los oficiales de inteligencia.
- Tiene que ser alguien de la suficiente confianza de Juan Saúl III para quedar a solas con él, alguien a quien la guardia personal del Supremo Regidor también defienda y esté libre de sospechas, alguien que aparezca con él en actos públicos. Con la fama de latin lover del Supremo Regidor, creo que debería ser una mujer.
Andrea sonrió y asintió con la expresión de un maestro que ve a su alumno favorito resolver un problema particularmente difícil. Las deducciones de Pedro le parecieron sumamente acertadas, y así lo pensó la comandante López.
- A ver, usted – ella señaló a uno de los oficiales – Averigüe si hay alguien cerca del Supremo Regidor con las características que acaba de definir Díaz.
- Inmediatamente, comandante.
El oficial comenzó a trabajar con su consola. Momentos después, llegó la respuesta.
- Esta podría ser la persona – e hizo un gesto con la mano.
En la holopantalla, apareció una imagen de la Casa Rosada. En uno de los balcones estaba Juan Saúl III y a su derecha se podía ver a una bellísima mujer, de porte regio y altivo.
- Según nuestros datos, la mujer se llama Cecilia Marie Fonck. El dato mas reciente que tenemos sobre ella data del 27 de Mayo de 2050, cuando se conocieron en una recepción en la Embajada de EE.UU. Desde entonces, se los vio juntos en diversos actos oficiales e, inclusive, vive con el Supremo Regidor en la fortaleza de Olivos.
- ¿También tienen agentes ahí? – preguntó con sorpresa Pedro.
- Y en varios lugares clave – dijo Andrea – No es para sorprenderse.
- ¿Puede obtener más información de ella? – dijo la comandante.
- Pruebo – dijo el oficial.
Sus manos volaban sobre el plexiglás de la consola, y diversos hologramas aparecían y desaparecían a una velocidad tal, que Pedro se mareó. Tiempo después, el oficial se reclinó en su sillón de trabajo y bajó sus hombros en señal de derrota.
- Nada – dijo – No hay nada de ella en la SIDED, ni en el Registro Nacional de las Personas, ni en Migraciones. Nada.
- Sin embargo, allí está – dijo Andrea.
- Ya lo sé – gruñó el oficial – pero busqué de todas las formas posibles, pero nada. Es como si hubiera aparecido del aire.
- No es algo que nos interese saber – dictaminó la comandante López – No afecta en nada a nuestros planes. En tres horas los quiero a ustedes dos – señalando a Andrea y a Pedro – en la sala de conferencias.
Tres horas después, en la sala de conferencias, la comandante López exponía lo que había hablado con el Alto Mando y su respuesta.
- Sólo se hará la transmisión de la información que disponemos y, también, poner en evidencia que el ataque es falso. Tenemos que abrir los ojos de la gente.
- ¿Y cuál va a ser la coartada para entrar? – preguntó Pedro.
- Se está haciendo un casting para un programa totalmente nuevo. Se trata de reunir a seis hombres y a seis mujeres en una casa aislada del exterior. Todo lo que hagan en esa casa será transmitido por holovisión y la audiencia elige con su voto quien debe irse de la casa.
- ¿Y eso es divertido? – preguntó perpleja Andrea
- Las encuestas previas aseguran que va a ser un éxito. Hay que considerar que es la primera vez que se hace un programa de estas características, y eso garantiza que, al menos, la gente lo vea para saber de que se trata. Ustedes van a presentarse a ese casting.
- ¿Cómo vamos a ingresar los HVDs a los estudios? – preguntó Pedro.
- Ya están adentro – dijo uno de ojos rapaces, un coronel, a juzgar por los galones – Una vez que ustedes estén dentro de los estudios, serán alojados en una casa para los aspirantes a participar en el programa. Allí serán contactados por alguien de los nuestros y recibirán instrucciones e información de última hora.
- Desde ahora hasta el fin de la misión, sea cual sea – dijo la comandante López – asumirán sus nuevas personalidades: Romina y Pablo. No respondan a sus verdaderos nombres, porque muchas operaciones fallaron por ese pequeño detalle. No harán ni dirán nada que atraiga sospechas sobre ustedes. Tengan muy en cuenta que la seguridad en los estudios será extrema, así que eviten los problemas hasta el momento en que sí se van a tener que meter en problemas – todos rieron un poco forzadamente.
