BAIRES – En una conferencia de prensa, el asistente personal del general Martín Zabal, el coronel Rubén Bondini, informó que el general fue víctima de una cobarde emboscada Patriota en la zona de Henderson, zona recientemente incorporada a la República Deudora Argentina. A pesar de haber dirigido un contraataque exitoso y de haber exterminado a casi todos los atacantes, el general Zabal fue herido por la esquirla de una granada, teniendo que ser internado en el Hospital Militar. De acuerdo al coronel Bondini, la recuperación del general Zabal insumiría unos diez días.
Casi lo logran, pero la onda de aire desplazado por el aeroauto alcanzó a Pedro y a Andrea y los arrojó del carro. Éste se bamboleó peligrosamente y amenazó con volcar. Milagrosamente se estabilizó, pero los caballos, asustados, escaparon por la ruta 29 llevándose el carro. Pedro aterrizó boca abajo sobre un colchón de hojas secas, errándole al tronco de un árbol por escasos centímetros. Luego de unos instantes de confusión, Pedro comprobó con sorpresa que no había sufrido daño alguno. Se incorporó y miró a su alrededor, y lo que vio le heló la sangre. A unos metros de él, el cuerpo de Andrea yacía boca abajo, inmóvil. Desesperado, gateó hacia ella y la dio vuelta. No respiraba.
- ¡Andrea, Andrea! – gritaba él mientras la sacudía, empero ella no respondía.
Recordando haber visto alguna película donde mostraban cómo hacer respiración boca a boca, Pedro intentó reanimarla de esa manera. Luego de algunos intentos, Andrea comenzó a toser intensamente. Pedro la ayudó a sentarse mientras ella luchaba por respirar normalmente. Al cabo de unos segundos, que le parecieron una eternidad, ella inspiró hondo y dejó de toser.
- Tragué tierra, ajjjj – dijo Andrea con un hilo de voz.
Pedro apoyó su espalda contra un tronco y acunó a Andrea entre sus brazos, mientras con una mano abanicaba su cara. Verla consciente de nuevo lo llenó de alegría y no pudo evitar esbozar una sonrisa. Ella lo miró a los ojos intensamente.
- No te di las gracias. Podría haber muerto asfixiada.
- No es nada, fue un placer.
- ¿Y esa sonrisa? – preguntó ella con picardía.
- Me pone muy contento que aún estés conmigo. – y la besó.
Andrea no se resistió. Se arrullaron largamente, con pasión. Al separarse, ella comentó:
- Hacía rato que deseaba hacer esto.
- ¿Y por qué me pegaste cuando te espié? – se enojó él.
- Una dama tiene que cuidar su reputación – repuso tranquilamente.
Por toda respuesta, Pedro volvió a besarla. Y así hubieran seguido, pero escucharon ruido de cascos viniendo por la ruta 29.
- ¡Pegados al piso! – susurró con urgencia Andrea, zafándose del abrazo de Pedro y aplastándose contra el suelo.
Él hizo exactamente lo mismo que ella. Juntos vieron un bulto aproximarse lentamente por la ruta, al paso, hasta que se detuvo a escasos metros. Sin darse cuenta, se tomaron de la mano esperando ver que pasaba. De pronto, un poderoso relincho atronó en la noche y la luna, saliendo de detrás de las nubes, iluminó a los caballos y al carro que los habían traído desde Saladillo.
- ¡Pero si son nuestros! – rió Andrea, aliviada e incorporándose de un salto, sin soltar la mano de Pedro. Él la siguió, igualmente aliviado.
Ambos subieron al carro y lo hicieron enfilar hacia el Este. En esta ocasión, Andrea conducía el carro, pero esta vez iban por la ruta asfaltada, en lugar de los caminos de tierra que habían usado hasta ese momento.
- ¿Por qué vamos por la ruta? – preguntó Pedro.
- Desde Saladillo vinimos por caminos de tierra, dejando huellas que podrían usar para seguirnos, así que ahora lo haremos por asfalto, a ver si despistamos a posibles perseguidores – respondió Andrea.
- Bien pensado.
- Como siempre – Pedro la miró socarronamente.
A la máxima velocidad que podían alcanzar, Andrea y Pedro se dirigieron hasta la ruta 11, donde el puesto de vigilancia se encontraba en ruinas. Giraron entonces hacia la derecha en dirección a General Conesa. Allí, se abrían dos caminos: hacia el este por la 11 o hacia el sur por la vieja ruta 56. Se decidieron por la última pero al rato lamentaron la elección, ya que la abandonada ruta estaba plagada de grietas, algunas lo suficiente anchas como para romper las ruedas del carro, lo cual obligó a ir más lentamente. Algunos kilómetros más adelante, la franja de la Superruta 56 era visible desde donde estaban.
