25 octubre 2006

Capitulo 41

INFOBAI – Todo el norte de los Territorios Disponibles, más Santiago del Estero, Catamarca, norte de Santa Fe, norte de Córdoba y Santa Cruz cayeron en la barbarie, al ser derrocados sus legítimos gobernantes por los salvajes Patriotas. Estos infames se infiltraron en los estudios Gerardo Sofovich y propalaron imágenes claramente falsificadas de un fusilamiento de inocentes ancianos. La masa ignorante les creyó y asesinaron bárbaramente a sus gobernadores. Tenemos la esperanza de que esta lamentable situación sea corregida en breve por el firme gobierno de nuestro Supremo Regidos Juan Saúl III.



El clon había hecho su inesperada aparición abriendo el biombo del camarín del Supremo Regidor. Éste había quedado paralizado por la sorpresa, pero quien llevó la peor parte fue Cecilia, la asesina condicionada a matar a Juan Saúl III. Ver a dos Supremos Regidores fue demasiado para su manipulada psiquis, por lo que quedó clavada en el lugar. Segundos después de la sorpresa, el clon, vestido, peinado y maquillado exactamente igual que el Supremo Regidor, tomó la iniciativa. Empujó a Cecilia, quien quedó despatarrada en el sillón al lado del cadáver de Moscani y se abalanzó contra Juan Saúl III, quien recibió un puñetazo en pleno mentón. Golpeó contra la pared, todavía sorprendido de pelear con alguien exactamente igual a él. El clon lo agarró de las solapas del uniforme y lo arrojó contra el espejo, derribando unos cuantos frascos de cremas y de perfume. El estrépito fue lo suficientemente fuerte para que los guardias en el exterior lo pudieran oir. Como la puerta estaba trabada, usaron sus pistolas láser para abrirla, pero el blindaje con el que contaba impidió a los guardias entrar inmediatamente, por lo que comenzaron a fundirla.

Mientras tanto, Juan Saúl III se recuperaba, tomaba un sillón y lo arrojaba contra la cabeza del clon. Éste lo esquivó a duras penas, pero la base del sillón lo golpeó en su hombro derecho, dando con su espalda contra la pared. Tomó el perchero y se lo tiró al Supremo Regidor como si fuera una lanza. Juan Saúl III puso otro sillón frente a él y lo detuvo. Aprovechó para arrojar el sillón contra el clon, pero este se agachó y, tomando impulso, saltó hacia el cuello de su contrincante.

Cecilia estaba tratando de aclarar su mente y su vista. Cuando lo logró, vio a Juan Saúl III trenzado en una pelea cuerpo a cuerpo con Juan Saúl III. El intercambio de golpes, patadas y cabezazos era nutrido e intenso, y ninguno daba ni pedía cuartel. Cecilia miró hacia la puerta, donde los guardias estaban fundiendo el metal para poder entrar y se dio cuenta de que no le quedaba mucho tiempo para cumplir su misión. ¿Pero a cuál? Lo pensó bien y decidió que serían los dos, pero tendría que luchar con su condicionada mente para no quedar congelada como antes. Miró a los luchadores y tomó su arma. Apuntó cuidadosamente y disparó. La bala de punta de titanio, rellena con explosivo D5 estaba destinada a atravesar la espina dorsal del Juan Saúl III que le daba la espalda pero justo se inclinó hacia su izquierda, por lo que la bala pasó a milímetros de la columna, pasó entre dos costillas perforando el pulmón derecho, salió por debajo de la clavícula e ingresó en la cabeza del otro Juan Saúl III por el pómulo izquierdo, explotando luego. El Juan Saúl III que le daba la espalda cayó pesadamente al piso, mientras que el otro se desplomaba con la cabeza destrozada. Sin perder tiempo, Cecilia se puso el arma en la boca y disparó, dejando sus sesos pegados en la pared.

Segundos después, los guardias lograban entrar en el camarín, encontrándose con un cuadro dantesco. El general Moscani y la favorita de Juan Saúl III, Cecilia, estaban inmóviles y desparramados en un sillón. El propio Supremo Regidor se encontraba tirado en el suelo con una tremenda herida que le sangraba profusamente y también había otro cuerpo, lo cual era extraño, ya que habían entrado tres personas y ahora había cuatro. No había tiempo que perder.

- ¡Traigan una flotacamilla! – gritó uno de los guardias - ¡El Supremo Regidor está malherido!

