LA NACION – (Editorial) La construcción del espaciopuerto abre a la República Deudora Argentina inmejorables oportunidades de negocios y de ingreso de inversiones del exterior. A diferencia de la República Restante del Brasil, cuya resistencia a integrarse al Primer Mundo ya pasa de exasperante, nosotros podemos y debemos pertenecer no sólo de palabra, sino de hecho, al grupo de naciones prósperas. ¿Que no tenemos industrias? ¿Y para qué las necesitamos? Nuestra fuerza está en la producción de materias primas y no debemos perder tiempo ni recursos en industrias.
“Si hay un evento que no me perdería ni muerta, es este”, pensaba Morena Lair mientras estaba de pie entre bambalinas, esperando el momento de salir a escena para conducir la ceremonia de la firma del préstamo. A su alrededor, sus asistentes se afanaban buscando la más mínima imperfección en su peinado y en su vestido como abejas alrededor de una reina. Morena Lair era la conductora más famosa de las dos Argentinas y países limítrofes. Su programa “Sólo Morena” era el más visto de los cinco holocanales, y el público la amaba incondicionalmente, consagrándola como la diva entre divas. Alta, rubia y dueña de un cuerpo fantástico, cuidadosamente mantenido por un equipo de cirujanos, Morena Lair cumplía a rajatabla las condiciones que debía poseer una conductora aspirante a diva establecidas tiempo atrás por la brillante Susana Giménez: ser espontánea, fresca y dueña de una ingenuidad cultivada, y los resultados estaban a la vista.
- Cinco segundos, Morena – le dijo su asistente.
Morena cerró los ojos e hizo una profunda inspiración, a sabiendas de que ese gesto atraería inevitablemente las miradas de hombres y mujeres hacia su prominente busto. Se relajó, abrió los ojos y salió a paso decidido a enfrentar a las autocámaras y al público.
- ¡Buenos días, América! – gritó
- ¡Buenos días, Morena! – aulló el público.
No es mi público habitual, pensó Morena, y efectivamente no lo era. Los asistentes al magno acontecimiento eran los mismos que habían ido a la fiesta de disfraces de la noche anterior. Para lograrlo, muchos tuvieron que recurrir a remedios y drogas de toda naturaleza para no perderse el evento.
- Hoy es un día muy especial para nuestro país. Hoy se está escribiendo la historia frente a nosotros – proclamó Morena, recibiendo una nueva oleada de aplausos – Hoy, en este escritorio – siguió, apoyándose en el recio escritorio de roble que estaba en el centro de la escena, el cual estaba cubierto con un paño rojo con los escudos de la República Deudora Argentina y del FMI bordados en el frente – nuestro Supremo Regidor, Juan Saúl III y el presidente del FMI y amigo incondicional de la Argentina, señor Roger Ratz, firmarán, no la concesión de un préstamo, sino el ingreso irrevocable de nuestro país al Primer Mundo.
Los aplausos bajaron intensos desde el público. Las autocámaras no perdían detalle ni de Morena, ni de la gente. Era un momento único y la emoción se palpaba en el ambiente.
- ¡Y ahora, con nosotros! – elevó su voz Morena - ¡El amigo de la Argentina, el señor Roger Ratz!
Entrando por la derecha del escenario, el señor Ratz avanzó pausadamente y se detuvo detrás del escritorio, saludando con las dos manos y recibiendo el aplauso de la gente. Cuando se calmó el alboroto, Morena elevó aún más la voz, excitada.
- Damas y caballeros, el único, el inimitable, el más grande. Con ustedes, nuestro líder ¡Juan Saúl III!
La tribuna se vino abajo por los aplausos y la ovación que recibió el Supremo Regidor al entrar al escenario por el mismo lugar que lo hizo Ratz. Su famosa sonrisa estaba desplegada al máximo, deleitando a todos. Juan Saúl III se sentía en la gloria, admirado y aplaudido por todos.
El director de la transmisión estaba casi satisfecho. Sus operadores estaban trabajando con su habitual eficacia, la iluminación era la apropiada y las autocámaras estaban en sus posiciones correctas. El “casi” provenía del hecho de que había un intruso indeseado en el control: un coronel. Había entrado 10 minutos antes con la arrogancia que caracterizaba a los oficiales de las Brigadas Deudoras. Sin que el director pudiera articular palabra alguna, el coronel ladró:
- Desde este momento, quedan bajo mis órdenes, las cuales se cumplirán a rajatabla y sin protestas algunas. ¿Preguntas?
No las hubo. Jamás las había, so pena de sufrir un “accidente” lamentable. El director ensayó una protesta.
