TELAM – Hoy, 2 de Junio de 2050, en los estudios Gerardo Sofovich, se llevará a cabo la histórica firma del préstamo para la construcción de un espaciopuerto, el primero en América Latina. Nuestro Supremo Regidor Juan Saúl III y el presidente del FMI, Roger Ratz hablarán al país y al mundo previo a la firma. Este acto marca, de forma irrevocable, nuestro ingreso al Primer Mundo, gracias a la visión y empuje de la dinastía Riojana.
- La misión es sencilla. Simularemos un tiroteo en el estudio 7. Parte de ustedes serán la custodia de Juan Saúl III y parte de ustedes serán los Patriotas, por supuesto, adecuadamente disfrazados.
El general Moscani en persona hablaba con los soldados que tomarían parte en el falso ataque a Juan Saúl III, parte importante en el plan de sustitución del Supremo Regidor por un clon de sí mismo. Como buenos profesionales, los soldados se mantenían quietos y silenciosos. Flanqueando al general estaban los tenientes Uriburu y Sucre, quienes serían los oficiales al mando de la operación. Todos los que estaban en esa sala eran hombres probados en combate y absolutamente confiables. O al menos, eso era lo que pensaba el general.
- Los emisores láser de sus armas serán cambiados para que no haya destrucción alguna ni muertes accidentales – continuó Moscani – Recuerden que esto es un simulacro, pero que deberán cumplir sus órdenes como si fuera una situación real de combate. Al final de la operación, serán adecuadamente recompensados por su servicio a la Patria. ¿Preguntas?
Los soldados no dijeron nada. Si alguno se molestó por la innecesaria aclaración del general, no lo dejó traslucir. Eran tropas de élite y se comportaban como tal. Nadie preguntó nada. Jamás lo hacían.
- Muy bien entonces. Pueden retirarse.
Los soldados salieron silenciosamente de la sala, seguidos por el teniente Uriburu. El teniente Sucre se quedó con Moscani.
- ¿Quiere decirme algo? – preguntó éste.
- Si, mi general. ¿Nadie se va a dar cuenta de lo que estamos por hacer?
- ¿A qué se refiere?
- La ceremonia va a ser transmitida al país y al mundo. Me cuesta creer que ningún telespectador se percate del engaño.
- Los extranjeros no nos importan nada – dijo Moscani con petulancia – Y los nativos son idiotas, por lo que no se van a dar cuenta de nada. Igual recuerde que, apenas comience el falso combate, la transmisión se va a cortar. De esta manera, no vamos a dar tiempo a que alguno repare en la mentira. ¿Convencido?
- Si usted lo dice – dijo Sucre, para nada convencido.
- Usted limítese a cumplir mis órdenes – graznó Moscani – y todo va a salir bien.
El teniente Sucre saludo marcialmente y se retiró. El general Moscani se recompuso y encendió un cigarrillo. Se apoyó en un escritorio y consultó su reloj. Las 10:00. En una hora llegarían los protagonistas de esta pantomima, y en poco más de una hora se habrían librado de ese fatuo idiota de Juan Saúl III. ¿Y cuál sería la recompensa para él? Ser el nuevo Secretario de Defensa estaría bien, previa expulsión del convaleciente Zabal, claro. ¿O mandar un regimiento Recolector? Eso estaría aún mejor. Su ascenso sería meteórico y podría recorrer el mundo a piacere. Pero, claro, todo dependía de su actuación hoy. Arrojó el cigarrillo al suelo, lo pisó con el taco de su bota y se encogió de hombros. Juan Saúl III vivía en las nubes y no se daba cuenta de nada. Peor para él. Su gobierno pronto terminaría y él, el general Enrique Moscani, sería quien le de el golpe de gracia.
No se le pasó por la cabeza en ningún momento que los Patriotas tendrían algo que decir en todo esto.
No nos podemos quejar, pensaba Pedro, mientras devoraba con ganas el suculento desayuno servido por la producción de “El Ojo que no duerme”, consistente en huevos, panceta, salchichas, jugo artificial de naranja y café, mucho café. Lástima lo de esos análisis de porquería. Frente a él, Andrea le seguía el tranco en cuanto a deglutirse el desayuno. Pedro la miró, tratando de adivinar lo que le pasaba, mientras ella no levantaba la mirada del plato. ¿Qué podría ser? ¿La responsabilidad? ¿Algún presentimiento? Andrea lo miró
- ¿Pasa algo? – le preguntó ella.
