CNN – En la ciudad de Beijing fue ratificado por diez años más el protocolo de Helsinki, en el cual se determinó las esferas de influencia de las principales potencias del planeta; es decir, China y Japón mantendrán su supremacía económica y política en Asia y este de África, mientras que las potencias occidentales ratifican su dominio en Latinoamérica y oeste del continente negro.
Al mismo tiempo que Juan Saúl III recibía al señor Ratz, Andrea y Pedro estaban haciendo cola frente a una de las entradas de los estudios Gerardo Sofovich, aguardando su turno para presentarse al casting del nuevo programa. Junto a ellos, otras mil quinientas personas esperaban pacientemente. La producción de “El ojo que no duerme”, nombre del programa, había difundido la noticia de que el ganador del reality se llevaría un millón de dólares americanos, una pequeña fortuna. Por eso la gran cantidad de gente que había concurrido a los estudios, ilusionada con ganar ese suculento premio.
- Parece una fortaleza – comentó en voz baja Pedro.
- Estos estudios son un típico exponente de la paranoia del poder – dijo Andrea – Los lugares vitales deben ser fortificados, y este lugar es importante para el Gobierno.
Pedro asintió. En 2020, Máximo Saúl II ordenó desalojar la ciudad de Glew y trasladar a sus habitantes al círculo urbano interior. La mayoría, comprensiblemente, se resistió a eso, por lo que las Brigadas Deudoras emplearon la fuerza. Varios de los habitantes de la pequeña ciudad murieron bajo los látigos neuronales de los soldados y los heridos se contaron a centenares. Luego del violento desalojo de la población, se cerró Glew con un muro formando un pentágono y se ordenó a los dueños de los cinco canales principales a mudarse a los nuevos estudios Gerardo Sofovich, bautizado así por uno de los más dilectos compañeros del Precursor.
Previsoramente, Andrea y Pedro llegaron temprano a los estudios, cosa de ser atendidos sin mucha demora, y así fue. Tras una espera de veinte minutos, entraron por la puerta 11, muy custodiada por hombres de las Brigadas Deudoras y de la guardia permanente de los estudios. Luego de atravesar la galería de entrada, ambos fueron introducidos en una oficina donde los esperaba una mujer con aspecto recio, vestida con el uniforme de la guardia de los estudios. Dos soldados se acercaron y les sacaron los bolsos que traían, los cuales revisaron rápida y expertamente. Uno de ellos miró a la mujer y alzó su pulgar.
- Pónganse frente a los identificadores – ordenó.
Pedro y Andrea obedecieron sin chistar, acercando los ojos a un lector de retinas y poniendo sus manos sobre una placa traslúcida. Los identificadores hicieron su trabajo.
- Romina Gastani y Pablo Echorri – leyó la mujer en una pantalla.
- Somos nosotros – dijo Pedro.
- ¿Y a qué vienen?
- Al casting de “El ojo que no duerme” – respondió Andrea.
La mujer los miró evaluativamente.
- Bien, creo que los van a aceptar. Son los dos bastante atractivos, especialmente vos, Romina – Andrea se estremeció, pero no dijo nada.
Los identificadores emitieron dos tarjetas de color verde, con un borde opaco de un material parecido al cristal. La mujer las tomó y se las entregó a Andrea y a Pedro.
- Estas tarjetas tienen sus datos personales grabados en ellas y el lugar adonde deben ir. Si se iluminan, es que están en el camino correcto. Suerte – les dijo a modo de despedida.
Los dos salieron presurosos de la oficina y, finalmente, terminaron de cruzar el muro. A su izquierda, a unos cien metros, pudieron ver la mole del estudio principal del holocanal 11. Frente a ellos se abrían diversos caminos asfaltados y se podían ver varias casas de todo tipo y antigüedad, además de otros edificios de construcción más reciente. Pedro movió su tarjeta para orientarse. Cuando se iluminó, ambos comenzaron a caminar en la dirección indicada, bordeando el muro. Un carro con turistas japoneses pasó a su lado, mientras la guía les iba señalando las casas. Éstas cumplían la doble función de escenario para producciones televisivas y de atracción para turistas, ya que eran lo suficientemente viejas y originales en su construcción para ser visitadas por extranjeros. Luego de caminar unos metros, Andrea y Pedro se encontraron frente a un edificio de cuatro pisos, sin pintar. Al entrar hallaron un mostrador y, sentados detrás, a una mujer y a un hombre atareados frente a sus terminales.