Mientras esperaban, otros taponaron la herida de Juan Saúl III en un intento de contener la hemorragia. Cuando lo lograron, llegó la flotacamilla. Con rapidez, subieron el cuerpo del Supremo Regidor y a la carrera lo llevaron a la aeroambulancia. Ésta despegó con rapidez, escoltada por dos aerodeslizadores de combate. Mientras tanto, un médico forense examinaba los cuerpos de Moscani y de Cecilia, verificando que estaban muertos. El tercer cadáver causaba intriga. Tenía las dimensiones del Supremo Regidor y estaba exactamente vestido como él. La bala disparada por Cecilia había sido sumamente efectiva, ya que sólo le quedaba del cráneo la parte inferior de los pómulos, la mandíbula y parte del temporal y el occipital derecho. Siguiendo un impulso, el forense tomó una gota de sangre del cadáver y la introdujo en el analizador portátil que llevaba. Segundos después, el resultado hizo transpirar al forense. Si la sangre del cadáver que estaba frente a él era de Juan Saúl III, ¿a quién llevaban en la aeroambulancia?



Unos 200 hombres de las Brigadas Deudoras, fuertemente armados, rodeaban el centro principal de control de los estudios Sofovich, mientras 3 aerodeslizadores de combate sobrevolaban el área. El coronel Barrero había reemplazado al shockeado coronel Asti (a quien tuvieron que sacar a la rastra del estudio 7) y se disponía a tomar por asalto el centro de control. Algunos vehículos blindados estaban estacionados en las cercanías y dos aeroambulancias esperaban más atrás con sus flancos abiertos como alas, con su correspondiente dotación de 10 flotacamillas cada una. El asistente del coronel se acercó al trote.

- ¿Y bien? – inquirió Barrero.

- El ascensor del centro de control se encuentra bloqueado – informó el asistente – Algunos hombres se quedaron cerca del ascensor, mientras otros revisan palmo a palmo los pasillos. Si se escaparon por allí, lo vamos a saber pronto.

- Bien – asintió Barrero – Vamos a entrar.

A una seña suya, 10 hombres se acercaron a la carrera a la puerta doble de acceso al centro de control y se pusieron a los costados de la misma. El jefe del pelotón dijo por el intercom:

- Listos, coronel. Esperamos su orden.

- Tienen luz verde, repito, luz verde.

Uno de los vehículos blindados se acercó a la puerta marcha atrás, mientras dos de los soldados del pelotón de asalto ataban las manijas de la puerta con una sólida cadena y arrastraban el otro extremo hasta el carro blindado, atándolo. De inmediato, el blindado aceleró al máximo, arrancando la puerta de cuajo. El pelotón entró al centro en forma decidida. Minutos después, el jefe del pelotón dijo:

- Coronel, puede entrar, pero acá pasa algo raro.

Barrero entró al centro acompañado por su asistente y por otros 10 soldados. Lo primero que vio fue una caja grande y hueca, la cual dejó atrás por un costado. Rápidamente, llegó al control y entró, donde lo estaba esperando el pelotón de asalto y nadie más.

- ¿No hay nadie? – preguntó Barrero incrédulo.

- Nadie, coronel – respondió el jefe del pelotón – Deben haber escapado por los túneles de servicio.

- Es probable, aunque habría que explicar cómo es que el ascensor está trabado arriba – dijo Barrero, mirando las transmisiones de los Patriotas desde las provincias – Que venga un equipo y corte esas malditas transmisiones.

El asistente comenzó a impartir las órdenes, cuando un ruido seco salió de adentro de uno de los armarios. Todos apuntaron sus armas hacia el origen del ruido.

- ¿Qué fue eso? – susurró Barrero

- Un golpe en la puerta de uno de los armarios – respondió de igual manera el jefe del pelotón – Ustedes dos, abran esas puertas.

Dos de los soldados se acercaron cautelosamente al armario con sus fusiles listos. Esperaron unos segundos para ver si el sonido se repetía y, como no pasaba nada, agarraron las manijas de las puertas del armario y miraron al jefe del pelotón. Éste asintió con la cabeza y los soldados abrieron las puertas. De adentro del armario cayeron dos hombres y una mujer muertos o inconscientes. En el piso del armario había un cuarto cuerpo que era de un hombre. Los soldados se precipitaron sobre los cuerpos, para poder revisarlos.

- ¡Coronel! – gritó uno de ellos - ¡Venga, por favor!

Barrero se acercó rápidamente al soldado que lo había llamado. En el cuello del hombre que el soldado estaba examinando había un parche somnífero. Barrero levantó la cabeza y comprobó que los otros tres cuerpos tenían el mismo parche. El coronel se puso de pie, al tiempo que los soldados abrían el otro armario y encontraban a dos mujeres y dos hombres en la misma situación de los del anterior.

- ¿Su conclusión? – le preguntó Barrero al jefe del pelotón.

- Parece evidente – le respondió el jefe – Durmieron a estos infelices, hicieron lo que tenían que hacer y escaparon. Faltaría saber cómo lograron fugarse.

- Eso es lo que tenemos que investigar. Mientras tanto, llame a los paramédicos para que se los lleven – dijo, señalando con el pulgar por sobre su hombro a las ocho personas inconscientes.