- ¿Quién ordenó esto? Es totalmente ilegal
- La legalidad me la da esto – el coronel palmeó su pistola de servicio - ¿Desea elevar una queja?
El director se mantuvo en silencio. El coronel lo observaba con una mezcla de soberbia y desprecio. Paseó su mirada por el control y, finalmente, dijo:
- Muy bien. Ahora que quedó todo en claro, pueden proseguir con sus actividades.
Volviendo al presente, el director examinó las imágenes de las pantallas. Todo marchaba sobre ruedas. Juan Saúl III se había lanzado a un discurso “improvisado”, fiel a su estilo, y el público aplaudía en los momentos apropiados (ayudados por una claque sabiamente dispuesta). Detrás de los altos dignatarios había siete soldados vestidos de gala y con los rifles en sus manos, dando un marco apropiado al evento. Un vistazo por las pantallas le dijo al ojo experto del director que no había inconvenientes de ninguna naturaleza, ni tampoco se esperaba que los hubiera. De soslayo vio que el coronel se acercaba a una de las pantallas que mostraba al público y a la entrada secundaria al estudio, la que usaban los empleados de limpieza y mantenimiento. ¿Qué tendría de interesante?
El Supremo Regidor había terminado su discurso, y el público aplaudía a rabiar, como siempre. El señor Ratz cerró los ojos y comprobó la hora en el reloj implantado en su retina. Faltaba poco para el comienzo del espectáculo, y para la caída de Juan Saúl III. Abrió los ojos y miró discretamente a su izquierda, comprobando que el jefe de su guardia personal estaba listo, al lado del general Moscani y de Cecilia Fonck. Volvió su atención a Morena Lair. Ella estaba diciéndole al público:
- Un discurso inspiradísimo, sin duda alguna, mi señor. Y ahora, ¡la firma!
Una explosión en la puerta de acceso secundaria ahogó todos los sonidos del estudio. A través del humo entraron varios hombres armados, quienes comenzaron a disparar indiscriminadamente. El público fue presa del pánico y huyó masivamente hacia la salida principal, pisoteando a aquellos infelices que tuvieron la desgracia de caer en su huida. En medio del tumulto, el señor Ratz se precipitó hacia el lugar por donde había entrado. Allí, el jefe de su custodia junto con otros hombres lo cubrieron y emprendieron la fuga. Al volver la cabeza, Ratz vio con sorpresa que Juan Saúl III le estaba pisando los talones, llevando a la rastra a Cecilia y al general Moscani. “¿Acaso sabría algo?” se preguntó Ratz. La reacción del Supremo Regidor ante el ataque fue muy rápida, casi como si estuviera esperando que algo sucediera. Los fugitivos llegaron a una bifurcación en el pasillo. Ratz y los suyos tomaron hacia la izquierda y Juan Saúl III fue hacia el otro lado. Si el presidente del FMI tenía alguna duda de que el Supremo Regidor sabía algo, se disipó al escuchar el grito de él al alejarse:
- ¡Me las vas a pagar, yanqui de mierda!
El tiroteo cobraba más intensidad. Los soldados que estaban en el escenario volcaron el escritorio para parapetarse y devolvían el fuego. Morena, de pie en un costado del escenario, estaba petrificada por el terror. Incapaz de moverse, parte de su mente le decía que su muerte estaba cercana, que un disparo de esos fusiles podría convertirla en cenizas. Quería moverse, pero su cuerpo se negaba a obedecer órdenes. Su asistente, al verla en esa situación, se precipitó sobre ella y la arrastró fuera del escenario. Detrás de las bambalinas, el hombre le asestó dos sonoros cachetazos para hacerla reaccionar. Morena parpadeó, como si despertara de una pesadilla.
- ¡Gracias, Huberto, me salvaste la vida!
- ¡Ma qué salvarte la vida! – le gritó Huberto, haciéndole un gesto con la mano - ¿No te diste cuenta?
- ¿De qué me tengo que dar cuenta?
- ¡De que todo esto es un tremendo verso! Fijate, no muere nadie, no hay marcas de disparos, no hay humo, no hay nada. ¡Es un bolazo!
Morena asomó la cabeza y comprobó que Huberto tenía razón. Los rayos láser iban y venían, pero no dejaban marca alguna.
- No entiendo nada – se quejó.
- Yo tampoco – respondió Huberto, tirando de ella – pero lo que sí se es que, si nos quedamos, nos matan. ¡Vámonos de acá!
