17 octubre 2006

Capitulo 7

TyC – Hoy arribó a la ciudad de Baires, después de ganar por quinta vez consecutiva el Mundial de Clubes, el poderoso equipo de Chacarita Juniors. Su triunfo de 5 a 1 sobre el Manchester United ratifica el buen momento que pasa nuestro fútbol. Su presidente, Juan Luis Barrionuevo, declaró exultante – Ahora, lo único que nos queda es ganar un Mundial. Voy a pedir a la FIFA que nos deje participar como un país aparte.



Bip...bip... BIP....BIIIIPPP.

- ¿¡Quién es!? – ladró con voz somnolienta Pedro

- Usted pidió que lo despertemos a las 6 de la mañana – respondió solícito el conserje del hotel Macri Tower.

- Llámeme en media hora, por favor – dijo, sin abrir los ojos, Pedro.

- Como usted ordene, señor Díaz.

Pedro, con un esfuerzo heroico, abrió los ojos. Sentía la cabeza como si la tuviera llena de engranajes oxidados y rotos y la boca la tenía pastosa. Lentamente, comenzó a recordar dónde estaba: en el hotel Macri Tower, el único hotel 8 estrellas de Sudamérica. Se incorporó en la cama de 4 plazas, o al menos lo intentó. Tratando de despertarse, paseó su mirada por la suite ejecutiva que el Ministerio reservó para él. Inesperadamente, la telepared enfrente de su cama se encendió.

- Buenos días, señor Díaz – la telepared lo saludó - ¿Desea ver algún canal en particular?

- Alguno de música, por favor – repuso Pedro.

Al momento, la telepared sintonizó Music 2050. Pedro no se podía acostumbrar al lujo de la suite. Todo allí se manejaba por voz y por gestos y hasta se podía regular el volumen de la telepared con mover la mano nada más. Cuando Pedro dirigió su mirada a los amplios ventanales de la suite, las cortinas automáticas se corrieron, permitiéndole ver la ciudad de Baires desde el piso 250.

Pedro, con esfuerzo, se levantó de la cama. El piso ajustó la temperatura para que él pudiera caminar descalzo, mientras oía al jacuzzi llenarse automáticamente. El bar de la suite comenzó a preparar el desayuno. Entró al baño y se miró al espejo, contemplando un rostro todavía desencajado por el poco sueño y el exceso de alcohol.

- Botiquín, prepara algo para la resaca – pidió Pedro

- Al momento – repuso el botiquín.

En segundos, el botiquín entregó a Pedro un remedio a base de cafeína transgénica. Apenas lo tomó, se sintió mejor. Se introdujo en el jacuzzi ya lleno de agua caliente y sales regenerativas, y comenzó a despabilarse. Mientras comenzaba a sentirse como una persona normal, Pedro recordaba la más que agitada noche que vivió....

Después de que Andrea se fue del Café Tortoni, Pedro quedó inquieto. Mientras repasaba una y otra vez la charla que tuvo con ella, su mente trajo a colación otro problema. Siendo como eran las 21:00 horas, ya no podía volver a su departamento a preparar las valijas. Bueno, en realidad, sí podía, pero calculaba: si tomaba una bicitaxi, llegaba al puente Castells alrededor de las 21:20. El cruce del puente, junto con el trámite obligado de revisación personal en el puesto de control, le insumiría otros 5 minutos. El 159 tardaba en llegar a Quilmes alrededor de una hora, otros 20 minutos en llegar al departamento, preparar las valijas y salir, y ahí empezaba el peligro. A esa hora, la calle era propiedad de las bandas saqueadoras de órganos, y caer en manos de una de ellas implicaba la muerte y el reparto de sus órganos entre diversas clínicas clandestinas de biorepuestos. Considerado todo esto, Pedro se vio obligado a utilizar un videófono público, cortesía de Telefónica.

- C&A, Servicio de compra 24 horas, buenas noches, gracias por llamar – atendió una videomarketer.

- Buenas noches, quiero hacer una compra – repuso Pedro.

- ¿Qué desea adquirir, señor?

