EFE – La erupción del volcán Cumbre Vieja en las islas Canarias tiene preocupados a los geólogos europeos, quienes temen que la continua actividad del volcán cause el derrumbe de su flanco occidental y provoque una tsunami de hasta 50 metros de altura capaz de arrasar buena parte de la costa de América desde Brasil hasta los EE.UU. Esto fue calificado por voceros de la NASA como “absurdo”.
El plateado artefacto con forma de punta de flecha comenzó su descenso desde la estratosfera. A medida que alcanzaba las capas más densas de la atmósfera, las características lenguas de fuego causadas por el roce comenzaron a envolver el fuselaje. El ruido del roce, combinado con el de los motores, era atronador, pero nada de esto era percibido desde el interior donde, en su cabina privada, el señor Ratz meditaba con música de Rachmaninoff de fondo. A su derecha, la pared del fuselaje era totalmente transparente y se podía ver la curvatura de la Tierra, el comienzo del espacio exterior y las lenguas de fuego, pero él lo ignoraba todo, absorto como estaba en sus pensamientos.
Pensamientos que fueron interrumpidos por el sonido discreto del zumbador de la puerta de acceso a su cabina privada. Un vistazo a la pantalla le indicó que el comandante de la nave aguardaba pacientemente. Aunque estaba dentro de sus prerrogativas, el señor Ratz no lo hizo esperar mucho. Con un movimiento de su mano, la puerta se abrió silenciosamente y el comandante entró por ella. Se detuvo ante Ratz y se inclinó:
- Disculpe mi atrevimiento, pero quería anunciarle personalmente que en veinte minutos aterrizaremos en la aeroisla Domingo Cavallo.
Aunque podría haber comunicado lo mismo por el intercom, el comandante sabía que siempre era bueno estar a la vista de los poderosos, sobre todo si uno hacía bien su trabajo, y él era el mejor; no en vano tripulaba habitualmente la nave personal del señor Ratz. Éste, por supuesto, lo sabía, y lo despidió con un amable asentimiento. Cuando el comandante se retiró, el señor Ratz miró al exterior y recordó a Cavallo. Domingo Felipe Cavallo, ministro de Economía del Precursor hasta 1996, y desde 2008 hasta su muerte era, de pies a cabeza, un hombre del FMI. Junto con Carlos Saúl I, formaron el dúo más consecuente del Tercer Mundo, ejecutando con entusiasmo las órdenes que se les enviaba desde Washington. Qué lástima que su temperamento lo traicionó muchas veces, hasta el punto que se enfrentó a Carlos Saúl I y tuvo que irse. Cuando el Precursor volvió definitivamente al poder en 2008, luego de una muy discreta gestión del FMI, llamó a Cavallo de su destierro en Harvard y, después de muchas negociaciones, aceptó ser el Secretario del Tesoro. Desde ese puesto, sirvió con fidelidad hasta convertirse en el hombre de máxima confianza del Precursor y su mejor amigo. A su muerte, Máximo Saúl II bautizó la aeroisla que se construyó frente a Baires con su nombre, como merecido homenaje.
La pared del fuselaje recobró su opacidad, señal de que el aterrizaje era inminente. El cinturón de seguridad se ajustó automáticamente y el señor Ratz aguardó pacientemente la conclusión del viaje. Minutos después, la nave se posaba suavemente en suelo argentino. El cinturón de seguridad se desabrochó y el señor Ratz se dirigió a la compuerta de salida, donde la tripulación en pleno lo esperaba para presentarle sus respetos. Luego de los saludos protocolarios, la compuerta se abrió y el señor Ratz descendió por ella con el paso y la expresión de un emperador visitando uno de sus territorios, y en la práctica casi lo era, y él lo demostraba. No cometía el error de mostrarse amable con los gobernantes títeres de los países dominados por el FMI, salvo para obtener ventajas o arrancar concesiones.
Al pie de la escalerilla, el Supremo Regidor de la República Deudora Argentina, Juan Saúl III, lo esperaba expectante y con cierto nerviosismo. Aguardaba una declaración pública de apoyo de Ratz en el sentido de que se hacían las cosas como el FMI quería, pero el asunto irresoluto del asesinato de Karkov le carcomía el estómago y se veía venir un reto. De todos modos, su famosa sonrisa estaba en su lugar. Apenas Ratz pisó suelo argentino, Juan Saúl III se inclinó profundamente y se irguió.
- Bienvenido a su casa, señor Ratz.
“He visto pocilgas mejores que este asqueroso país” – pensó el presidente del FMI sin dejar traslucir nada.
- Gracias, amigo mío – y se estrecharon las manos.
- ¿Tuvo un buen viaje? – preguntó solícito el Supremo Regidor.
- Como siempre, gracias. ¿Nos vamos?
- Por acá, señor – Juan Saúl III le mostró el camino.