- Eso es lo que quiero saber. ¿Te pasa algo? – la presionó él.
- Ya te dije que no – se empezó a enojar ella – No te pongas plomo.
- Me preocupo por vos – dijo él para calmarla.
- Ya lo sé – se dulcificó Andrea – Pero ya te dije que siempre me pongo así antes de una misión.
- Está bien – se rindió Pedro, y cambió de tema – Riquísimo el desayuno, ¿no?
- Realmente – Andrea se metió un pedazo de salchicha envuelto en panceta en la boca – Bastante generosas las porciones. Nos viene muy bien.
- ¿A qué hora nos vienen a buscar?
- No nos vienen a buscar. Nos vamos a ver afuera de este edificio, pero no se exactamente cuándo y dónde. Lo único que sé es que tiene que ser antes de las 11:30.
- No tenemos que llevar nada, ¿no?
- Nada. Lo que necesitamos lo tienen ellos. Nosotros seguimos en nuestro papel de postulantes a participar en el programa.
- Bueno. Creo que prefiero esta misión a estar en ese programa de mierda.
Andrea y Pedro salieron del edificio sin rumbo fijo, dispuestos a caminar un rato y esperando el momento de comenzar la operación. Tomaron por una calle cuyo casi borrado cartel decía “Gorriti”. Por precaución, caminaron por la vereda, ya que nutridos grupos de turistas avanzaban por la calle y sacaban fotos a las casas abandonadas sin reparar en nada. Dichas casas estaban tan bien mantenidas que daba la impresión de estar habitadas. Más adelante, se cruzaron con varias patrullas de soldados y una de ellas les pidió sus identificaciones, las cuales estaban en orden, naturalmente. En una esquina, se encontraron con un joven vestido con el uniforme de guía de los estudios y estaba indicando amablemente una dirección a unos turistas que parecían alemanes. Al irse los turistas, el joven miró a Pedro y a Andrea y se acercó.
- Hola, ¿buscan ayuda, indicaciones? ¿Necesitan un guía por horas? Soy caro, pero el mejor. ¿Puedo serles útil en algo? – dijo con voz profesional.
- Buscamos a alguien que nos pueda decir de dónde es esta moneda – Andrea sacó de su bolsillo la moneda que le dio Irupé.
- ¡Qué coincidencia! – exclamó el guía – Yo tengo una igual – y la mostró.
- Notable – terció Pedro - ¿Se pueden conseguir más?
- ¡Claro! Vengan conmigo.
El guía comenzó a caminar en dirección al centro geográfico de los estudios. Andrea y Pedro los seguían de cerca. Minutos después llegaban a una casa de una planta. Allí entró decididamente y Pedro y Andrea lo siguieron. El guía miró al exterior antes de cerrar la puerta y trabarla. Luego, silbó de una manera particular. Al instante, aparecieron Irupé, Luis, dos hombres y una mujer.
- Hola, Andrea – saludó Irupé – Llegaron puntuales.
- No podíamos perder tiempo – repuso la aludida. ¿Somos todos?
- Así es – dijo Luis – Voy a hacer las presentaciones.
“Este es Javier, nuestro genio informático” - un joven regordete saludó con la cabeza – “Este es Mario, un tirador de primera” – Un hombre alto y delgado movió apenas su cabeza – “Ella es Laura, nuestra especialista en comunicaciones” – Una joven bajita sonrió y levantó su mano derecha – “Y a Facundo ya lo conocen. También un tirador excelente” – Facundo, el guía, se tocó la sien en una parodia de saludo militar.
- Como no te conozco – le dijo Irupé a Pedro – quería decirte que todos los que estamos acá, a pesar de nuestras especializaciones, somos veteranos de muchos combates y somos capaces de empuñar un arma si la necesidad lo exige.
- ¿Y cuál es tu especialidad? – preguntó Pedro.
- Soy la médica del equipo, junto con Luis.
- No dudo de la profesionalidad de nadie – dijo Pedro – Ahora habrá que demostrarlo, ¿no?