- Buenos días – dijo Pedro
La mujer alzó su mirada.
- Buenos días. ¿En qué puedo ayudarlos?
- Venimos al casting.
- Sus tarjetas, por favor.
Ambos entregaron sus tarjetas. La mujer las introdujo sucesivamente en un lector, mientras el hombre los miraba de reojo.
- Bien, usted – dijo la mujer mirando a Andrea y devolviéndole su tarjeta – A su izquierda, tercer piso, habitación 324, y usted – dirigiéndose a Pedro, entregándole la suya – hacia su derecha, también tercer piso, habitación 311. Como supongo que se habrán dado cuenta, hombres y mujeres quedan separados. Si se encuentra a alguno en el ala del edificio que no le corresponde, será automáticamente expulsado. ¿Está claro?
Ambos asintieron, preguntándose el por qué de tan extraña disposición, ya que, si querían, podrían encontrarse afuera y hacer lo que quisieran.
- Esto se hace así – siguió la mujer, como si leyera las mentes de los dos – porque nos interesa que esos, emmm, ímpetus, se liberen en el programa. Cuestión de rating, nada más. Para prevenir deslices, los hombres se someterán a un recuento de espermatozoides, cosa de que no falte alguno – sonrió – A las mujeres les revisaremos sus vaginas. Para que esto sea equitativo, a ambos sexos les revisaremos los anos. ¿Alguna pregunta?
Los dos la miraron con cara de asco.
- ¿Esto es legal? – preguntó Pedro.
- Por supuesto – dijo el hombre que estaba sentado al lado de la mujer – Esas tarjetas que tienen con sus nombres son la aceptación de todas y cada una de nuestras exigencias. Desde ahora y hasta que se vayan por decisión o de los espectadores, están atados a las decisiones de la producción. ¿Alguna pregunta?
Sin mediar palabra y con un beso rápido, Andrea y Pedro se despidieron y fueron hacia la habitación que les fue asignada. Al no haber ascensor, subieron por la escalera. Un rato después, Andrea llegó a la suya. Ésta era de reducidas dimensiones y austera, con una ventana cerrada. Por todo mobiliario había dos camas cucheta, una mesita de luz con un velador y un armario. Sobre su cabeza colgaba una lámpara de poca potencia. Las paredes estaban sin pintar ni revocar. Al lado del armario se hallaba la entrada al baño, sin su puerta. Todo decía que ese edificio había sido construido a las apuradas. Andrea se sentó en una de las camas y apoyó el mentón en la palma de su mano derecha. En ese momento, alguien golpeó suavemente la puerta abierta.
- Hola.
Andrea levantó la vista. Bajo el marco de la puerta estaba una joven de unos veinte años de tez mate, ojos y pelo negro, bajita y vestida de ordenanza. Una sonrisa le cruzaba el rostro, mostrando unos dientes blancos. Unos hoyuelos en sus mejillas completaban una simpática cara. Tenía en el lóbulo de su oreja izquierda un pequeño auricular inalámbrico.
- Hola – respondió Andrea.
- Mi nombre es Irupé – dijo la recién llegada – y estoy encargada de la limpieza del ala femenina del edificio.
- Yo soy Romina.
- Bienvenida, Romina. Estoy escuchando ópera. ¿Te gusta la ópera?
Aunque no lo dejó translucir, Andrea se puso en guardia. Lo que acababa de decir Irupé era parte de una contraseña para reconocer a los Patriotas infiltrados en los estudios.
- Por supuesto, especialmente las de Verdi.
- ¿Alguna en particular? – preguntó Irupé, ladeando su cabeza.
- Sí, la que se estrenó en El Cairo.
Las dos mujeres estaban hablando de la ópera “Aída”, estrenada en El Cairo, capital de Egipto, el 24 de Diciembre de 1871, y nombre de la comandante del cuartel Patriota en Longchamps. Irupé no perdió la compostura y entró en la habitación.
- ¿Ya visitaste el baño?
- No todavía. ¿Me lo mostrás?
- Con gusto
Andrea se puso de pié y siguió a Irupé al baño, el cual, en consonancia con la habitación, estaba a medio terminar. No había bañera y ni siquiera un cuadrado que delimitara el área de la ducha. Al menos había un inodoro, un bidet, una pileta y un botiquín con su correspondiente espejo.
