24 octubre 2006

Capitulo 40

RADIO 10D – Fuerzas terroristas están atacando el estudio 7, donde se deberá firmar el préstamo para la construcción del tan necesitado espaciopuerto para nuestro país. Los primeros informes indican que un grupo de alrededor de 30 terroristas Patriotas asaltaron el estudio, donde son enfrentados por soldados leales. Hasta ahora hay que lamentar la muerte de unos 15 asistentes al evento. El general Moscani, al mando de las Brigadas Deudoras, anunció que no va a dejar a ningún Patriota vivo.



La transmisión de la firma del préstamo estaba siendo seguida por casi todos los argentinos que tenían un holovisor o un televisor. Todos ellos pudieron ver el ataque inicial y, morbosos al fin, quedaron prendidos de las imágenes, pero algunos de los espectadores empezaron a notar que no había daños en los decorados ni soldados o terroristas caídos. Esta impresión fue reforzada por la narración de Andrea y quedó definitivamente firme al ver cuando los “terroristas” y los brigadistas se reunieron como buenos amigos. Como era de imaginarse, esto causo indignación, pero por distintas razones. Algunos pensaron que estaba todo armado para desprestigiar al Gobierno. Estos fueron los menos. Otros se enojaron ante la evidente mentira, y dentro de éstos, algunos decidieron hacer algo, hartos de décadas de mentiras.

Corrientes es una de las provincias del Litoral argentino. Por su ubicación, se encontraba en los Territorios Disponibles y a consecuencia de esto, su nivel de vida, salvo para la clase gobernante y alta, era paupérrimo. Los cuadros rasos de la Policía local y de los destacamentos de las Brigadas Deudoras estaban mal equipados y peor pagados. Cuando Máximo Saúl II profundizó la terrible transformación política y económica del país iniciada por su padre, Corrientes fue la provincia que más violentamente se resistió a semejantes cambios, al punto tal que declaró su independencia, aunque duró poco. La represión de las Brigadas Deudoras fue salvaje y violenta, manteniendo feroces combates contra los independentistas en Corrientes capital, Bella Vista, Goya y en el vital centro hidroeléctrico de Ituzaingó. Vencidos, los restos de la resistencia se dispersaron por los montes y los Esteros del Iberá y prosiguió desde allí una guerra de guerrillas, hasta la muerte del gobernador rebelde Carlino. Desde ese entonces, la provincia quedó pacificada, aunque el fermento libertador no había podido ser extinguido del todo. Y fue en Corrientes capital donde las primeras protestas en décadas comenzaron, aunque de una forma totalmente inesperada.


- ¡Gobernador, gobernador! – entró gritando a la carrera un asistente del Gobernador de la Provincia Deudora de Corrientes.

- ¿Qué le pasa, hombre? – se sobresaltó el Gobernador, que trataba de entender lo que estaba mirando en su holopantalla.

- ¡La revolución, la revolución!

- ¿Pero está loco, borracho o qué?

- ¡No, Gobernador! ¡Venga conmigo, por favor!

El asistente arrastró al Gobernador hacia la terraza de la Casa de Gobierno, donde también estaban el jefe de la Policía provincial, el comandante general de los regimientos de las Brigadas Deudoras en Misiones, Corrientes, Chaco y Formosa, y varios altos oficiales. Todos miraban hacia la plaza.

- ¿Qué pasa? – preguntó molesto el Gobernador.

- ¡Mire! – el asistente extendió su brazo.

El Gobernador miró hacia donde le habían indicado. Allá abajo, en la plaza, unos 400 ancianos lo estaban mirando en silencio. Muchos de ellos llevaban sus bastones y sillas de ruedas. En otro extremo de la plaza, una muchedumbre más nutrida compuesta de hombres y mujeres de mediana edad y jóvenes aguardaba expectante. Un equipo de noticias estaba filmando al grupo de ancianos. Entre la Casa de Gobierno y el grupo de ancianos había un cordón de 20 policías y un oficial al mando. Extrañamente, el Gobernador se sintió inquieto.

- ¿Qué quieren?

- No lo sabemos, Gobernador – respondió el jefe de Policía – pero por las dudas ordené formar un cordón preventivo.

- ¿A alguien se le ocurrió ir a preguntarles que quieren? ¿Hicieron alguna demanda?