- Cinco camisas, dos pantalones, cinco pares de medias, dos trajes, tres calzoncillos, un par de zapatos y un par de zapatillas. Ah, sí, y también una valija mediana.

- ¿Es la primera vez que compra en C&A?

- No

- Por favor, coloque su mano en la consola a su derecha – indicó la videomarketer.
Pedro puso su mano en la consola. El rastreador leyó sus huellas digitales y las líneas de la palma de la mano.

- Señor Díaz, gracias por volver a comprar en C&A – dijo la videomarketer – Por favor, introduzca tu tarjeta en la ranura.

Pedro sacó su Miniscard y la introdujo en la ranura que estaba debajo de la consola del rastreador.

- ¿Desea que la marca de los productos por usted solicitados sea la que usted suele adquirir, o prefiere otras? – consultó la videomarketer.

- Las mejores marcas – repuso Pedro, pensando que, igual, pagaba el Ministerio.

- ¿Enviamos su compra a su domicilio?

- No, por favor, envíela al Macri Tower. Necesito que mi compra llegue en una hora.

- Eso tiene un costo adicional – le advirtió la videomarketer.

- No hay problema – aseguró Pedro.

- Que tenga unas buenas noches, y gracias por confiar nuevamente en C&A – se despidió la videomarketer.

Problema solucionado, se dijo Pedro, ahora voy al hotel. Comenzó a caminar en dirección a la Casa Rosada. La estatua a Máximo Saúl II dominaba la Plaza del 2 de Julio pero, a diferencia de la de su padre, ésta era un poco más baja, como correspondía. Al llegar a la calle Perú, Pedro giró a su izquierda y prosiguió su camino mientras miraba los negocios todavía abiertos. Aún a esa hora, había bastante gente caminando, algunas cargando bolsas de diversas tiendas tales como Zara, The Gap, Sears y Harrod´s. Varias mujeres lucían el nuevo corte de pelo, impuesto por Hollywood en la película épica “Libertad a Irak 2004”, donde la heroína era raptada y salvada cuando la mitad derecha de su cabeza lucía calva por culpa de los malvados Al-Qaeda. Pedro no podía dejar de admirarse de la inventiva norteamericana, pensando en el exótico nombre que los guionistas de Hollywood habían inventado para los malos.

Cuando cruzó la avenida Presidente Clinton, la calle Perú paso a ser la calle Florida. El negocio de Burger King estaba lleno a rebosar, como siempre, aunque el local de Domino´s Pizza, ubicado enfrente, le presentaba feroz competencia. Cruzó la diagonal Aznar, pasando frente a las puertas de cristalplast del Bank Boston, las cuales reemplazaron a las viejas puertas de bronce que ahora eran exhibidas en el Museo del Tercer Mundo. Las puertas mostraban unas abolladuras cuyo origen nadie podía explicar. De pronto, un grito atravesó la noche.

- ¡Me roban, me roban! – aulló desesperada una mujer.

Pedro alcanzó a ver a un joven correr con algo peludo que se retorcía en sus brazos, esquivando gente como si fueran postes, perseguido de cerca por tres policías. Zumbando por sobre las cabezas de los transeúntes de la calle Florida, algo azul pasó a gran velocidad, adelantando a los tres policías y al ladrón y luego deteniéndose. En ese momento, todos pudieron ver que era una nave-patrulla teledirigida desde la Central de Policía, y todos supieron al instante que el ladrón ya estaba capturado.

Éste también lo sabía, por eso bajó al perrobot (era eso lo que tenía en sus brazos) al piso y levantó ambas manos, temblando. La nave-patrulla se desplazó hasta estar exactamente encima de la cabeza del malhechor, al tiempo que los tres policías que lo perseguían lo rodeaban, extrayendo sus látigos neuronales. La mujer dueña del perrobot se acercó corriendo y jadeando.

- ¡Jazmín, Jazmín! – gritaba la mujer, abalanzándose sobre el perrobot y alzándolo entre sus brazos. Éste le lamió la cara, mostrando felicidad como si hubiera sido un perro de carne y hueso. Luego de tranquilizarse, la mujer se dirigió al que parecía el policía de mayor rango

- ¿Cómo se los puedo agradecer?