Ambos dignatarios caminaron por la alfombra roja que se extendía desde la nave hasta la limusina blindada, traída unos días antes por el Servicio Secreto de EE.UU. La alfombra estaba flanqueada por una guardia de honor de las Brigadas Deudoras, a quien el señor Ratz le pasó revista. Dos pasos atrás, mostrando el respeto correspondiente al protocolo, iba Juan Saúl III. Del otro lado de la limusina, y contenida por la seguridad de la aeroisla, una multitud con banderas y pancartas aclamaba al ilustre visitante. Justo antes de entrar a la limusina, el señor Ratz levantó y agitó el brazo en señal de saludo a la multitud e ingresó al vehículo. El Supremo Regidor lo siguió rápidamente. La puerta de la limusina se cerró y partieron raudamente con fuerte escolta hacia la Macri Tower, lugar donde se alojaría el señor Ratz y su séquito durante las 72 horas de su permanencia en la República Deudora Argentina.
- Me ocupé personalmente de que su estadía sea lo más agradable posible – dijo obsequiosamente Juan Saúl III.
- Estoy seguro de eso – replicó Ratz – La construcción del espaciopuerto va a hacer que la Argentina sea integrada aún más en el Primer Mundo.
- Por supuesto – asintió Juan Saúl III, sin notar la ironía del comentario – Ese es el deseo de todos los argentinos.
- ¿De todos? – dijo Ratz, aprovechando el pie que ingenuamente le dio el Supremo Regidor – Me permito recordarte que mi amigo Igor murió asesinado frente a tus ojos por argentinos y todavía no me diste ninguna buena noticia.
La sonrisa de Juan Saúl III se congeló. Algunas gotas de sudor comenzaron a formarse en su frente, pero se recuperó.
- Señor, el hombre al que le encargué la tarea, el general Zabal, fue emboscado por los sucios Patriotas y malherido. Por los datos que el general había obtenido, estaba cerca de hallar y capturar a los asesinos.
- ¿Y cuándo se recuperará el general? – fingió interés Ratz
- Según los médicos, en alrededor de una semana. De todos modos, la SIDED prosigue la búsqueda en base a lo descubierto por Zabal y tengo plena confianza en que pronto los vamos a encontrar.
- Espero que así sea – siseó Ratz mientras pensaba lo hábil que era el Supremo Regidor para mentir y se encontró, a su pesar, admirándolo.
Por su parte, Juan Saúl III lanzó un suspiro mental de alivio por haber logrado aplacar al menos por un rato el enojo del presidente del FMI, aunque se quedó con la sensación de que Ratz no le creyó del todo. No importaba: siempre es preferible una duda a una certeza, pero la sensación de incomodidad persistía.
Luego de que el señor Ratz y Juan Saúl III abandonaron la aeroisla, la guardia de honor y la multitud se retiraron del lugar. Unos minutos después, la dotación de tierra comenzó a bajar el equipaje, mientras el séquito del señor Ratz comenzaba su descenso ante la aburrida mirada de un técnico de tierra. Hombres y mujeres iban vestidos en forma similar, es decir, trajes grises, camisas o blusas blancas y corbatas también grises, y no había demasiadas diferencias físicas entre ellos. De pronto, la modorra del técnico que contemplaba al séquito fue sacudida por un hombre claramente diferente del resto. De dos metros de altura, anchas espaldas y un andar muy particular, aquel personaje llamó la atención del técnico que pensó que tenía un extraordinario parecido con alguien sin poderlo precisar. Se concentró en pensar a quién le recordaba y, cuando ya lo tenía...
- ¡Che, vos! – lo apuró una voz autoritaria detrás del técnico - ¿Vas a seguir paveando o qué?
- ¡Ya voy, ya voy! – respondió el aludido mientras giraba en redondo y volvía a sus ocupaciones, olvidándose inmediatamente que había visto al clon de Juan Saúl III.
La limusina blindada del señor Ratz ingresó a las cocheras subterráneas de la Macri Tower, donde el vehículo personal del Supremo Regidor los estaba aguardando. Allí, Juan Saúl III se despidió del señor Ratz y éste tomó el ascensor panorámico hasta el piso 300. Allí, charlando amistosamente con el jefe de la custodia de Ratz, estaba el Secretario del Tesoro Valloca. Apenas Ratz entró al piso, los dos hombres se pusieron de pie.
- Mi querido Domingo – dijo Ratz
- Mi querido Roger – dijo Valloca.
Ambos hombres se fundieron en un abrazo, mientras el jefe de la custodia se retiraba discretamente. Al cabo de un rato, se separaron.
- Hace sólo 5 días que nos vimos, pero parecen más – comentó Valloca.
- Es que nosotros somos hombres tremendamente ocupados – repuso Ratz – y el tiempo no corre igual para nosotros.
Tomaron asiento en los cómodos sillones automáticos de la megasuite y un robot-bar Braun se acercó a servirles tragos y bocadillos.
- ¿Y bien? – preguntó Ratz.
- Como para empezar, nuestros amigos, por mi intermedio, te mandan sus saludos y respetos y renuevan sus votos de fidelidad.
Ratz asintió complacido. Por “nuestros amigos”, Valloca se refería al establishment local, alineado como un solo hombre con los dictados político-económicos que provenían del exterior.