El coronel miraba con tranquilidad lo que estaba pasando en el estudio, a diferencia del director y de sus asistentes, quienes contemplaban con horror las pantallas. El director no entendía nada. Veía un tremendo enfrentamiento armado en el estudio y el coronel ni se inmutaba. Recordó haberlo visto observar con interés la imagen donde se veía la puerta secundaria de acceso al estudio, e intuyó que lo que estaba pasando estaba planeado. ¿Pero por quién? El coronel alzó su mirada y le ordenó al director.
- Corte la transmisión.
El director hizo un gesto con la cabeza a uno de los operadores, quien oprimió una tecla. Sin embargo, las imágenes continuaban saliendo al aire. La estudiada impasibilidad del coronel empezó a flaquear.
- ¿Acaso no fui claro? ¡Obedezca!
El director alzó una ceja interrogativamente hacia el operador a quien había dado la orden, pero éste se encogió de hombros mientras trataba por todos los medios a su alcance de cumplir con lo que le exigían. El director se acercó al operador.
- ¿Qué pasa? – preguntó
- Señor – respondió el operador – la consola no responde a mis órdenes.
- Déjeme a mí – ordenó al operador, mientras lo apartaba de un manotazo. Se sentó frente a los controles e intentó hacer lo mismo. En escasos segundos se dio cuenta de lo que pasaba y saltó hacia la consola principal.
- ¿Qué está pasando? ¡Responda! – ordenó el coronel, con voz quejumbrosa.
- Lo que ocurre – respondió el director, mientras tecleaba la oración que le permitía acceder a las funciones primarias de la consola – es que no podemos cortar la transmisión porque alguien nos está interfiriendo.
- Esto yo lo resuelvo fácil – dijo el coronel, desenfundando su arma y apuntando a la consola central.
- ¡No lo haga! – gritó el director, apartándose de la línea de fuego.
Pero fue en vano. El coronel disparó y se produjo un estallido seguido por una lluvia de chispas. El sistema automático de extinción de incendios se activó y llenó a la consola de espuma. Sin embargo, la transmisión seguía imperturbable. La mandíbula del coronel y su arma cayeron al mismo tiempo. El director, fuera de sí, tomó al coronel por las solapas y comenzó a zamarrearlo.
- ¡Animal, bestia! – le gritó en la cara, bañándolo con su saliva - ¡Nos están interfiriendo desde el centro principal de control! Aunque este estudio desaparezca, ¡no tenemos forma de pararlos! ¡Reaccione, idiota!
El coronel había entrado en shock, el cual se profundizó al oír la voz de una mujer.
- Compatriotas – comenzó a decir Andrea frente al micrófono de la consola central – lo que ustedes están viendo es la última de una larga cadena de mentiras. Presten atención a las imágenes. ¿Ven a alguien morir? ¿Ven daños en la escenografía, en algún lado? ¡Por supuesto que no! ¡Todo es falso! ¡Todo esto es para hacerles creer que hay un atentado de los Patriotas!
Como para dar más fuerza a sus palabras, en la pantalla se podía ver a uno de los “terroristas” levantar una mano y a uno de los defensores responder a esa señal. Como por arte de magia, el tiroteo cesó y los contendientes se reunieron amistosamente.
- ¿Lo ven? – siguió Andrea – Los supuestos terroristas y los brigadistas se conocen. ¡Les están mintiendo descaradamente! Como les dije antes, esta es la última de una larga lista de mentiras, las cuales van a ver ahora – y activó el reproductor de HVD.
La pantalla principal se dividió en dos partes: la izquierda seguía con la transmisión del estudio, donde ahora los “terroristas” y los brigadistas estaban fumando tranquilamente, y la parte derecha mostraba la imagen de un lago.
- Este lago – dijo la voz de Andrea – es una de las reservas más importantes de agua dulce del planeta. A los argentinos se nos dijo que estaba contaminado, sin embargo, ¡miren!
Varios camiones-tanque estaban estacionados en las orillas del lago, y unas grandes mangueras salían del mismo hasta la parte trasera de los camiones.
- El Gobierno, en complicidad con los gobernadores de la zona, están extrayendo el agua para venderla al exterior …
- ¿Funcionará esto? – le preguntó Pedro a Andrea.
- Estoy segura de que sí – dijo ella – Nuestra tarea acá terminó y ahora …
- Mamá Gata, Prole – dijo Mario por el intercom – Seis ratones van al nido y una lechuza anda revoloteando.
- ¡Mierda! – dijo Andrea precipitándose hacia las holopantallas que mostraban el exterior. Seis soldados y un aerodeslizador de combate se estaban acercando al centro principal de control – Irupé, Luis, a la puerta – los aludidos tomaron sus rifles y salieron corriendo del control – Javier, revisá los túneles de salida.