Minutos después, llegaban las flotacamillas, tiradas por un enfermero. Los soldados subieron a los desmayados a las flotacamillas y el enfermero volvió por donde vino. Salió del centro y se acercó a una aeroambulancia. Con la práctica de años, enganchó cada flotacamilla en su lugar correspondiente en los flancos de la aeroambulancia. Una vez acomodadas las flotacamillas, el enfermero subió a la cabina y oprimió un botón. En el acto, los flancos de la aeroambulancia comenzaron a cerrarse, mientras las flotacamillas conservaban su horizontalidad con respecto al piso en todo momento. Cuando los flancos de la aeroambulancia se cerraron firmemente, se encendió una luz verde en el tablero de mandos. El enfermero encendió el motor y la aeroambulancia se elevó en el aire. El paramédico que estaba sentado en el otro asiento le preguntó al enfermero:

- ¿Qué tenemos hoy?

- Ocho dormidos por parche somnífero – dijo pausadamente el enfermero, mientras controlaba velocidad y altitud – Parece que los Patriotas durmieron a los técnicos del centro de control y los metieron en armarios.

- ¿Vamos al hospital de los estudios? – preguntó el paramédico.

- No precisamente – dijo una voz detrás de ellos.

Hacía unos pocos minutos que la aeroambulancia había despegado con su carga de técnicos dormidos, cuando un soldado llamó al coronel desde el comedor.

- ¡Coronel, venga por favor!

Barrero fue a la carrera hacia el comedor, seguido por el jefe del pelotón de asalto. Cuando llegaron, uno de los soldados los condujo presurosamente a la cocina, donde otros soldados estaban sacando algunos cuerpos del freezer. En uno de los rincones, un hombre tiritaba de frío incontroladamente. Su piel estaba azul. Un soldado lo había tapado con una manta y le había dado de tomar un caldo caliente. El pobre hombre hacía esfuerzos heroicos por tomarlo pero los temblores no lo dejaban.

- ¿Qué significa esto? – preguntó Barrero al hombre - ¿Quién es usted?

- Técnico de primera clase Claudio Esel – dijo con voz temblorosa el hombre.

- ¿Técnico? ¿De qué? ¿De dónde?

- Del centro de control – repuso Esel – Los Patriotas entraron, nos hicieron tirar al piso y nos durmieron. Me desperté adentro del freezer y comencé a golpear la puerta. Menos mal que me escucharon.

- Entonces – dijo Barrero, incrédulo – si ustedes son los encargados del centro de control, ¿quiénes son los de la aeroambulancia?




A unos quinientos metros de donde el coronel Barrero cavilaba acerca de los pasajeros de la aeroambulancia, ésta tocaba tierra. Las compuertas de la cabina se abrieron y tanto el enfermero como el paramédico salieron violentamente despedidos. Las compuertas se cerraron y la aeroambulancia despegó nuevamente.

- Tengo que reconocer – dijo Andrea, sentada en el asiento del paramédico – que tuviste una idea genial para escaparnos. ¿Y de dónde sabés manejar una aeroambulancia?

- Hicimos un curso de primeros auxilios en el Ministerio y ahí me enseñaron – dijo Pedro mientras colocaba a la aeroambulancia en su altura de crucero – Ah, y gracias por el elogio.

- De nada – respondió Andrea con una sonrisa.

- Ahora que pudimos escapar – dijo Pedro – Quería comentarte algo.

- ¿Sí? – dijo Andrea, imaginando lo que Pedro iba a decirle.

- Estabas bastante nerviosa antes de esta operación, pero yo no creo que sólo haya sido por eso. ¿Hay algo más que yo tenga que saber?

- Sí, hay algo – dijo Andrea al cabo de unos momentos – Vas a ser papá.

- ¿Ah, era eso nada más? – respondió Pedro mecánicamente – Bueno, ahora que bajamos… ¿Qué dijiste? – preguntó, volviendo rápidamente su cabeza hacia Andrea.

- Que vas a ser papá – dijo dulcemente Andrea, acariciándose la panza.

- ¿Voy a ser papá? ¿En serio? – dijo temblorosamente Pedro. Andrea asintió. Pedro activó el piloto automático, la abrazó y la besó apasionadamente. Al rato, Irupé asomó la cabeza.

- Disculpen, tortolitos, por interrumpirlos, pero quizás consideren oportuno dejar esta aeroambulancia que llama demasiado la atención.

- Tenés razón, negrita – dijo Pedro, volviendo su atención a los controles - ¿Bajamos ahí? – señalando a un bosquecito.

- Dale nomás – respondió Andrea.

Mientras Pedro dirigía la aeroambulancia hacia el bosque, no podía evitar pensar que iba a ser padre, algo absolutamente inesperado. ¿Y sería un buen padre? ¡Claro que sí! ¡Voy a ser el mejor! Miró a Andrea, lleno de amor. Ella le devolvió una mirada idéntica. Tomados de la mano, Pedro inició los preparativos para el aterrizaje. Había un viejo refran que decía que cada bebé trae un pan bajo el brazo. Quizás éste traiga, además del pan, la libertad tan esperada.