“Les sugiero que vayan a la habitación que les fue preparada y descansen lo más que puedan, porque desde mañana estarán en un perpetuo estado de alerta. Cuando se duerman, los recitadores mnemónicos les transmitirán los puntos más importantes del plan. Pueden irse”.
Pedro y Andrea salieron de la sala de conferencias. En la puerta había una sargento que los condujo por la miríada de pasillos hasta que llegaron a un ala del cuartel donde estaban las habitaciones de los mandos superiores. En la tercera puerta de la derecha del pasillo, la sargento se detuvo y les dio una vieja tarjeta-llave.
- Que descansen – dijo a modo de despedida.
Luego que la sargento se alejó, Pedro colocó la tarjeta en la ranura que estaba debajo del picaporte de la puerta, y ésta se abrió silenciosamente. Pedro se corrió para dejar pasar a Andrea, quien le agradeció con una sonrisa. Dentro de la habitación suavemente iluminada y pintada de un celeste pálido, había unos sillones de uno y dos cuerpos, una mecedora antigua, un holovisor de última generación, una mullida alfombra y una…
- ¿Cama matrimonial? – comentó divertida Andrea, mirando a Pedro, quien se tapaba la boca para no reírse.
- Tendremos que aprovecharla – dijo él, mirándola con una expresión entre cómica y lasciva.
- Señor Echorri – dijo ella, usando el alias de la misión – Si piensa que una doncella ingenua como yo se entregará sin más a su pecadora lujuria… pues está en lo cierto – y lo arrojó a la cama, cayendo sobre él.
Luego de besarse un rato, Pedro dijo:
- ¿Pensaste en algún momento en un futuro conmigo? Digo, de vivir juntos.
Andrea lo miró sorprendida. Claro que quería estar con él todo el tiempo, pero no esperaba que tomara la iniciativa, y menos antes de una misión potencialmente peligrosa. Lo miró a los ojos un largo rato, pensando y repensando en la proposición de Pedro, hasta que dijo:
- Preferiría dejar de lado cualquier respuesta hasta que terminemos con la misión. No me atrevo a pensar tan lejos.
Para su sorpresa, Pedro no se mostró abatido, sino un poco hostil.
- Me lo imaginaba. Primero los Patriotas y después el resto, ¿no? ¿Qué hay de tus sentimientos personales?
Andrea vaciló ante el inesperado ataque. Salió de encima de él, se sentó en el borde de la cama y respondió:
- Antes era así, mi vida por los Patriotas. Pero pasó algo que me conmovió hasta lo más hondo.
- ¿Y que podría haber sido eso? – dijo Pedro, oliendo la respuesta.
- Vos me pasaste – vaciló Andrea – Yo… yo… nunca había sentido algo así por un hombre. No se que tenés, Pedro, pero hay algo en vos que me atrae mucho.
- ¿Será mi legendaria belleza? – dijo él con sarcasmo.
- ¡No se puede hablar en serio con vos! – y le tiró una almohada.
Pedro le tiró la suya y comenzaron una batalla de almohadas como dos niños, hasta que él la abrazó y la besó con ternura y pasión.
- Siento que te amo, Andrea. Quiero que lo sepas. Aunque pase lo peor dentro de dos días, quiero que lo grabes a fuego en tu corazón. Si a vos no te pasa lo mismo conmigo, no importa. Puedo amar por los dos.
- Sos un bobo – dijo Andrea lagrimeando – claro que te amo, pero tengo miedo. Miedo de perderte.
- Yo te voy a cuidar, si vos me prometés lo mismo – dijo el con voz tranquila y secándole una lágrima.
- Te lo prometo.
Se desvistieron mutuamente. Hicieron el amor con ternura y se durmieron abrazados con una expresión de felicidad. Los recitadores mnemónicos comenzaron su tarea y esa fue la última vez por un tiempo que pudieron dormir en paz.