- Efectivamente – terció Andrea - ¿Cuál es el plan para entrar en los estudios?
- Yo lo explico – dijo Luis, y así lo hizo.
La limusina que llevaba al Supremo Regidor entró por la puerta 13, seguido por una fuerte escolta. Junto a él estaba Cecilia Marie Fonck con un elegante traje color damasco y una pequeña cartera al tono. Juan Saúl III, por su parte, vestía el uniforme de gala de Comandante en Jefe de las Brigadas Deudoras, completo con medallas. Había considerado utilizar la corona que le regaló Ratz, pero sus asesores de imagen le recomendaron que no lo hiciera, habida cuenta que había usado esa corona en una fiesta de disfraces. De todos modos, sin él ni su séquito saberlo, esa corona ya estaba en otras manos.
En la puerta del estudio 13 se encontraba el general Moscani ataviado con su uniforme de gala. Apenas se detuvo la limusina, Moscani le abrió la puerta a su señor.
- Bienvenido, mi señor – dijo Moscani, inclinando la cabeza.
- Gracias, general – dijo Juan Saúl III. Avanzó unos pasos dándole lugar a Cecilia a que baje, auxiliada por Moscani. - ¿Ratz ya llegó?
- Sí, mi señor – respondió Moscani – Ya lo están maquillando y acondicionando para la ceremonia.
- ¿Mi camarín privado?
- Listo para recibirlo, mi señor.
Juan Saúl III entró al estudio con Cecilia al lado y el general Moscani a sus espaldas. Como correspondía, todos se inclinaban a su paso. Luego de recorrer unos pasillos iluminados, llegaron al camarín. El mismo era muy amplio, con un gran espejo rodeado de luces, un sillón doble junto a una de las paredes, y dos sillones grandes y muy cómodos frente al espejo. Un perchero de madera hacía guardia desde un rincón. Dividiendo el camarín había un biombo blanco que abarcaba desde el piso hasta el techo y de pared a pared, que separaba la parte pública del camarín de la privada, donde sólo el Supremo Regidor y sus eventuales acompañantes tenían acceso. Dos asistentes esperaban del pie a Juan Saúl III y a Cecilia, quienes se sentaron en los sillones y se pusieron en manos de las dos mujeres, quienes comenzaron inmediatamente a trabajar.
- ¿Cuál es el plan de la custodia? – preguntó Juan Saúl III.
- Su custodia personal y la del señor Ratz montarán guardia en la puerta de este camarín y en el trayecto hasta el estudio – respondió Moscani – Mis hombres harán guardia aquí y en el exterior. Otros brigadistas patrullarán los alrededores del estudio. Tenemos blindados recorriendo las calles y también contamos con aerodeslizadores de combate como apoyo aéreo. Nada ni nadie va a poder entrar o salir de acá sin que nosotros lo sepamos.
- Bien. ¿Actividad guerrillera?
- Ninguna en las cercanías.
- Perfecto.- hizo una seña a Jordan, quien aguardaba en silencio.
- ¿Mi señor? – preguntó éste.
- ¿A qué hora comienza la transmisión?
- A las 12:00, mi señor.
- Bien. Ustedes dos – se dirigió a las asistentes – No se apuren. Terminen para las 11:50.
- Sí, mi señor – dijeron las asistentes.
El centro de control estaba en el exacto centro geográfico de los estudios. Era un edificio cuadrado de unos cien metros de lado por diez de altura. En el techo estaban instaladas las seis antenas principales del complejo, apuntadas hacia diversos satélites. Alrededor del centro de control había un área despejada de edificios y cubierta con pasto genéticamente alterado para no perder color ni fragancia a recién cortado. A escasos metros se alzaba una estatua de tamaño natural de Gerardo Sofovich, que tenía esculpida una media sonrisa. Frente a la única puerta de acceso estaban dos guardias armados, quienes vestían máscaras antigás, máscaras que escondieron una expresión de entre sorpresa y alerta al ver a seis operarios cargando una especie de caja metálica con todo el aspecto de ser pesada, a juzgar por el esfuerzo que hacían al llevarla. Con un gruñido, los operarios llegaron frente a los guardias y bajaron la caja con delicadeza.
