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El Secretario del Tesoro Valloca salió de su despacho respondiendo al llamado del Supremo Regidor Juan Saúl III. Sabía para qué lo llamaba. Los gritos de Roger Ratz retumbaron por toda la Casa Rosada, a pesar del aislamiento sonoro. Obvio, pensaba Valloca mientras caminaba sin prisa pero sin pausa por los corredores, no cumplir con una exigencia del FMI implicaba castigos, y de los duros. Recordaba lo sufrido por Haití, al ignorar las continuas intimaciones de pago. Tres bombas neutrónicas cayeron en los centros poblacionales más grandes, aniquilando a la población y al Gobierno haitiano. A continuación, tres regimientos Recolectores desembarcaron en las desoladas ciudades, exterminando a los pocos sobrevivientes. Una semana después, llegaron los colonos estadounidenses y se apropiaron de las mejores tierras, instalando un gobierno títere. Sólo así, el FMI se dio por pagado. Y ése era uno de varios ejemplos. Honduras, Nicaragua y El Salvador podían dar testimonio de lo que significaba no pagar. Y ni hablar de África.
Valloca giró a su derecha y siguió su camino, respondiendo a los saludos de los empleados y funcionarios menores. Lo que nos salva es que los Territorios Disponibles son muchos y nuestros recursos son abundantes, pensó el Secretario del Tesoro. Sólo así podemos responder a las exigencias del FMI sin muchos sobresaltos. De a poquito, la República Deudora Argentina iba a ser integrada totalmente al Primer Mundo, como en la época del Precursor. ¿Cómo perdimos aquello?, se lamentó Valloca. Pero no valía la pena detenerse en el pasado. Ahora, el camino estaba trazado y no habría nada que desviara a la República Deudora Argentina de su destino de grandeza, a pesar del estúpido de Juan Saúl III. Imbécil pomposo, en vez de dedicarse a ejecutar los altos designios del FMI, se dedicaba a posar para las revistas. Idiota, pero manipulable. Pensando, llegó antes las puertas del despacho del Supremo Regidor. El detector lo identificó al instante y abrió las puertas de plastiacero y roble. La fuerte luz de adentro lo iluminó y .....
El Secretario de Defensa Zabal salió de su despacho, respondiendo a la llamada del Supremo Regidor. Sabía por qué era llamado. Sus espías le informaron de las leves manchas de polvo en ambas rodillas del traje de Juan Saúl III. Eso indicaba que el Supremo Regidor había estado de rodillas, prosternándose ante Ratz y eso indicaba que se había metido en problemas. El mayor talento de Juan Saúl III era ser lo más abyectamente consecuente con los poderosos, y a Ratz le gustaba eso. Esa, entre otras, era la causa de que a la República Deudora Argentina se le perdonaran cosas que a otros no. Zabal era veterano de las campañas de cobro en Bolivia, Paraguay y Chile, ahora República Integrada Boliviana, República Integrada Paraguaya y República Deudora Chilena respectivamente. Como la Argentina, Chile también tenía sus Territorios Disponibles, pero allí se llamaban Condados Cobrables. Pero ese no era problema de Zabal. Ya bastante tenía con perseguir a los terroristas en la República Deudora Argentina. Y ni hablar de los focos sediciosos en los Territorios Disponibles. Sin ir más lejos, en la zona de los Hielos Continentales, por cada dos kilos de hielo extraído para exportación de agua pura, uno se perdía en los ataques incendiarios de los Patriotas a pesar de todos los esfuerzos de las Brigadas Deudoras por impedirlo. Patriotas, ¡qué petulantes!, pensó Zabal con una mueca, patriotas son los que contribuyen a que cada día que pasa, los argentinos pertenezcan más y más al Primer Mundo, no unos retrógrados tercermundistas. Pero lo que más irritaba a Zabal era la humillación sufrida en el atentado del 20 Aniversario, donde murió el íntimo amigo de Ratz, Igor Karkov. Su prestigio fue gravemente golpeado, y Zabal no era hombre de aceptar eso.
Giró a su izquierda, respondiendo a los saludos de los empleados y los funcionarios menores. Lo que nos salva es nuestra disposición a hacer prácticamente cualquier cosa que nos pidan, pensó el Secretario de Defensa, y no gracias al inútil de Juan Saúl III. Pomposo payaso, pero manejable. Llegó ante las puertas del despacho del Supremo Regidor. El detector lo identificó al instante y abrió las puertas de plastiacero y roble. La fuerte luz de adentro lo iluminó y .....
Se encontró con Juan Saúl III, cómodamente apoltronado en su sillón-trono, y al Secretario del Tesoro Valloca, fumando un Castro auténtico. Zabal se acercó al escritorio y, de acuerdo al protocolo, hincó su rodilla izquierda e inclinó su cabeza.