En silencio, Javier abrió su mochila y sacó un frasco. Entró al ascensor y lo abrió, permitiendo la salida de tres moscas similares a las “Pergo”, pero que tenían una función distinta. Javier salió del ascensor y lo activó para que descienda. El ascensor bajó al nivel inferior, a unos treinta metros de profundidad. La puerta se abrió a tres pasillos que se dirigían hacia el frente, hacia la izquierda y hacia la derecha. Estos pasillos servían para el desplazamiento del personal de mantenimiento de los estudios. Las moscas se dirigieron una a cada pasillo. Metros después, se posaron en el techo y activaron sus cámaras.
- Moscas listas – anunció Javier - ¿Mantengo el ascensor abajo?
- Por ahora sí – dijo Andrea – Prole, ¿alguna novedad?
- Parece que es un cambio de guardia, Madre Gata – dijo Facundo, con voz tensa – Prole Uno está tratando de alejarlos, pero no va bien.
El ruido de disparos confirmó esta apreciación.
Lo que Mario estaba tratando de hacer era que él y Facundo volvieran al centro de control tranquilamente y resistir desde allí, pero la situación se complicaba rápidamente. Intentó otro truco:
- Estamos listos para irnos, señor – le dijo al capitán que estaba parado frente a él – Pedimos permiso para retirar nuestras cosas que están allí dentro – le señaló la puerta del control.
- ¿Y quién fue el animal que les dejó traer sus pertenencias a una guardia?
Consejo uno: tratar de que el otro dé la respuesta que uno desconoce – El nuevo, señor, ¿cómo se llama?
- ¿Hoyos?
- El mismo.
- Pero que tarado – dijo el capitán – Me voy a encargar de ustedes dos y de él más tarde. Ahora, el santo y seña.
Consejo dos: causar simpatía en el otro, tratando de que exima a uno de hacer algo que no sabe o no quiere hacer. – Si señor, el santo y seña es COFF COFF COFF!!!
Mario simuló un intenso ataque de tos, agarrándose la panza y retorciéndose. Su cara se puso de color rojo intenso.
- ¿Pero qué le pasa a este hombre? – se sobresaltó el capitán mientras Mario seguía con su actuación.
- Tiene gripe – dijo Facundo.
- ¡Pero así no puede prestar servicio! – ladró el capitán. Facundo se encogió de hombros. Rato después, Mario se calmó.
- ¿Está mejor? – preguntó el capitán. Mario asintió – Bien, entonces, deme el santo y seña
Consejo tres: cuando todo falle, dispararle a todo. Mario agarró al capitán por el cuello, le apoyó el fusil en el estómago y disparó, matándolo en el acto. Por el rabillo del ojo vio a Facundo hacer lo mismo. Los otros cuatro soldados, sorprendidos, activaron sus fusiles. Sin pérdida de tiempo, Mario y Facundo abrieron fuego, poniendo a los cuerpos de sus enemigos muertos como escudos. Una salva de disparos partieron desde la puerta del centro. Mario giró la cabeza y vio a Irupé y a Luis. Éste miró hacia arriba y apuntó. Un aerodeslizador de combate estaba girando hacia ellos. Mientras Mario y Facundo eliminaban al resto de la patrulla, Irupé y Luis dispararon contra el aerodeslizador, pero el piloto era hábil y esquivó los disparos, sin embargo una segunda descarga lo alcanzó en el repulsor de gravedad y lo obligó a retirarse, dejando una larga estela de humo negro. Los cuatro Patriotas entraron a la carrera al centro de control, no sin antes tomar el intercom del capitán muerto. Tapiaron la entrada con la caja en la cual habían estado Andrea e Irupé y entraron a la sala de control, donde esperaban Andrea, Pedro y Javier.
- Buena puntería, ustedes dos – le dijo Mario a Irupé y a Luis.
- Menos mal, porque ese aerodeslizador nos iba a traer bastantes problemas – dijo Luis.
Laura, la especialista en comunicaciones, comenzó a manipular el intercom capturado. Cuando logró activarlo, todos pudieron oír los mensajes del enemigo.
- ¡Fui atacado, repito, fui atacado! – gritó el piloto del aerodeslizador, luchando para no desplomarse al suelo - ¡Me dispararon desde el centro principal del control! ¡Una patrulla fue exterminada! ¡Ayuda!
- ¡Reaccione, hombre! – el director volvió a sacudir al shockeado coronel. Fue inútil. Rabioso, el director agarró el intercom del coronel y ladró.
- ¡Todas las fuerzas disponibles, al centro principal de control, ya!