- ¿Adónde creen que van con esa caja? – preguntó uno de los guardias con la voz amortiguada por la máscara.
Uno de los operarios sacó una tarjeta del bolsillo superior del mameluco y se la dio al guardia que había hablado.
- Orden de trabajo AA-23. Reemplazo programado de un hiper-transmisor Siemens DVX-9832 – dijo tranquila y metódicamente el operario.
El guardia que recibió la tarjeta la introdujo en un lector, mientras el otro no le quitaba ojo a la cuadrilla que aguardaba sin inmutarse. Al cabo de unos minutos, la tarjeta fue devuelta al operario.
- Llegan tarde, inútiles – dijo el guardia con una voz que destilaba desprecio.
- ¿Por qué no prueba cargar esta caja usted solo? – respondió el operario temerariamente.
Los dos guardias activaron sus armas láser y clavaron su mirada en el pobre operario, quien bajo la mirada, como asustado de la osadía.
- Perdón – murmuró, pálido.
- ¿Dijiste algo, macaco? – dijo uno de los guardias amenazadoramente.
- Perdón, señor – dijo el operario en voz alta y temblorosa.
- Así está mejor – los guardias desactivaron las armas – Ahora, entren.
Uno de los guardias introdujo su tarjeta identificatoria en el lector adosado en la pared al lado de la puerta doble y éstas se abrieron de par en par. Los operarios levantaron la pesada caja y entraron al centro. Apenas terminaron de trasponer el umbral, las puertas se cerraron y los guardias volvieron a sus puestos, pero instantes después escucharon un fuerte sonido y, a continuación, un grito desesperado desde adentro:
- ¡Ayúdennos, por favor!
Los guardias se miraron. Después de unos instantes de duda, los dos entraron al centro. Un rato después, salieron y volvieron a ocupar sus puestos. En apariencia, nada había pasado, pero adentro…
- Buen truco – dijo Pedro, arrastrando a uno de los guardias, que estaba desnudo, hacia una oficina vacía.
- Nunca me deja de sorprender como caen – dijo Luis, tirando del otro, también desnudo. Ambos guardias tenían un parche somnífero en sus cuellos para mantenerlos sometidos. – Que suerte que los uniformes de estos desgraciados les quedan bien a Mario y a Facundo.
Pedro asintió. Luego de dejar a los desvanecidos guardias en un rincón de la oficina, Pedro y Luis volvieron al pasillo, donde Andrea e Irupé estaban saliendo de la caja.
- A mí me parece que una de estas dos tendría que adelgazar – dijo Javier, risueño.
- Qué chistoso sos – le respondió Irupé de la misma forma.
- ¿Estamos todos listos? – preguntó en voz alta Andrea.
- Listo, patrona – dijo Pedro, recibiendo una mirada ceñuda de ella.
Los seis comenzaron a avanzar por el pasillo. A pesar de sus grandes dimensiones, el centro de control de los estudios era reducido en comparación con el resto del edificio. A lo largo del pasillo suavemente iluminado de 30 metros de largo, sólo había cuatro oficinas (una de las cuales albergaba a los guardias desmayados), una sala de reuniones, un comedor y una cocina. Al final del pasillo estaba la puerta de acceso al centro. Un lector de tarjetas era la cerradura para entrar.
- Javier, todo tuyo – dijo Andrea.
Javier sacó de su mochila una tarjeta de metal con una pequeña antena en uno de sus extremos y una mini-terminal Apple. Puso la mini-terminal en el piso y la encendió. A continuación, colocó la tarjeta en la ranura. El programa que él había diseñado para descubrir la clave de acceso comenzó su tarea. Veinte segundos después, la Apple gorjeó, avisando que la clave había sido descubierta.
- Cuando digas, Andrea – dijo Javier – podemos entrar.
- Preparen sus armas para disparos paralizantes – ordenó ella.
Todos hicieron como les había sido ordenado.
- Pedro – dijo Andrea – apenas entremos, no dudes ante nada. Haceles creer que los vas a matar si no cumplen tus órdenes. Tenemos la sorpresa de nuestro lado.
- Bueno – asintió él. La mano que sostenía la pistola láser le transpiraba.