- Supremo – dijo el Secretario de Defensa.
- De pie, amigo mío – respondió Juan Saúl III – Y por favor sentate. Nadie sale hoy de acá sin haber tomado dos importantes decisiones.
Zabal se incorporó y tomó asiento. Un bar-robot Sony se acercó y le sirvió su bebida favorita, licor de yerba. También él encendió un puro, pero éste era un George WB II, el preferido de la élite argentina. Miró de reojo a Valloca. Éste se encontraba relajado, con sus brazos sobre los apoyabrazos del sillón, sin dejar de sostener su puro y su vaso. Captó la sutil señal que le hizo su amigo secretario con el meñique. Hora de la actuación.
- Amigos míos - comenzó Juan Saúl III – nuestro amigos del FMI están complacidos por nuestros logros y.....
- Mentís – lo cortó en seco Valloca, clavándole sus ojos azules.
Juan Saúl III empalideció – ¿Qué dijiste? - preguntó amenazante.
- Encima de idiota, sordo. Dije ´mentís´. ¿Acaso nos tomás por boludos? - contraatacó Valloca – ¿Acaso creés que no sabemos que Ratz está furioso porque no cumpliste con sus exigencias? -, se incorporó furioso. El Supremo Regidor se encogió en su trono, atónito ante el ataque.
Zabal aprovechó para ponerse de pie – ¿Vos esperás que nos manden unos cuantos misiles para que nos revienten? ¡Tarado! ¿Vos sabés cuál es el límite de su tolerancia? Escaso -.
Juan Saúl III levantó ambas manos. – Por favor, amigos, necesitamos soluciones.
- ¿Cuánto tiempo pensás que vas a seguir siendo útil al FMI si no haces lo que te piden? ¡Vos sos fácil de reemplazar, pero nosotros no! – persistió en su ataque Valloca.
En ese momento, Zabal terció – Suficiente, Domingo, nuestro Supremo Regidor necesita explayarse - y se sentó. Valloca esperó unos segundos y también se sentó.
- ¿Cuáles son los requerimientos del FMI? - preguntó Zabal, yendo al grano.
Juan Saúl III se retrepó en el trono y dijo – Necesitamos encontrar a los responsables del atentado y lograr un incremento de la deuda en un 8%.
Los secretarios se miraron. – Pavada de exigencia - gruñó Valloca - pero lograble, al menos, la parte que me toca.
-La mía también - declaró Zabal.
- ¿Y cómo piensan lograrlo? - preguntó Juan Saúl III.
- Por mi parte - dijo Valloca - pienso construir aquel proyecto del Precursor, el de llegar en una hora a Tokio.
– Por mi parte, en los Centros de Rehabilitación siempre puedo encontrar, emm, voluntarios – declaró Zabal.
- Tené en cuenta, Martín, que, de hacer eso que dijiste, no tiene que quedar la más mínima probabilidad de que descubran que son falsos – observó Juan Saúl III – El FMI espera exactamente eso, que inventemos a los responsables.
Zabal se rascó la barbilla, pensativo. Los otros esperaron. Al cabo de unos pocos segundos, Zabal declaró – Ya sé cómo hacerlo y a quién le voy a dar la tarea -.
- Prefiero no saberlo – dijo Juan Saúl III – de esa forma, puedo decirle a Ratz la verdad, que vos, Martín, sos responsable de todo.
Los secretarios se dieron cuenta rápido. Si salía todo bien, el Supremo Regidor se llevaría los laureles. Si se descubría todo, Zabal iba a terminar en la cámara atómica.
- Ya que las decisiones están tomadas, esta reunión queda terminada – declaró Juan Saúl III. Valloca y Zabal se incorporaron, se inclinaron y se retiraron caminando hacia atrás, como indicaba el protocolo.
Cuando quedó solo, la expresión de Juan Saúl III cambió hasta asemejar a la de un predador furioso. No era fácil aceptar que dos súbditos le gritaran, aunque sean del poder de Valloca y de Zabal, pero llevaba en sus genes la innata habilidad de su abuelo el Precursor: hacerse el idiota y el dominado hasta que sus enemigos se dieran cuenta de que el verdadero piola era él, para lo cual ya era tarde. “¿De verdad esos dos piensan que no tengo reemplazos para ellos?“, pensó Juan Saúl III con una sonrisa cruel. Justamente en los sótanos de la Casa Rosada, Domingo Valloca II y Martín Zabal II esperaban en los tanques de clonación su momento de servir a la mayor grandeza de él, el Supremo Regidor de la República Deudora Argentina, Juan Saúl III.
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