Algunas tropas que recorrían los pasillos de mantenimiento comenzaron a correr hacia el ascensor de acceso al centro de control, mientras el resto de los aerodeslizadores y otras unidades de las Brigadas Deudoras convergían allí, respondiendo a una orden que no sabían quién la había dado, pero que sonó urgente.
- Ahora sí que estamos sonados – dijo Irupé, perdiendo el aire risueño por primera vez, al escuchar las respuestas a la orden dada por el intercom.
- Javier, trabá el ascensor abajo – ordenó Andrea.
Javier hizo lo que le ordenaron.
- ¿Y ahora, cómo escapamos de esto? – preguntó Facundo.
- La idea original era irnos por los pasillos, pero ahora no va a ser posible – dijo Andrea.
- Gracias por la aclaración – dijo Luis, irónico – El tema es, ¿cómo nos vamos ahora?
Pedro estaba silencioso, con la mirada fija en los armarios. Andrea lo miró, e intuyó que se le había ocurrido algo.
- ¿Mi amor? – preguntó ella.
- Prepárense, porque nos vamos – dijo Pedro.
El general Moscani no entendía qué había pasado. En un instante estaba esperando entre bambalinas el comienzo del ataque, y al instante siguiente el Supremo Regidor lo estaba arrastrando a la carrera por los pasillos del estudio.
- ¿A dónde vamos, mi señor? – preguntó entre jadeos.
- Al lugar más seguro que se me ocurre, ¡mi camarín!
Llegaron al camarín que tenía la puerta abierta por uno de los guardias de Juan Saúl III. Cecilia entró primero, seguida por el Supremo Regidor y por Moscani. Éste cerró la puerta y la trabó, pero cuando giró, se encontró con el cañón de un arma que le estaba apuntando a la frente.
- ¿Mi señor? – gimió Moscani. El pánico comenzaba a subir desde su estómago.
- ¿En realidad pensaste que no me iba a dar cuenta de nada? – dijo el Supremo Regidor, el arma firme en su mano.
- ¿Darse cuenta de qué?
- Pero mi querido Moscani – dijo teatralmente Juan Saúl III – Por favor dejá de fingir. Ya se todo lo del plan de matarme. Debo reconocer que está todo bien armado, lástima que mis informantes arruinaron la sorpresa.
- ¿Q-quién habló?
- Quien, no importa. ¿Realmente pensaban reemplazarme? ¿Por quién? No hay nadie capaz de ocupar mi lugar.
“Entonces no sabe lo del clon” pensó Moscani “¿Pero a mí de que me sirve esto?”.
- Bueno, general, es hora de morir como traidor que es. Supongo que comprenderá – y apretó el gatillo.
El láser de rubí atravesó el cráneo de Moscani limpiamente, sin ruido alguno. Silenciosamente, el general cayó sobre el sillón con las rodillas abiertas, las manos entre sus piernas y la cabeza gacha. Parecía dormido.
- Gracias por librarnos de ese idiota.
Juan Saúl III se dio vuelta sólo para enfrentar él en este momento a un arma de diseño extraño. Cecilia lo miraba fríamente.
- ¿Chechu?
- Cecilia, para vos – dijo ella, su voz igual de fría que su mirada - ¿Pensaste de verdad que este bobo iba a matarte? ¡Por favor! Nosotros no cometemos esos errores.
- ¿Y quienes son “nosotros”?
- Qué te importa, Ínfimo Regidor - Cecilia sonrió levemente - ¿No te recuerdo a nadie?
- ¡Mi abuela! – respondió en el colmo del asombro Juan Saúl III, instantes después.
- Efectivamente, soy la copia de la Reina Cecilia I, no un clon, claro, pero su copia. Tu subconsciente te traicionó, mi querido. ¿A que no se te ocurrió investigarme? Una persona inteligente lo haría.
Juan Saúl III tragó saliva.
- Pero el señor no lo hizo – prosiguió Cecilia – El supermacho no lo hizo. ¿Por qué? Porque Cecilia fue la mejor amante que tuvo en años, y no iba a perder tiempo en cuestiones tan molestas como investigar mi pasado. En fin – activó su arma – todo se paga en esta vida.
- ¿Y cómo vas a escapar de acá? – preguntó Juan Saúl III, tratando de ganar tiempo.
- Yo no escapo – replicó fríamente ella – Una vez que estés muerto, me suicido. Soy una asesina condicionada, querido. Y ahora, adiós, Ínfimo Regidor.
El biombo a espaldas de Cecilia se abrió. Los ojos de Juan Saúl III parecieron salirse de sus órbitas, al mismo tiempo que abría la boca en una expresión de sorpresa, la misma que tuvo Cecilia al darse vuelta.