- Cuando quieras – le dijo Andrea a Javier.
Javier se arrodilló frente a la Apple y tocó el teclado transparente. Instantáneamente, la puerta se deslizó hacia la izquierda y todos entraron en tromba. En el centro había diez personas observando sus monitores y controlando las actividades en los estudios. Al fondo del control había un ascensor y en el centro estaba la consola principal, de forma semicircular. Todos miraron hacia la puerta como un solo hombre.
- ¡Todos al suelo, ahora! ¡Las manos a la nuca! – gritó Irupé, con los ojos desencajados.
- ¡Rápido, rápido, o los matamos ya! – rugió Pedro como poseído.
Los operadores del control se arrojaron al piso y se pusieron las manos a la nuca. Nadie se resistió. Andrea y Luis sacaron de sus mochilas unos parches somníferos y los aplicaron en los cuellos de sus rehenes, quienes se durmieron instantáneamente.
- ¿Y ahora? – dijo Pedro, mas calmado.
- Metámoslos en esos armarios – sugirió Javier, entrando al centro luego de recuperar la tarjeta y la Apple.
- Buena idea – dijo Andrea.
Pedro y Luis vaciaron los dos enormes armarios y metieron a los dormidos operadores apilando los cuerpos. Luego, cerraron las puertas y las trabaron. Por su parte, Andrea se sentó frente a la consola principal del centro. Pedro se puso al lado de ella.
- ¿Todo bien?
- Sí, todo bien. Sólo recordaba mi anterior vida.
- ¿La extrañás?
- Ni de casualidad. Sólo la recordaba.
A una seña de ella, todos se pusieron al cuello unos intercomunicadores en miniatura y un auricular detrás del lóbulo.
- Prole, aquí Madre Gata – dijo Andrea.
- Madre Gata, aquí Prole – dijo Mario desde la puerta de acceso al centro de control.
- ¿Hay ratones?
- No, Madre Gata. Los ratones están en sus cuevas.
- Topo, aquí Madre Gata. El frasco de miel está abierto.
A un poco más de cuatro kilómetros de distancia, la joven Banegas estaba sentada debajo de un árbol, almorzando tranquilamente. Cuando recibió el mensaje de Andrea, abrió la canasta que traía y sacó un pequeño frasco. Lo abrió e inmediatamente, seis moscas “Pergo” comenzaron su vuelo rumbo al sur.
- Madre Gata, las moscas van hacia el frasco.
Las moscas alcanzaron una altura de vuelo de trescientos metros y aceleraron hacia los estudios hasta alcanzar una velocidad de 100 kilómetros por hora. Tres minutos después, sin ulteriores incidentes, se posaron en el centro de las antenas, a razón de una cada una. Luego de afirmarse, las moscas desplegaron un transductor y emitieron un mensaje codificado por ultraonda.
-Madre Gata, Topo. Las moscas llegaron a la miel.
- Entendido, Topo – Andrea miró a su alrededor - Ahora nos toca a nosotros.
Andrea puso sus manos sobre la consola central, activándola. Inmediatamente, la figura de ella misma apareció sobre la consola, vestida como una sacerdotisa griega. Pedro miró la imagen asombrado.
- ¿Y eso, qué es?
- Eso es de cuando era muy egocéntrica – dijo Andrea, ruborizada. Todos rieron.
- Bueno, bueno, ya está – siguió ella – A trabajar.
Sus manos se deslizaron sobre el teclado transparente, mientras la imagen se mantenía quieta. Pedro observó de reojo el reloj digital que estaba sobre una de las pantallas. Las 11:50. En ese momento, la imagen habló.
- Bienvenida al sistema de acceso al programa maestro – dijo con voz extremadamente sensual – Por favor, indique su clave de acceso.
- ¿Clave de acceso? – preguntó Javier, sorprendido - ¿Por qué no usar huellas digitales o reconocimiento de retina?
- Para complicarle la vida a cualquiera que quisiera ingresar ilegalmente al programa maestro – respondió Andrea – A nadie se le ocurriría que, en estos días, se usara un mecanismo tan sencillo. Todos, sin excepción, buscan lo que vos dijiste, Javier. Hay dos niveles de acceso: una clave numérica que se cambia todos los meses, la cual usan los operadores comunes, y otra, de nivel superior, que se compone de una oración personal para cada uno de los operadores superiores y una secuencia numérica que valida la oración.