Todos se encogieron de hombros.

- ¿Qué hacemos, entonces? – preguntó el Gobernador.

- Hay una ley en vigencia – dijo el comandante general – que prohíbe las reuniones públicas de más de tres personas, salvo autorización formal de la autoridad competente. Podemos ordenarles que se dispersen en virtud de esa ley.

- Buena idea – aprobó el Gobernador – Comisario, ordene que se dispersen.

- Muy bien, señor.

El comisario tomó un disco amplificador y se lo acercó a la boca.

- ¡Ciudadanos, el Gobernador les ordena que vuelvan a sus casas!

Nadie se movió.

- ¡Ciudadanos, están violando la ley 75.478 de Reuniones Públicas! Ninguno querrá visitar nuestras cárceles, ¿no?

Siguieron sin moverse. El comisario bajó el disco amplificador e interrogó con la mirada al Gobernador. Éste miró pensativo a los ancianos, y luego ordenó:

- Reprímalos

Fue su última orden como Gobernador.



Los ancianos se habían reunido espontáneamente en la plaza luego de ver la fallida ceremonia de la firma del préstamo. Indignados por semejante mentira, salieron de sus casas y fueron hacia la plaza principal. Estos ancianos nacidos en la era anterior al Precursor habían vivido sus dos primeras presidencias, así que conocían bastante de engaños y mentiras. Muchos de ellos habían luchado contra las Brigadas Deudoras pero, vencidos, abandonaron la lucha. Pero ahora, cansados, fueron a protestar con una herramienta poderosa: el silencio. Esta forma de reprobación había nacido en los albores de la primera presidencia del Precursor y ahora, 60 años después, se volvía a usar. En silencio se fueron congregando en la plaza, seguidos por sus hijos y nietos, éstos más por curiosidad que por otra cosa. Un grupo de Patriotas disfrazados de corresponsales de CNN filmaba la manifestación. Las tomas iban hacia un satélite de la iglesia de Cristo Astronauta en forma pirata, de allí a los estudios Sofovich y de allí se retransmitía a todo el país. La onda llevaba una señal de prioridad absoluta, por lo que el centro principal de control de los estudios Sofovich, en forma totalmente automática, comenzó su retransmisión. Los Patriotas intuían que algo grave iba a pasar, por lo que el mando local puso en alerta máxima sus fuerzas. Los acontecimientos iban a demostrar lo acertado de la orden.

- ¡Ciudadanos, vuelvan a sus casas! – gritó el oficial al mando del cordón policial.

Nadie se movió, excepto el equipo periodístico que se acercó un poco más. El oficial contó mentalmente hasta diez, luego ordenó al pelotón.

- ¡Preparen!

Los policías, muy jóvenes en su mayoría, activaron las baterías de sus fusiles láser, algunos muy torpemente.

- ¡Apunten!

Los policías apuntaron con sus rifles a los ancianos. Ninguno se movió. Algunos de los ancianos se tomaron de las manos y otros se santiguaban, pero nadie abandonó su puesto.

- ¡Fuego!

Pero ninguno de los policías disparó. El oficial, perplejo, repitió la orden. Dos o tres policías, admirados del valor de los viejos, bajaron sus rifles. Esto fue demasiado para el oficial, quien sacó su arma reglamentaria y la apuntó al pelotón.

- ¡Al que desobedezca de nuevo mi orden, le vuelo la cabeza!

El pelotón volvió a apuntar sus rifles hacia los ancianos. Algunos de ellos inflaron el pecho.

- ¡Fuego!

La primera descarga mató a 15 ancianos e hirió a otros 3. La segunda fue menos efectiva, matando a 12 e hiriendo a 4. Los adultos y jóvenes que estaban del otro lado de la plaza quedaron estupefactos, igual que los televidentes que presenciaban el fusilamiento en vivo. A pesar de la matanza, los ancianos sobrevivientes no se movieron del lugar. Los heridos no se quejaban, dejándose morir con dignidad y en silencio. Los huecos dejados por los caídos fueron cubiertos por los que estaban detrás. Cuando se iba a hacer la tercera descarga, del otro lado de la plaza se oyó un alarido desgarrador:

- ¡Matemos a todos!