- ¿Tenemos que pasar por debajo? – preguntó Pedro con cierto temor.
- Ese es nuestro camino – repuso resueltamente Andrea.
Rápidamente pasaron por debajo de la 56 sin incidentes pero, recordando el accidente casi fatal que tuvieron en la Superruta 2, no aflojaron la marcha hasta dejarla bien atrás. Sin problemas ulteriores, llegaron ante los restos de las fortificaciones de Pinamar, mudos testigos de la violencia piquetera de 2006-2007. La luna estaba ya terminando su recorrido celeste y el cielo comenzaba a clarear por el Este. Un sentido de urgencia se apoderó de ambos, por lo que apuraron la marcha hacia Valeria del Mar. En su avance, Pedro comenzaba a recordar el camino a la casa de sus abuelos. Según sus cálculos, pasaron más de 15 años desde la última vez que vino. ¿Estarían vivos? Esperaba que sí, contaba con eso. ¿Pero se acordarían de él? Pronto lo comprobaría.
Sin darse cuenta, se encontraron frente al arco que marcaba la entrada a Valeria del Mar. A la izquierda del arco, una estación de servicio que era del Ministerio Repsol-YPF de Recursos Renovables estaba clausurada, por supuesto. Al ver la estación, Pedro miró de reojo a Andrea, quien se hacía la desentendida, mientras cruzaban por debajo del arco.
- ¿Te acordás donde era la casa de tus abuelos? – preguntó Andrea.
- Creo que sí. Me parece que eran dos o tres cuadras desde el arco. Si veo la esquina me la acuerdo – repuso seguro.
Prosiguieron el camino hasta que, dos cuadras después, Pedro indicó:
- Tenemos que doblar acá.
- ¿Seguro? – pregunto dubitativa Andrea.
- Segurísimo, y mejor apurémonos porque está amaneciendo.
Tomaron la calle que él indicó hasta que, en una esquina......
- Llegamos – dijo Pedro, emocionado – Esa es la casa de mis abuelos.
Andrea miró hacia delante y vio una casa de dos plantas pintada de blanco, con puertas y ventanas de madera. El jardín, primorosamente cuidado, decoraba la entrada. A su derecha se podía ver un espacioso establo. Un techo de tejas rojas a dos aguas remataba la casa. Como la mayoría de las propiedades, no tenía rejas ni paredes que cercaran la propiedad.
- Espero que estén vivos – musitó Pedro.
- Estén vivos o no, necesitamos refugio – dijo Andrea.
- Tenés razón. Vayamos al establo. Necesitamos descansar porque ya me estoy durmiendo.
- Yo también. Estoy como si me hubieran sacado todas las fuerzas.
- Pues vamos.
Bajaron del carro y llevaron los caballos por la brida, sigilosamente. Al llegar a las puertas del establo, Pedro las abrió hacia fuera. Dentro, dos bombillas iluminaban débilmente el interior, mostrando dos boxes para caballos, algunos fardos de heno y un piso de tierra limpio. Un entrepiso por encima de los boxes contenía algunas cajas y se podía acceder al mismo por una empinada escalera sin barandas. Detrás del heno había un pequeño pajar y cuatro raídas mantas.
- Cálido – comentó Andrea.
- Podríamos vivir acá, ¿no? – dijo Pedro. Andrea lo miró de reojo.
- Gracioso. Aprovechemos las mantas y nos tiramos en el pajar.
- Bueno, prepará la cama mientras guardo los caballos – dijo Pedro risueño.
Andrea le hizo un guiño de ojos mientras tomaba las mantas. Por su parte, Pedro instaló a los caballos en los boxes. Luego sacó las cosas de dentro del carro y las dejó cerca de donde Andrea había alistado las mantas.
- Están limpias – comentó ella.
- ¿Y?
- Que no es común encontrar mantas limpias en un establo.
- Qué desconfiada sos – replicó él, mientras se sacaba los borceguíes. El olor que salió de ellos hizo que frunciera la nariz. Los arrojó hacia un rincón. – De todos modos, más lejos hoy no podemos ir.
- Tenés razón – dijo ella, también sacándose sus borceguíes y arrojándolos lejos – ¡Puf, que olor a gato muerto tienen estos borceguíes!
- ¡Ja, ja! – rio Pedro – Los míos también.
Se acostaron y se cubrieron con las mantas. Andrea apoyó su espalda contra el pecho de Pedro, y él la abrazó con su brazo izquierdo. Sin darse cuenta se quedaron dormidos, felizmente ignorantes de que estaban siendo observados.