- ¿Y cuál es esa oración? – preguntó Luis
- “Vanidad de vanidades y todo vanidad”
- Una oración muy apropiada para un estudio de holovisión – comentó Irupé.
- Y ahora, la clave – y escribió el número 1924. Ante la mirada interrogativa de Pedro, dijo – 2025, mi año de nacimiento, menos 1 en las centenas y menos 1 en las unidades.
Para su sorpresa, la imagen holográfica negó con la cabeza y levantó su mano con dos dedos extendidos.
- La clave es incorrecta – recitó – Le quedan dos oportunidades.
“¿La habré escrito mal?” pensó Andrea, y volvió a poner los mismos números. En este caso, la imagen abrió los brazos y mostró sus palmas, al mismo tiempo que negaba con la cabeza.
- Nuevamente, la clave es incorrecta. Le queda sólo una oportunidad.
- Andrea – comentó con tono irónico Pedro - ¿Te acordás de una oración y no de un número? – Andrea lo fulminó con la mirada.
- Que gracioso. Ya que sos taaan brillante, ¿por qué aportás alguna idea que nos ayude?
- ¿No se le puede pedir alguna pista? – sugirió Pedro.
- Esperá. Consola ¿las claves fueron cambiadas?
- Afirmativo – respondió la imagen – Las claves maestras han sido cambiadas según Orden Ejecutiva 09/2049.
- Entonces no me la había olvidado – dijo Andrea, haciéndole una mueca a Pedro - Pistas, por favor.
- Inmediatamente – dijo la imagen, y se desvaneció, dando paso a dos oraciones. Una decía:
EL PRIMER NÚMERO PERFECTO (nn)
Y la segunda decía
1, 34, 1, 21, 2, 13 ,3 ,8,??
Todos se quedaron mudos, tratando de dilucidar los acertijos planteados por el sistema.
- Menos mal que son pistas – dijo con ironía Luis - ¿Y ahora cómo resolvemos este problema?
- Pensando – dijo Javier – algo a lo que no estás acostumbrado.
- ¡Silencio! – ordenó Andrea – En vez de decir pavadas, piensen la solución.
- Creo que la primera la se – dijo Pedro. Todos lo miraron. – Hace tiempo que leí sobre eso y nunca me lo olvidé.
- ¿Y cuál es ese número? – quiso saber Irupé.
- 1 mas 2 mas 3 es igual que 1 por 2 por 3, es decir 6, o 06 en este caso – respondió Pedro – Según los griegos, este es un número perfecto. Hay más, pero este no me lo olvidé.
- ¡Muy bien! – exclamó Andrea – Ahora falta resolver el otro acertijo. ¿Se te ocurre cómo?
- Prestame la Apple – le dijo Pedro a Javier. Luego de dársela, transcribió los números de la serie en la mini-terminal. Cuando terminó, le pidió a la Apple que los ordene de menor a mayor. Hecho esto, Pedro arrugó la frente concentrándose. Al rato, exclamó
- ¡Es el 05!
- ¿Y cómo lo sacaste? – preguntó dubitativa Andrea.
- No te olvides que, donde trabajaba, manejaba mucho los números. Ahora fijate: al ordenarlos de menor a mayor, la Apple me dijo esto:
1, 1, 2, 3, 8, 13, 21, 34
“Tomando como convención que empezamos del 1, el siguiente número es la suma de los dos anteriores, es decir:”
1 + 0 = 1
“Ya tenemos 1 y 1. El de al lado es 1 más 1, lo que nos da 2. El de al lado es 1 más 2, lo que nos da 3. Pero ¡atención! 8 no es la suma de 3 más 2. Eso es 05. Entonces, ¿cómo llegamos al 13, respetando esta secuencia? Pues sumando 8 más 5. Luego, el número que falta en esta serie es el 5, o 05”
Sin poder cerrar la boca del asombro, Andrea digitó 0605. Las oraciones desaparecieron y la holografía apareció nuevamente. Hizo una reverencia con elegancia y dijo:
- Clave correcta. El acceso al programa maestro ha sido concedido.