- Estamos para servir – respondió el sargento con una inclinación de cabeza - ¿Desea presentar cargos contra este sujeto, o prefiere que lo disciplinemos?

- Lo segundo, y rápido – repuso fríamente la mujer.

El ladrón temblaba de tal forma que parecía que se iba a desarmar, pero así y todo intentó escapar, que fue lo peor que pudo hacer. De la nave-patrulla partió un rayo que alcanzó al infeliz en la nuca, paralizándolo el tiempo suficiente para que los látigos neuronales de los policías lo alcanzaran todos al mismo tiempo. Estos látigos, a diferencia de sus antecesores de cuero, multiplicaban por 10 el dolor sufrido por la víctima, de manera que lo experimentado por el ladrón fue de tal magnitud que le causó un paro cardíaco, matándolo en el acto. Los policías se retiraron dejando el cuerpo en la acera, mientras que la gente, indiferente, comenzó a dispersarse. La dueña del perrobot dedicó al cadáver del malhechor una mirada de odio, antes de irse rozando a Pedro. Él se quedó unos minutos más, para ver que pasaría con el cuerpo del ladrón, si algún familiar lo reclamaba, o retiraba, o algo, pero en ese momento una aeroambulancia se detuvo al lado del cadáver. Un paramédico descendió llevando en su mano un pequeño botiquín. Se agachó al lado del cuerpo y extrajo del botiquín una tijera. Cortó un mechón de pelo del infortunado para identificarlo y lo guardó en un sobre plástico. Acto seguido, sacó un frasco que contenía algo de color perla. Lo abrió y desparramó el contenido sobre el cadáver. En cuestión de segundos, el cuerpo comenzó a disolverse como si fuera de arena, hasta que finalmente, un fino polvillo fue todo lo que quedó del ladrón. Acto seguido, el paramédico subió a la aeroambulancia que despegó rápidamente y desapareció. Todo el episodio duró escasos cinco minutos, ante la sorpresa de Pedro, que nunca había visto en acción la justicia imperante en la República, eficiente y directa. Satisfecho con tal demostración, siguió su camino hasta el Macri Tower.

El hotel Macri Tower, con sus 300 pisos, era el edificio más alto de Baires, y se alzaba orgulloso sobre lo que antes era el Correo Central, justo enfrente del Luna Park. El hotel llevaba ese nombre en homenaje a uno de los Compañeros, denominación que se daba popularmente a aquellos que entendieron el mensaje del Precursor antes que nadie y lo acompañaron en su gesta. Con toda la refinación, elegancia y sofisticación que el dinero podía proveer, el Macri Tower era un derroche de lujo y poder, donde sólo los más ricos podían disfrutar sus increíbles comodidades.

Pedro entró al hotel temerosamente, sintiéndose un intruso en semejante lugar. Tal sensación se intensificó cuando dos guardias de seguridad lo interceptaron apenas traspuso el umbral.

- ¿Quién es usted y que quiere acá? – ladró uno de ellos desde sus 2,30 metros, buscando intimidarlo.

- Tengo una reserva hecha – dijo Pedro, que de intimidado no tenía nada.

- ¿Se burla usted de mi? – rugió el guardia, mirándolo de arriba hacia abajo.

- Puede verificarlo. Mi nombre es Pedro Díaz.

El guardia sacó un bolsillo de su chaqueta blindada un asistente electrónico Casio y musitó el nombre de Pedro. El Casio esperó lo que a Pedro le pareció una eternidad, y al final dijo:

- El señor Pedro Díaz tiene reservada la suite 250.

Como por arte de magia, ambos gorilas pasaron a ser la personificación del encanto. Como todos en el hotel sabían, las suites del piso 200 hacia arriba eran las más caras y exclusivas, y por experiencia los guardias sabían qué clase de huéspedes utilizaban tales suites.

- Sepa disculpar nuestra torpeza – se disculpó uno de los guardias – sólo cumplíamos nuestro trabajo.