- Bienvenida, Andrea – dijo Irupé, despojándose del personaje.
- Gracias, Irupé. ¿Es tu verdadero nombre?
- Así es.
- ¿Novedades?
- La vigilancia en todos los estudios fue reforzada. Además de una compañía extra de las Brigadas Deudoras, está parte de la guardia personal de Ratz revisando y husmeando todo.
- ¿Dónde se va a hacer la ceremonia de la firma del préstamo y a qué hora va a comenzar?
- En el holocanal 7, el más visto de las dos Argentinas y de los países limítrofes. La hora de comienzo es a las 12:00 horas de mañana.
- Hasta ahora, nada que no hayamos contemplado.
- En efecto.
- ¿Ya tienen un plan para entrar en el centro de control?
- Sí, ya lo tenemos.
- Perfecto. ¿Cuándo van a hacer contacto con Pedro?
Irupé consultó su reloj.
- En estos precisos momentos.
- Bien. La operación va a comenzar a las 11:45, así que nos tendríamos que reunir 15 minutos antes.
- Tenemos un lugar apropiado para eso.
- Bien.
Irupé le dio una moneda y Andrea la examinó. La moneda era bastante vieja, del año 1995 y era dorada con un borde plateado con inscripciones muy borroneadas. En una de sus caras había un sol y en la otra había un escudo.
- ¿Y esto?
- Tu guía va a tener una igual. Con esto se van a reconocer.
En la otra ala del edificio, Pedro tenía una conversación similar con Luis. A diferencia de Irupé, Luis era de aspecto nórdico, casi un prototipo de ario, pero tenía un carácter semejante al de Irupé. También poseía su misma determinación.
- ¿Y cómo vamos a entrar al centro de control? – preguntó Pedro.
- Eso no te lo puedo decir en este baño – dijo Luis – pero cuando nos reunamos lo vas a saber. No pierdas la calma, hablá poco y no te hagas notar.
- Lo importante es mantener un perfil bajo.
- Exactamente. Podés salir del edificio tranquilamente y pasear no muy lejos.
- Perfecto.
Dos horas después, los mil postulantes que quedaron eran reunidos en un salón de actos en el sótano del edificio, parecido a un teatro. Por uno de los costados del escenario apareció caminando como si se tropezara un hombre de unos cuarenta años, muy alto, rubio y de ojos celestes. Se detuvo en el medio del escenario y dijo:
- Bienvenidos a todos. Ustedes son la primera selección para ser los participantes de “El ojo que no duerme”. ¡Fuerte ese aplauso!
Todos aplaudieron.
- Veo que están contentos. Me alegro mucho. Mi nombre es Alejandro Guebe y voy a ser el conductor del programa. Quería decirles que el casting va a comenzar dentro de dos días.
Abucheos y silbidos.
- Bueno, no se pongan así – dijo Guebe un poco contrariado – Mañana va a haber un importantísimo acto en estos estudios, por lo que las actividades normales serán suspendidas hasta pasado mañana. Mientras tanto, disfruten de su estadía – y se fue.
Mientras iban hacia la salida en medio del tumulto, Pedro cuchicheó en el oído de Andrea:
- No vamos a tener problemas para irnos mañana de acá, ¿no?
- No debería haberlos – respondió ella – Tanto Irupé como Luis nos van a avisar del momento y lugar adonde nos vamos a reunir. Mientras tanto, hagamos como dijo el bobo ese de Guebe: disfrutemos.
- ¿Podemos? – preguntó él con gesto entre pícaro y lascivo.
- Ahora no – respondió ella, secamente – Pero, cuando terminemos con esto, vamos a tener mucho tiempo.
- ¿Te pasa algo? – le preguntó Pedro, frunciendo el ceño. Parecía que Andrea escondía algo …
- No, nada. Me pasa siempre antes de una misión.
- Si vos lo decís – dijo Pedro, nada convencido.
- Mi amor – dijo Andrea suavemente, mirándolo a los ojos – No me pasa nada. Son nervios nada más.
Pedro la miró fijamente.
- ¿Por qué será que me parece que me estás mintiendo?
- Porque sos un paranoico, por eso – Andrea lo tomó por la cintura y juntos salieron fuera del edificio, sin poder evitar pensar que Pedro había acertado: ella le había mentido, pero la misión estaba primero, pasara lo que pasara.