- ¿Qué mas?
- Esta noche, en el palacio Sans Souci, habrá una recepción en tu honor: una fiesta de disfraces – dijo Valloca,
- Sí, ya lo sabía – alardeó Ratz – Por eso la corona que te mostré el otro día. ¿Cómo se va a rehusar a usar algo que yo personalmente le regalé?
- Eso sí podrías haberme comentado, ¿no? – se quejó Valloca.
- No te alteres. No era vitalmente importante que lo supieras.
- Está bien – se resignó Valloca – Pasamos a la ceremonia de la firma del préstamo en los estudios Sofovich. Moscani, como jefe de la seguridad en los estudios, reforzó la guardia habitual e incrementó el patrullaje tanto en el interior como en el exterior. Entre esos hombres, están los que van a realizar el falso ataque.
- Hablando de militares, ¿averiguaste algo más de Zabal?
- Bondini me dio la filmación del combate en Saladillo y es prueba concluyente de que mi amigo murió allí, junto con casi todo un regimiento. Esto me lleva a estar seguro de la existencia de un clon de Zabal.
- Tu informe consignaba que Bondini se había convertido en un potencial problema para nosotros. ¿Mandaste a eliminarlo?
- Moscani me dijo que murió, pero su cuerpo no fue encontrado. Para colmo, ayer o antes de ayer, no recuerdo bien, dos policías denunciaron que fueron atacados por sorpresa por alguien con la descripción de Bondini al final del túnel de la línea K de subterráneos y que huyó al cinturón urbano interior.
- ¿Podrá traernos problemas?
- No creo. Nosotros lo buscamos para matarlo y los Patriotas, para lo mismo, así que va a tener que guardarse por un largo rato.
- Creo que tenés razón. Va a estar demasiado ocupado con su supervivencia para perjudicarnos de alguna manera, ¿no?
- Efectivamente.
Ratz se puso de pie con dos copas en la mano y le dio una a Valloca. Alzó la suya.
- Por el éxito de nuestra empresa.
- Por el éxito.
Las copas chocaron con un sonido cristalino. Mientras bebía, Valloca reflexionó brevemente sobre todo lo hecho para llegar a este punto y le quedó una mala sensación. Todo iba sobre rieles, demasiado bien quizás. Sentía cierta inquietud que no lograba disipar ni con el excelente whisky que le había servido Ratz de su propia mano, lujo reservado sólo a pocos.
Esa inquietud no se desvaneció ni siquiera en la fiesta de disfraces en el palacio Sans Souci, repleta de la más reluciente horda de funcionarios, personajes famosos, mujeres despampanantes y, destacándose por sobre todos ello, el Supremo Regidor Juan Saúl III. Vestido de rey y con la corona que le había regalado Ratz, firmemente asentada en su cabeza, estaba bailando desenfrenadamente. Curioso, Valloca se acercó a él trabajosamente. Cuando lo alcanzó, le gritó al oído, tratando de hacerse escuchar por sobre la estridente música:
- Hermoso disfraz, mi señor.
- ¿Te gusta? – se pavoneó Juan Saúl III – Un diseño exclusivo de Dolce & Gabbana, copiado de un cuadro de Napoleón I.
- Con todo respeto, mi señor – dijo Valloca, mirando hacia arriba - Napoleón nunca uso una corona como la que usted lleva.
- ¿Verdad que soy original? Además, no voy a rechazar un regalo tan exclusivo de mi amigo Ratz quien, dicho sea de paso, ¿dónde está?
- Tuvo una molesta indisposición, por lo que no pudo venir. ¿No se lo comunicaron?
- Mmmmm, creo que sí – Juan Saúl III se encogió de hombros, sin dejar de bailar.
Valloca lo miró de arriba hacia abajo sin dejar traslucir sus pensamientos. Si no se hubiera puesto semejante corona, el disfraz hubiera sido realmente bueno, pero no hacían buena combinación el atuendo y la corona, más apropiada para un rey del Medioevo que para un emperador de la era Moderna.
- De todos modos – continuó el Supremo Regidor – me pasó algo raro con la corona.
- ¿Qué pasó? – se interesó Valloca.
- Nada importante. Apenas me la puse sentí un cosquilleo en las sienes, pero me duró poco.
- ¿La emoción, quizás?
- Puede ser. No creo que Ratz ande regalando coronas por ahí, ¿no?
- Por supuesto, mi señor – se inclinó Valloca – Nadie es tan digno de esa corona como usted.
Un mozo se acercó y les ofreció vino, champagne y jugo natural de naranja. Juan Saúl III, previsiblemente, eligió el champagne. Valloca, cautamente, prefirió el jugo, ganándose una mueca de reprobación del Supremo Regidor. Éste alzó su copa y dijo:
- ¿Sabés una cosa? Estoy seguro de que mañana va a ser un gran día. ¡Vamos a hacer historia!
Valloca, a su vez, levantó su copa, sonriente.
- Estoy seguro que sí, mi señor. Haremos historia.