Alrededor de unas 2000 personas comenzaron a correr hacia la Casa de Gobierno gritando de dolor y clamando venganza. Rodearon a los ancianos y se precipitaron contra el pelotón, el cual, como un solo hombre y en forma totalmente inesperada, apuntó al oficial al mando y lo desintegró con 20 descargas de láser. Acto seguido, el pelotón entró a la Casa de Gobierno, encabezando a la sublevada muchedumbre. Minutos después, el Gobernador y su séquito eran arrojados desde la terraza por la multitud. Los que no murieron a consecuencia de la caída fueron linchados por los que no habían entrado. La bárbara muerte de los ancianos encendió la mecha de la indignación popular. En las diversas ciudades de la provincia de Corrientes, la gente salía enardecida a las calles para hacer justicia con sus propias manos, matando a miembros del Gobierno y a los oficiales de alta graduación que intentaban protegerlos. Prácticamente todas las guarniciones de las Brigadas Deudoras desplegadas en Corrientes se amotinaron y mataron a sus oficiales superiores al recibir la orden de reprimir indiscriminadamente. Lo mismo pasó con la Policía provincial. Aquí y allá, los Patriotas trataban de hacerse cargo del control de los acontecimientos, lográndolo en su mayor parte. Recorriendo los depósitos gubernamentales, los Patriotas encontraron gran cantidad de alimentos y suministros que repartieron de inmediato entre los más necesitados. Al finalizar ese día, Corrientes había nuevamente proclamado su independencia, y uno de los Cuatrocientos (como se empezó a llamar al grupo de ancianos que enfrentó al Gobierno) llamado Cristóbal Roa era proclamado Presidente de la República de Corrientes y su Gabinete Provisional estaba enteramente formado por gente educada y preparada por los Patriotas. Su primera orden: en 180 días habría elecciones para el nuevo Congreso Provincial.



Los mandos Patriotas en la zona norte de los Territorios Disponibles, al ver los acontecimientos de Corrientes, llegaron a la conclusión que era el momento de intentar el derrocamiento de los gobernadores. Consultado al respecto, el Alto Mando Patriota aprobó la idea. Utilizando planes siempre puestos al día en la eventualidad de que sucediera lo que ahora estaba pasando, los Patriotas se movieron en varios frentes. Uno, aprovechando el descontento de soldados, suboficiales y policías de bajo grado, provocaron la toma de cuarteles y destacamentos policiales. Dos, salieron a las calles a pedir la renuncia de los gobernadores y alentaron a la gente a apoyarlos. Las imágenes del fusilamiento de los ancianos provocaron pánico en algunos casos e indignación y furia en muchos. Todos llegaron a la conclusión de que la vida en las provincias iba a ser peor que antes, algo que los Patriotas hacían hincapié en sus proclamas por lo que, venciendo el miedo de décadas de represión, se unieron a los Patriotas en la lucha y, contra todo pronóstico, vencieron.


En la vecina provincia de Misiones, el Gobernador no perdió tiempo en hacer sus valijas e intentar escapar, pero no lo logró. La muchedumbre, también irritada por lo que pasó en Corrientes, lo ató a él y a sus colaboradores a sendas piedras pesadas y los arrojaron al Paraná. Aquí se vivió exactamente lo mismo que en Corrientes, con la salvedad de que la guarnición brigadista de Puerto Iguazú resistió brevemente los intentos de coparla, cayendo luego. El Gobierno Provisional misionero solicitó a la nueva República de Corrientes adherirse a ella. Pronto, la rebelión se propagó como fuego por las provincias norteñas y las de la Mesopotamia, triunfando en todas ellas, alentada por las privaciones, la pobreza y el odio de los pobladores hacia los gobernadores. En Salta, el aborrecido gobernador Tomillo, conocido por su afición al oro, fue ejecutado por la multitud obligándolo a beber oro fundido. En Santiago del Estero, el gobernador Suárez y su esposa Nana fueron atados desnudos a las colas de sendos caballos y se los azuzó a correr desenfrenadamente por las calles de Santiago. Todo esto era minuciosamente filmado, emitido y transmitido a todas partes por los Patriotas quienes, por fin, podían ver parte de sus sueños hechos realidad. Al concluir ese histórico 2 de Junio de 2050, todo el norte del país se había librado de los gobernadores y del yugo que los unía a Baires, y ahora iban a gobernarse a sí mismos, bien o mal, pero a sí mismos.