- No se haga problema. Entiendo perfectamente – dijo Pedro aliviado.

Dejando a los guardias en la puerta, Pedro se dirigió al mostrador del lobby que, como todo en el hotel, era sencillamente lujoso. Caminar sobre sus alfombras daban la sensación de caminar sobre plumas y la decoración era digna de exponer en un museo, tal era su calidad. Finalmente, llego al mostrador y se presentó:

- Mi nombre es Pedro Díaz. Tengo una reserva hecha.

- Buenas noches, señor Díaz – dijo amablemente el conserje – Lo estábamos esperando. ¿Su equipaje?

- Debería llegar de C&A una compra que hice.

- Muy bien, señor Díaz, el botones lo acompañará a su habitación.

Un flemático botones apareció al lado de Pedro, y lo acompañó hasta el ascensor panorámico. A medida que el ascensor subía a una velocidad increíble, Pedro podía ver la ciudad de Baires en todo su luminoso esplendor, incluso hasta el puente Baires-Colonia. Al llegar al piso 250, las puertas se abrieron dando paso a la habitación más lujosa que él había conocido. El piso estaba cubierto por una alfombra mullida, la cama de 4 plazas era una invitación a acostarse en ella, el baño estaba totalmente automatizado, lo mismo que el bar, repleto de las bebidas y manjares más exóticos que se pudiera imaginar. Una enorme telepared se desplegaba enfrente de la magnífica cama. Como Pedro no se movía, el botones carraspeó.

- Señor, su habitación.

- Ah, sí – reaccionó Pedro, saliendo de su estupor.

- Todo acá esta controlado por voz y por gestos, así que no encontrará problemas en usar las comodidades de la suite.

Pedro despidió al botones (las propinas se cargaban a la cuenta, ya que no existía el efectivo); luego, se dedicó a explorar la suite. Decidió experimentar con los gestos, por lo que hizo una seña a la telepared. Ésta se activó, emitiendo un canal de noticias. Pedro entró al baño y movió sus manos, haciendo que el jacuzzi comenzara a llenarse de agua caliente. Otro gesto, y aparecieron las sales. En ese momento, sonó el intercom de la mesa de luz:

- ¿Sí? – contestó Pedro desde el baño.

- Acaba de llegar su compra – anunció el conserje – en instantes, la recibirá.

Pedro se acercó a la entrada de la habitación a esperar la llegada de la ropa nueva. Pero los minutos pasaban y nada ocurría. Impacientándose, llamó a la recepción.

- ¿Qué sucede con mi ropa? – se quejó Pedro

- Ya está colgada en su armario – contestó educadamente el conserje.

Pedro se acercó al armario y lo abrió. Efectivamente, toda su ropa y su calzado estaban prolijamente ordenados. Se sintió un perfecto ignorante.

- Disculpe la molestia – musitó Pedro

- No se preocupe, suele pasar – lo consoló el conserje.

Para sobrellevar la vergüenza, Pedro se desvistió y se metió en el jacuzzi. Se bañó, se afeitó, se vistió y se preparó para ir al Congress Lobby. Cuando bajó, le preguntó al conserje cuál era la forma más rápida de llegar.

-Tome el subte magnético. La estación está en la esquina.

Pedro siguió el consejo y descendió a la estación Macri, desde donde el subterráneo magnético “B”, fabricado en Japón, partía desde donde él estaba hasta la estación Rocca (ex Saavedra). Luego de un breve viaje, Pedro descendió en la estación Callao y caminó por la avenida del mismo nombre hasta las vallas de seguridad que rodeaban el Congress Lobby. Mostró su Miniscard a los guardias, los cuales lo dejaron pasar a ese lugar increíble, al cual poderosos reflectores lo iluminaban haciendo que brillara como una joya que efectivamente era. Su cúpula verde refulgía como un jade, sus paredes parecían recubiertas de diamante, y las magníficas puertas, verde esmeralda, parecían darle la bienvenida.
Cuando Pedro entró al Congress Lobby, una bella recepcionista le dio la bienvenida.

- Buenas noches señor. ¿Su tarjeta, por favor?

- Aquí lo tiene.

Pero se llevó una sorpresa; la Miniscard, que antes era plateada, ahora era negra y dorada. La recepcionista lo miró con una expresión rayana en la adoración.

- Su pase es clase Súper-Vip – dijo con respeto

- Sí. ¿Y? – respondió Pedro, disimulando su sorpresa.

- Pues que puede usar todos los servicios del Congress Lobby, excepto el Salón Senadores. Pero usted ya sabía esto, ¿no?

- Claro que lo sabía – mintió él, con gesto de suficiencia

Dejando a la recepcionista embelesada, Pedro se preguntaba cómo demonios se transformó su tarjeta en algo que, evidentemente, era importante. Y pensaba en aprovecharlo al máximo, mientras se cruzaba con gente a la cual conocía sólo por verla por holovisión en series, novelas, deportes o actos políticos. Así fue que llegó al Salón de los Pasos Perdidos, llamado así porque era ahí donde los que no sabían bailar los ritmos de moda, como el propio Pedro, podían danzar sin ser mal mirados. Se acercó a la barra y le pidió un Gran Carlos a la bellísima barwoman que allí estaba.

- ¿Seguro? – preguntó ella enarcando una ceja.

- Totalmente.

Ella le sirvió un trago con un líquido blanco y negro, recomendándole que lo tomara despacio. Con el vaso en la mano y lleno de curiosidad, él se dirigió al Salón Diputados, donde se le requirió nuevamente el pase, que por suerte seguía de color negro y dorado. Al entrar vio mucha gente bailando y mucho humo en el ambiente. Colgado de la pared, había un antiguo tablero donde se veían diversos números en blanco, amarillo o rojo, y reparó en el detalle de que si uno se sentaba en alguno de los reservados que allí había, se prendía un número. Si aparecía la palabra Quórum, quería decir que la mayoría de los asistentes estaban divirtiéndose en los reservados. Fue en ese momento que Pedro decidió tomar el Gran Carlos que tenía en la mano. Al principio, no le hizo nada, por lo que tomó un poco más y un poco más, hasta que de repente, sintió que todo le daba vueltas y cayó al piso. Se sentó como pudo, con un mareo terrible, y con un ardor en el estómago que parecía que había tragado plomo fundido.

- A que te tomaste un Gran Carlos – le dijo una jovencita medio rapada mientras se acuclillaba al lado de Pedro.

- ¿Cómo lo sabías? – a Pedro le pareció que le respondía desde Marte.

- Porque el Gran Carlos es como era el Precursor: al principio parece nada, al rato sigue pareciendo nada, pero al final te revienta como patada en el estómago, que es lo que precisamente estás sintiendo.

- ¿Y cómo me saco este malestar?

- Andá a dormir, porque mañana tenés que levantarte temprano – le respondió la joven, al tiempo que desaparecía entre la muchedumbre.

Aún en su malestar, a Pedro se le encendió una alarma en la cabeza. ¿Cómo sabía de lo que tenía que hacer para el Ministerio? Trató de seguirla, pero las piernas parecían de goma y la cabeza de cristal roto, así que optó por quedarse sentado en el piso hasta que se le pasara el mareo. En ese momento, una camarera acertó a pasar por ahí y Pedro la agarró de una pierna.

- Necesito que me lleven al hotel Macri Tower, por favor.

- Ya le mando la asistencia – dijo solícita la camarera.

Cinco minutos después llegaron dos personas con una camilla flotante, donde acomodaron al pobre Pedro, y lo llevaron hasta las cocheras del Congress Lobby, donde había una sala de primeros auxilios y varias aeroambulancias. Al llegar, uno de los médicos lo examinó y dictaminó:

- Otra víctima del Gran Carlos. Llévenlo a dormir.

Acto seguido, lo subieron a una aeroambulancia y fue trasladado de inmediato al hotel, donde lo llevaron hasta su habitación. Lo último que Pedro pudo decir fue “despiértenme a las 6”.

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